Confinados

CONFINADOS | Hoy no es un buen día para morir

Él vivía nomás. Entre zanja y saxo, noche y día, veranos, inviernos. Todo era igual en ese lugar perdido del mundo en el que había recalado.

Ciudad de México, 22 de septiembre (MaremotoM).- “Hoy no es un buen día para morir” puede que haya pensado Zachetti mientras los dos hombres de traje gris le hablaban desde arriba de la zanja. “Suspenda los trabajos”, le dijo uno de ellos: “ha muerto la mujer del intendente”.

“¡Ah, si?!” exclamó Zachetti y dejó la pala clavada en la tierra para pausar el mundo. “¡Pura política!” Los hombres de traje gris se quedaron pasmados con la respuesta y volvieron a la municipalidad. Ellos ya habían cumplido con su labor. Si Zachetti dejaba o no de trabajar ya era cosa suya.

Zachetti no se inmutó demasiado. Recogió la pala y se fue caminando hasta su casa. Solo. Nadie lo esperaba ahí. Ni lo esperarían tampoco. Nunca. Para eso tenía el saxo. Comió las sobras del mediodía y se puso a tocar. Para algunos vecinos tocaba como los dioses, otros lo querían matar. Zachetti no parecía saber demasiado de la opinión de los unos ni de los otros. Él vivía nomás. Entre zanja y saxo, noche y día, veranos, inviernos. Todo era igual en ese lugar perdido del mundo en el que había recalado.

Un hombre solo, grande, prisionero de sus propios fantasmas. Y que en las noches se vuelve loco y toca un instrumento endemoniado y hace maravillas, solo, Zachetti. A veces, cuando el final de la tarde revienta de calores en enero, sale el hombre al patio y comienza a tocar con la libertad con la que tocan los que tributan su propia soledad. Algunas vecinas lo increpan “Sta ´zzito”. De vez en cuando alguien lo defiende “Ma, lascia stare, uuuh” “¡Vaffanculo!” Vuela por sobre los oídos sordos de Zachetti el cocoliche de los vecinos, aunque él sigue ahí, solo, tocando como si fuera la última vez que lo va a hacer.

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Un hombre solo, grande, prisionero de sus propios fantasmas. Y que en las noches se vuelve loco y toca un instrumento endemoniado y hace maravillas, solo, Zachetti. Foto: Cortesía

Hasta que una noche sucede algo imprevisto. Alguien lo visita a Zachetti. ¿Se conocían? ¿Abrió él la puerta o entró el hombre a la casa mientras dormía? ¿Fue a robarle sabiendo que estaba solo o tenía alguna relación Zachetti que escondía ante los ojos de las chusmas del pueblo? Un hombre solitario que no muestra interés en las mujeres… “Algo raro tiene ese”.

La cuestión es que nadie vio esa noche al hombre entrar a la casa y tampoco lo vieron a Zachetti tocar el saxo en el patio durante los días siguientes. Tampoco se presentó a trabajar, cosa rara en un hombre tan meticuloso. Así que un grupo de vecinos decidió al fin ir a hacer lo que nunca habían hecho: tocar la puerta de Zachetti a ver si le había sucedido algo.

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De entrada nomás los sorprendió el hedor. Mientras unos se fueron hasta la comisaría, un grupo se quedó discutiendo si tenían que entrar o no a la casa o si era mejor esperar. Los pudo más la curiosidad. Para cuando llegaron los policías la casa era un zafarrancho. Y el horror se había desparramado por todo el pueblo. Ahí estaba Zachetti muerto en el sillón. ¿Lo habían estrangulado? ¿Lo apuñalaron? Nadie supo a ciencia cierta cómo fue que murió. Lo único que les produjo espanto fue el enorme clavo que el asesino le incrustó en el centro del cráneo.

Cuenta mi padre que durante ese verano todo el pueblo eligió un voluntario confinamiento. A pesar del calor los vecinos dormían con las puertas y las ventanas cerradas. ¿Había un asesino suelto? ¿Quién podría haber cometido semejante crimen contra un hombre que sólo tocaba el saxo y solo vivía?

La policía no pudo dilucidar demasiado en la escena del crimen. Y las fantasías del pueblo se dispararon. Culminó el verano y el otoño hizo menos severo el encierro obligado en aquellos años en los que sólo se podía uno refrescar con un ventilador (los que lo tenían, claro).  Hasta que un día el misterio pareció resolverse. La policía arrestó en la frontera con San Luis a un tal Baigorria, hombre con portación de apellido: “familia de malevos”. Y el tipo confesó el crimen. Aunque no pudo explicar de forma muy coherente por qué lo había matado, ni mucho menos el clavo insertado en el cerebro. Las “fuerzas del orden” anunciaron con bombos y platillos que el asesinato estaba resuelto y nadie se cuestionó demasiado sobre la verosimilitud de la confesión. ¿Le pegaron los milicos a Baigorria para que confesara y así se sacaban de encima esa muerte sin resolver? A nadie le importó demasiado. La cuestión es que el tipo terminó en cana y, lo más importante de todo, los habitantes del pueblo pudieron volver a dormir con la ventana abierta.

En el barrio, por las noches, ya no se oyó nunca más a nadie tocar un saxo.

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