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CONFINADOS | La sangre tiene razones que la razón no comprende

G. no había llegado a hacer la América, sino que escapaba de la justicia italiana por haberse pasado de rosca defendiendo los privilegios de su familia terrateniente, viéndose involucrado en un oscuro episodio que culminó con el asesinato de varios sindicalistas campesinos.

Ciudad de México, 17 de mayo (MaremotoM).- Hubo una vez en mi familia un tatarabuelo infame de cuyo nombre prefiero olvidarme que no llegó de Italia como lo hacían todos sus paisanos, sino con los bolsillos llenos de oro, gran cantidad de maletas y en la primera clase de un transatlántico que, por desgracia, no se encontró en el camino ningún iceberg.

Cuenta la leyenda familiar, que más que leyenda fue siempre relato oculto, que G. se hizo amigo, gracias a su abultada billetera, del hermano del general Roca, el corrupto Don Ataliva, que apenas había concluido su sangrienta Campaña del Desierto y que le vendió por unas cuantas monedas de oro un par de miles de hectáreas de las que acababan de robar a los ranqueles.

G. no había llegado a hacer la América, sino que escapaba de la justicia italiana por haberse pasado de rosca defendiendo los privilegios de su familia terrateniente, viéndose involucrado en un oscuro episodio que culminó con el asesinato de varios sindicalistas campesinos.

Apenas instalado en sus nuevas tierras G. descubrió que a la riqueza en la nueva América le faltaba glamour, que los médanos se empeñaban en combatir su palacio y no había en el pueblo familias con suficiente alcurnia como para esposar a la gran cantidad de hijas que, para su disgusto, paría su mujer una tras otras, escamoteándole los deseados varones.

Con el paso de los años la situación empeoró. Una de las mujeres, tal vez la de espíritu más libre, se enamoró de un peón de la estancia y quedó embarazada. Mi tatarabuelo montó en furia. Del destino del peón nunca pude averiguar nada, pero el castigo a la hija rebelde fue atroz. Decidido a dejarle en claro al resto de sus descendientes cómo funcionaban las cosas en su reino miserable, G. encerró a la hija embarazada en un galpón hasta que nació el niño.

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La única hermana que protestó terminó confinada en el mismo galpón y fue una de las mujeres que ayudó en el parto.

Esa noche atroz, cuya marca señará el destino de la familia durante el siglo siguiente, G. y su hija mayor, que aprobaba el rigor paterno, entraron al galpón, separaron a la madre del niño y llevaron al recién nacido a un aljibe, donde lo ahogaron.

Las dos hermanas permanecieron encerradas en el galpón otros dos años después del crimen. Una de sus hermanas, mi bisabuela, a la que jamás conocí porque mi madre temía que tanta maldad terminara por provocar algún extraño daño en nuestra propia familia, les pasaba la comida por debajo de la puerta, cada tanto una muda de ropa para que se cambiaran, un fuentón con agua fría para bañarse, haciendo oídos sordos a sus súplicas para que las liberaran.

Cuando al fin el miserable cedió, las hermanas abandonaron el galpón y esa misma tarde dejaron detrás a su familia y sus miserias y nunca más volvieron a verlas.

Las huellas del crimen, en cambio, permanecieron y sus consecuencias se extendieron por las generaciones siguientes, afectando las vidas de todos los descendientes de G. de un modo o de otro. Porque la sangre tiene razones que la razón no comprende y sólo el tiempo apaga los gritos alucinados de las víctimas.

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