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CONFINADOS | Una palabra taciturna y una tristeza de fondo que nunca lo abandonó

Cuando mi abuelo tenía 13 años llegó al pueblo “la gripe española”, o la de las “tres toces” como la llamaban algunos, por la velocidad con la que producía la muerte. En apenas unos días la pandemia se cobró la vida de dos de sus hermanos. No hubo cuarentenas ni barbijos en los pueblos, sólo el soplo de la muerte que llegaba y se iba sin mucha más explicación.

Ciudad de México, 14 de mayo (MaremotoM).- El padre de mi abuelo paterno, el primer Ghizzoni de la saga familiar que pisó suelo americano, llegó con varios de sus hermanos al continente a finales del siglo XIX, mucho antes que un juez españolizara el apellido expresando poca paciencia con las complicaciones de pronunciación de la lengua italiana.

La urgencia del hambre y la miseria que campaban en el pequeño pueblo en las cercanías de Milán donde vivían no les permitió comprar pasaje hasta Buenos Aires. Lo importante era partir cuanto antes, no importaba dónde. Y el pasaje más barato tenía como destino el puerto de Recife, en la región de Pernambuco, en Brasil.

Lo que no tuvieron en cuenta mi bisabuelo y sus hermanos era que Brasil era por aquellos años una nación esclavista, así que a poco de llegar a puerto fueron secuestrados por fazendeiros ricos que los encerraron en sus campos, donde los obligaron a trabajar por la comida, mientras los encerraban por la noche en galpones de mala muerte protegidos por guardias de seguridad.

Así pasaron, confinados, los hermanos Ghizzoni sus primeros años en la prometida tierra americana. Pero mi bisabuelo y uno de sus hermanos no se quisieron resignar y se fugaron, dejando atrás al resto de la familia que tuvo temor de sumarse a la aventura.

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Cuando mi abuelo tenía 13 años llegó al pueblo “la gripe española”, o la de las “tres toces” como la llamaban algunos, por la velocidad con la que producía la muerte. Foto: Cortesía

Según contaba mi abuelo, su padre cruzó todo Brasil a pie, atravesando incluso el Matto Grosso, que en aquellos años era una región plagada de peligros en la que casi no había habitantes. Entraron a la Argentina por Formosa, donde el hermano de mi bisabuelo fue picado por una serpiente venenosa, salvando la vida de puro milagro.

Fieles a su cultura, buscaron las llanuras fértiles donde poder trabajar en la agricultura, que era el único oficio que conocían. Poco tiempo después mi bisabuelo se casó y en 1.905 nació Santos (para todos, por siempre, Santín), mi abuelo paterno, un hombre de pocas palabras, dulce en el trato, capaz de pasarse horas leyéndome unos libros sobre los animales de las selvas que estaban en mi casa y provocaban en mi una gran fascinación. Cuando veía una serpiente, recordaba el episodio de su padre y su tío. Cuando el que aparecía era un tigre, señalaba con el dedo al “gatito” y me decía “de estos también se encontró mi papá en el camino”.

Cuando mi abuelo tenía 13 años llegó al pueblo “la gripe española”, o la de las “tres toces” como la llamaban algunos, por la velocidad con la que producía la muerte. En apenas unos días la pandemia se cobró la vida de dos de sus hermanos. No hubo cuarentenas ni barbijos en los pueblos, sólo el soplo de la muerte que llegaba y se iba sin mucha más explicación. En tres años la peste se llevó a unos 70 millones de seres humanos. A mi abuelo le quedó la palabra taciturna y una tristeza de fondo que nunca más lo abandonó.

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