Cow

Cow: en la piel de una vaca

Cow, poderoso documental dirigido por Andrea Arnold de gran impacto en el pasado Festival de Cannes (y hora disponible en la plataforma de streaming Mubi), no deja de asombrar. Seguimos la vida de Luma y su hija, la becerra 504481, sin cortapisas, desde nacer en la vil paja hasta estar bañadas en estiércol; la vida monótona de vivir en el encierro y comer solamente para estar más gorda para que sus amos tengan más producto que vender (y nosotros para consumir).

Ciudad de México, 31 de marzo (MaremotoM).- Primera regla del granjero: los animales de granja no son mascotas, no les pones un suéter y los sacas a pasear, no son para tu diversión ni para que te encariñes. A los animales de granja se les crea para lo que podemos obtener de ellos: su carne, su piel, su leche.

Segunda regla: cómo no identificarse con los animales que crías. Hay una relación cercana, casi humanizante, una intimidad que nace de lo que podemos llamar una relación amo-esclavo, en la que el amo decide toda la suerte del esclavo, pero este siempre tendrá un nombre, una historia que el amo conoce al dedillo. Imposible no sentir cierta simpatía por el esclavo.

Cow, poderoso documental dirigido por Andrea Arnold de gran impacto en el pasado Festival de Cannes (y hora disponible en la plataforma de streaming Mubi), no deja de asombrar. Seguimos la vida de Luma y su hija, la becerra 504481, sin cortapisas, desde nacer en la vil paja hasta estar bañadas en estiércol; la vida monótona de vivir en el encierro y comer solamente para estar más gorda para que sus amos tengan más producto que vender (y nosotros para consumir).

Luma, una vaca lechera a la que en la primera escena vemos cómo es obligada a parir a jalones, se convertirá en nuestros ojos para conocer el mundo de una granja explotadora. No es que se trate de una granja especialmente cruel (siempre y cuando no consideremos violencia meterle la mano a una vaca hasta el fondo de la vagina para saber si está preñada). Es una de esas que nos dicen que es de “libre pastoreo”, donde los becerros juegan en el pasto y son, digamos, felices.

¿Felices? ¿A alguien le importa? A Andrea Arnold sí. Madre mía, cómo sabe dónde poner la cámara. Todo el tiempo estamos a centímetros de la cara de Luma y su cría. Hay momentos en los que estamos tan cerca que podemos ver los fluidos, imaginar los olores, todo lo que hace de un ser vivo una presencia.

Si bien Cow no nos dice qué pensar (gran acierto), el documental no nos libra de los detalles escabrosos. Las vacas son explotadas, separadas de sus crías, inyectadas con suplementos que las convierten en mejores productoras de becerros y por lo tanto de leche. Luma y la becerra pasan por varias etapas: el parto, la lactancia, el destete—que prácticamente sucede al momento del nacimiento—, la marca con fuego, dolorosa donde las hay, y la imposición de una etiqueta en la oreja derecha a modo de arete, cuya imposición también es dolorosa, que nos permite seguirles la pista a ambas criaturas.

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Cow
Está en MUBI. Foto: Cortesía

El sentido del humor no está ausente, después de todo este no es un documental de Peta. El ejemplo más hilarante es cuando vemos a Luma aparearse con un toro y al momento del clímax la cámara corta a unos fuegos artificiales. Ahí se hace la magia, parece decirnos la historia, ahí donde las vacas justifican su existencia.

El antiespecismo es una corriente cada vez más robusta entre las tendencias que buscan desmarcarse del pensamiento convencional. Tan robusta que no es extraña en países desarrollados, donde la idea de que los animales merecen respeto y amor, como todo ser sintiente, y criarlos solo como objetos de consumo, es opuesto a toda ética. Además, consumir carne roja aumenta la producción de gases de efecto invernadero, lo que nos está matando. Cow es un buen ejemplo de por qué el antiespecismo puede tener razón: hemos dejado que nuestras necesidades se impongan a todos los demás seres con los que compartimos planeta. ¿Llegará el momento de que veamos gallinas, cerdos, vacas morir de edad avanzada?

En la granja en la que viven Luma y su ternera las vacas llegan a edades provectas, puesto que no es un matadero, sino una granja lechera. Aunque la leche no es para sus crías, las vacas que aparecen se ven sanas y tranquilas.

El final es emocionante, casi épico. Arnold tiene un gran tino para encontrar el drama en el muy esquivo y volátil universo de la vida real donde nada está (muy) controlado. Evidentemente los granjeros permitieron al equipo completa libertad para filmar, pero la presencia humana es casi nula, solo insinuada en el ambiente, pues sí, alguien tuvo que hacer las cercas y las máquinas. Pero el 90% del tiempo estamos con las vacas y experimentamos el mundo como ellas. Si acaso, los humanos son una figura molesta pero básicamente inocua.

No sé si Cow hará conmoverse a la audiencia, puedo decir que a mí sin duda me conmovió. Si no hubiera visto Cow podría comer mi cereal con leche sin sentirme culpable. Pero, insisto, esa es mi conclusión puesto que la directora es lo suficientemente inteligente como para no pontificar al respecto. No necesitamos que nos regañen, sino que nos muestren. En Cow Andrea Arnold logra que nos pongamos en la piel de una vaca y he ahí su gran potencia. Imposible de ignorar.

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