Creo en el auge de las mentiras

Creo en el auge de las mentiras, no en la relatividad para comprenderlas

A veces creo que no creo en la relatividad de las cosas. Que para mí es una mentira es poner a Juan Guaidó en la portada de una revista que antes era un “estilo para los hombres”, que es poner como el día del padre en México al rey de otro país, que es eliminar a las hermanas de la hija de la reina de Suecia, remarcando su cuerpo y diciendo “viviendo con orgullo ser superplus”.

Ciudad de México, 23 de julio (MaremotoM).- Vivir rodeado de mentiras no tiene mucho sentido. Bueno, no tiene sentido quejarse. Así estamos, así somos. Pero cuando no existía pandemia uno salía de estas cuatro paredes, iba a caminar a veces a lo nietzcheano y venía con grandes luminosidades. En el interior entraba un rayo de ignorancia, de bienestar, de saber que uno finalmente está solo, está medianamente libre y no está nada mal soltarse de esas palabras que caen como granadas en el día.

Pero ahora estamos prisioneros, encerrados en medio de muchísimas situaciones que van y vienen y creo efectivamente que tenemos que empezar a elegir los programas, las declaraciones, las notas inclusive hasta los mensajes que vienen rodeados de amor, pero que en el fondo esconden veneno.

Netflix - Street Food
Foto: Netflix

Ayer empezaba Street food, esa serie que en Netflix nos enseña cómo son las comidas callejeras de otros lados del mundo. Viajar y conocer siempre es una buena aventura. Lo veo seguido y esta vez, dedicado a Latinoamérica, iba a estar dispuesta.

El primer episodio es ¡Buenos Aires! Últimamente estoy hablando mucho de mis compatriotas. Ayer me reía porque en una nota con Pedro Mairal, él se agarra la cabeza y dice: ¡Me hiciste hablar mal de los argentinos!

“El argentino es una cosa vacía que se llena de cosas”, dice Mairal y quizá por eso esa presentadora del programa de Netflix, una señora muy grande, muy de barrio Norte, dice mentiras como que estamos siempre mirando a Europa y que en Argentina no existen los habitantes originarios, como si nunca hubiera existido la Campaña al Desierto o como si ella misma hubiera sido hija de Julio Argentino Roca.

El programa termina diciendo que las empanadas son tortas de maíz fritas, lo cual obviamente no es cierto. Argentina es el trigo y ojalá en nuestra alimentación hubiera existido el maíz para no tener los muchísimos problemas de obesidad, de enfermedades celíacas, de diabetes, que poseen nuestros habitantes. En Argentina siempre fue la carne y el trigo. No más. Por eso es una de las comidas quizás menos imaginativa de Latinoamérica. Claro, riquísima.

Cambio el canal. Voy a ver una película. Busco algo que habían recomendado en la radio, acerca de un empresario ruso, pero no la encuentro y algo parecido, un filme sobre Stanislav Petrov, el que “salvó al mundo en 1983”. El militar ruso detectó el lanzamiento de misiles estadounidenses y tomó la decisión de que se trataba de una falsa alarma y, en una negligencia en el cumplimiento del deber, no lo reportó a los superiores.

Esta acción, que se dio a conocer años después, posiblemente salvó al mundo de una guerra nuclear.

En una escena, al comenzar la película, se hace un paneo sobre los ataques nucleares y se lo nombra al “loco” de Mahmud Ahmadineyad, entonces presidente de Irán y se nombra a Corea del Norte como los “posibles terroristas” que armarán una futura guerra nuclear. O sea, ni los Estados Unidos ni Rusia, las dos naciones que cuentan con armas nucleares hasta los dientes, se los mira o se los acusa.

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¿Cuántas mentiras como esta hay en las películas que vemos a diario?

Apago la televisión.

Voy a leer las noticias y en Argentina la notable escritora Mariana Enríquez ha lanzado un concurso del Fondo Nacional de las Artes excluyendo géneros y decantándose hacia la ciencia ficción, lo fantástico y el terror. Las críticas son tremendas y ella ha dado un punto muy atendible. Incluso en este periódico hay una entrevista donde ella explica sus decisiones al frente de ser la nueva directora del área Letras del FNA y dice, entre otras muchas cosas, “pensar que la ciencia ficción y el terror no tienen capacidad de crítica es quizá no tener una lectura extendida”.

Ahora bien, todo atendible. Podemos discutir sobre el mercado literario, sobre lo que se lee, lo que no se lee, podemos discutir sobre el canon o el anticanon, incluso podemos comentar hasta las grandes aceptaciones que tiene Mariana entre sus fans.

Lo que no decimos y lo que no se debate es precisamente la falta de libertad que acontece desde el Estado. Estoy viendo, cuando el tiempo libre y el ánimo me lo permiten, los archivos testimoniales de la Biblioteca Mariano Moreno. Allí han sentado a los sobrevivientes de la dictadura, para que narren sus secuestros, sus torturas, la gente que han perdido y como han tenido que hacer para continuar sus vidas. Muchos de ellos, casi todos en la edad que tenemos Mariana y yo (aunque ella es un poquito más joven), han perecido después de dar su testimonio.

Tanto Enríquez como yo nos libramos de ser desaparecidas por la dictadura. Fueron unos años de diferencia y tal vez suerte. ¿Cómo pensar que defender al género en el que uno cree consiste en ahogar los otros géneros? Claro, no es sólo la Argentina, también son los miles y miles de políticos que cuando llegan a un puesto intentan imponer sus pareceres con autoritarismo, con una fe irrenunciable a sus propias ideas sin tener en cuenta las ideas de los demás.

Veo como los gestores del Gobierno del PP de Madrid acaban de derribar un camino con flores y con plantas que había hecho la anterior alcaldesa Manuela Carmena y esto es un poco lo mismo.

Imponer y derribar, no hacer y sumar.

A veces creo que no creo en la relatividad de las cosas. Que para mí es una mentira poner a Juan Guaidó en la portada de una revista que antes era un “estilo para los hombres”, que es poner como el día del padre en México al rey de otro país, que es eliminar a las hermanas de la hija de la reina de Holanda, remarcando su cuerpo y diciendo “viviendo con orgullo ser superplus”.

En estas circunstancias, más que en la relatividad, creo en el silencio de la música y entonces escucho a Gustavo Pena “El príncipe”. Y nada más.

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