La Lagunilla

Crónica de un conato anunciado en la Lagunilla

Ciudad de México, 11 de julio (MaremotoM).- De una vecindad de la Lagunilla sacaron cargando a un hombre moreno delgado sin camisa, dos chavos lo sostenían entre sus brazos. Era un domingo chelero y todo ocurrió a una velocidad inusitada, en medio minuto. Aquel moreno quizá tendría unos cuarenta años, es probable que menos, y honestamente hay otros asuntos en qué concentrarse cuando a tu alrededor está la policía, los vecinos del barrio con cara de preocupación y el desconcierto de no saber si lo que va ocurrir es una balacera, una gresca, todo menos un acto insignificante al cual ignorar. Respiro peligro, pero lo trato de disimular.

Una cosa si quedaba clara el domingo pasado, el moreno delgado que cargaban aquellos jóvenes de gorras deportivas no podía caminar, muy probablemente estaba herido, no sé si sangraba, si se había caído, no sabía qué rayos le había pasado y solo comprendía lo que se puede comprender a la velocidad de lo que se conoce como “estar al tiro”, en la Lagunilla y Tepito quizá no hay otra manera de estar. Mi amigo, al que llamaré con afecto ‘el tlatoani del barrio’ aseguró que había sido herido, no le pregunté si había visto sangre, no entendí nada, pues lo vi a la velocidad de quien camina a prisa pero con firmeza, sin quedarse a mirar, observar de reojo sin armar ‘pancho’ alguno, y pretender que no está pasando nada, aunque esté pasando todo.

Pasamos por ahí, pues es ese el recorrido a la tienda de abarrotes, unas cuadras atrás de la mencionada vecindad ya habíamos notado que algo inusual ocurría, varias motocicletas entraban rápido, entre ellas una de la policía. Parecía que perseguían a alguien; algún robo me dije para mis adentros mientras nos dirigíamos a comprar cerveza. No me atreví a comentarle nada a mi tlatoani del barrio. Guardé silencio, agucé sentidos y observé atentamente a mi alrededor. Cuando pasamos por esa vecindad había mucha gente afuera como esperando algo, ese algo incierto reflejado en sus caras de preocupación, confusión y alerta.

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Solo me quedaba claro que sacaron a ese hombre de una vecindad de Jesús Carranza, lo subieron a una motocicleta y lo sacaron del barrio, él iba montado en medio de los dos jóvenes que le auxiliaron, o tal vez eran otros. Se dice que e Carranza hay puntos críticos de venta de droga, se sabe, basta que te internes entre los puestos ambulantes para que se te acerquen y ofrezcan: piedra, coca, mariguana, así como si te vendieran tenis, devedés piratas o una caguama de cerveza. Los vecinos lo saben, la policía conoce dónde se vende droga y todos juegan a hacerse de la vista gorda. Se aplica la política de la avestruz en el corazón del capitalismo de barrio.

Para quienes habitamos la ciudad de México, la Lagunilla es el nombre de uno de los mercados más famosos, antiguos y concurridos, un mercado abierto, ambulante e informal enclavado en un barrio originario que en el nombre lleva la antigüedad, pues se llama así porque era una lagunilla deforme que funcionaba como plaza y jardín de un embarcadero de canoas. A ese remanso del islote con tierra fangosa que separaba el canal Tlezontantli de la Gran Tenochtitlán se le conocía como Lagunilla, y rodeaba las riberas de los barrios de Tlatelolco.

Una tesis colectiva de arquitectura de la UNAM (1988) señala que desde la Colonia (siglo XVII) “se empezó a poblarse de gente harapienta y bronca”. Y que actualmente (su contemporaneidad) es un “lugar de refugio de drogadictos, alcohólicos y comerciantes”. Más allá de la seriedad de esas descripciones, en el imaginario citadino es un barrio popular y “peligroso”. Cualquiera que tenga una mínima referencia de la “capirucha” (capital de México) sabe que la Lagunilla y Tepito son además de barrios bravos, lugares de un capitalismo salvaje que ha lindado con el crimen organizado, desde algunas décadas recientes.

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