Puto y Molotov

Cuando el ‘puto’ de la rola de Molotov eres tú

Es curioso, pero cuando en la calle me gritaban “Puto”, mucho antes de que apareciera la rola “cancelada” de Molotov, el rock en español fue mi consuelo, mi refugio y mi tabla de salvación.

Ciudad de México, 5 de agosto (MaremotoM).- Siempre fui una jotita rara. Jamás me gustó la música de Jeans, ni Linda, ni Fey, ni OV7. Jamás se me ocurrió llorarle al tal Pepe y odiarlo por qué no se daba cuenta que lo amaba. Lo que sí abracé fue al rock en español porque lo entendía y porque me inyectaba un cierto orgullo, una cándida rebeldía y aunque me ayudó a aceptarme, también me hizo olvidar la peste que traía encima: Era puto.

Estaba en secundaria y marcaba a un programa de radio que era muy escuchado en Monclova, Coahuila, para que pusieran a Café Tacvba. En la espalda mi mochila y en las manos mi preciado walkman color amarillo comprado en una pulga en el gabacho. El camino a la escuela bajo el inclemente sol (estaba en la tarde), se convertía en una selva cuando pedía la de “Rarotonga”, que gracias al video me di cuenta que se trataba de una hermosa chica negra con un afro impresionante. No, yo no la quería hacer mía, más bien yo quería ser ella. Una Amanda Miguel toda buenota y bronceada.

En mi casa jamás me la hicieron de pedo por oír a los Tacvbos y todo porque cuando salían en la tele se parecían a los cantantes de la Huasteca potosina de donde venía mi abuela, esos que con violín en mano echaban rimas y se contestaban unos a otros como lo hacían Jorge Negrete y Pedro Infante.

Pero la rolita que me hacía llegar bailando a la secu era “La Chica Banda”. Yo era un niño trastornado que iba haciendo slam con los árboles que se me cruzaban porque no, yo no me enamoré de una chica de piel morena chichimeca. Yo me creía ella, yo era la chica banda. Estaba en la Secundaria Federal 2 y solo había que agregarle un 3, para convertirme en la morrita de la secu 23 de la canción. Cuando me ponían reportes y mandaban llamar a mi papá, yo les decía que no podía ir porque vivía en San Juan Chamula. ¿Dónde quedaba eso? Sepa la chingada.

Ese era mi vínculo con ese bendito invento llamado rock en español: Jotear sin que nadie lo notara, tirar patadas, cerrar los puños y balancear los brazos y creerte rudo, intocable, acompañado. Aprenderme las coreografías de Jeans me hubiera agenciado el doble de las chingas y el acoso que ya me daban solo por dudar que medio se me caía la manita.

No sé si mi rechazo al pop noventero fue por miedo a que de plano se me tronara la reversa, por la homofobia que tenía enquistada (que triste que te enseñen a odiarte a ti mismo), pero mi amor por las bandas de rock con “ñ” era genuino. Y en lugar de “Gira que Gira” de Lynda, prefería esa rola del “Re”, el disco de Cafeta que me voló la cabeza, que se llama “El Baile y el Salón”. Una sola frase, repito, una sola frase me hizo entender que se podía amar de otro modo. Esa tarde, cuyo termómetro rasguñaba los cuarenta grados, empecé a querer al puñalito que llevaba dentro. Aún recuerdo a aquél adolescente atormentado, al que le dijeron que ser joto era cosa del Diablo, tocar a las puertas del infierno al ritmo de “pa pá ru pa pa, eueo, pa pá ru pa pa, eueo”. Envalentonado y a la baile y baile me topé con el Chamuco de frente y le solté en la jeta eso de: “Y así bailando quiero/Que me hagas el amor/De hombre a hombre/Voleuz-vous coucher avec moi?”.  ¿Y qué creen?, el Diablo entendió que el amor es bailar y así, con todo y patas de cabra, levantamos polvo juntos.

Si los Tacvbos me habían hecho enfrentar al mismísimo Demonio, todos los mata jotos me la pasaban a pelar. Tengo un catálogo de calamidades que pude superar porque siempre había rolitas que servían como mi grupo de autoayuda, pues imaginaba que los integrantes del grupo me tomaban de las manos, me las levantaban y entre todos gritábamos bien pinche fuerte: “¡Ánimo!”. Esas bandas me hacían que se me pasara el coraje, el susto, la impotencia o el pinche miedo del acoso de los culeros. Vendí elotes, calabacitas, periódico, leche bronca, paletas de hielo, pero este Pablito Ruiz ejidal, tenía los casetes de Caifanes, Charly García, Héroes del Silencio, Soda Stereo, Maldita, Los Cadillacs, Los Tres…

Esta historia ya la conté, pero en segundo de primaria los niños del salón me hicieron recorrer una pasarela imaginaria y al grito de “sí es, sí es”, se fueron corriendo, luego me dejaron de hablar y al siguiente día toda la escuela me cantaba una cumbia que se llamaba “El Sida”. Luego me enteré que el “sí es, sí es” se referían a que era maricón y supe, además, que me iba a morir. Para no hacer el cuento largo, lo resumo en que del terror de que me iba a petatear me empecé a mear en la cama.

Me cambiaron seis veces de primaria y entre otras cosas, en dos ocasiones tuve que demostrar a puñetazo limpio que no era chotito. Las peleas siempre eran con el que mejor aventaba chingazos, las organizaban siempre a la salida y se hacía un tumulto. Allá iba la jotita con las piernas flacas temblando a que me partieran la madre. Huir nunca fue parte de mi plan. “No es joto”, decían mientras me levantaban del piso y me daban palmadas en la espalda. Era más lástima que solidaridad, pero al menos me dejaban en paz por un tiempo.

En otra ocasión fui a ver a mis compañeros de escuela jugar futbol americano, entre ellos unos primos segundos, a la salida se organizaron para ir a tirar una meada comunitaria e insistieron en que yo fuera y allá voy. Como no tenía ganas de orinar me agarraron y me bajaron el pantalón para corroborar que tuviera pilinga. No sé qué se imaginaron que tenía.  Me querían humillar, pero se las regresé. Yo tenía pilinga como ellos, bueno, no como ellos, yo la tenía más grande que todos.

No sé por qué, pero siempre tenía los labios al rojo vivo y se soltó el rumor de que me los pintaba. En esa escuela nueva me convertí en ¿qué creen? Claro, en La Coloreteada. “Ahí viene La Coloreteada, bailando paso a pasito, ahí viene la Coloreteada, no se atraviesen por favor”. Y yo, como La Guzmán, era la reina de lugar, con todo y falda de crinolina y top matador. Ahí aprendí que había que volteárselas, reírte de ti mismo, apropiarte de sus insultos y hacer con ellos algo que no esperaban: Que te valiera verga.

En secundaria me cambió la voz y me hice tan rígido que según yo, no se me notaba tanto. Me da pena contarlo, pero a veces era un alivio que hubiera gays más afeminados porque no se enfocaban tanto en mí. Bueno, hasta que un cabrón me extorsionó para no decirle a los demás “mi secreto”. Caí. Le daba mi dinero, mi lonche y cuando me armé de valor y dejé de hacerlo, contó que yo había intentado agarrarle la ‘riata’, cuando él a la menor provocación se la sacaba para que la tocara. Nunca lo hice, porque sabía que era una trampa. No, no era una trampa, me quería coger de verdad, era closetero, pero eso lo supe después. El vato se quedó con las ganas.

Después de ese chisme, un loco me esperaba a la salida con un látigo que no sé de dónde sacó y por qué se lo dejaban meter a la escuela. Me decía que me iba dar de latigazos delante de todos por puto. Nunca lo hizo, pero con el timbre de salida se me arrugaba el corazón y patitas pa’ que las quiero, siempre salía volando.

La verdad, al crecer, me hubiera gustado ir, como en la primaria, callando hocicos con mis puños tiernitos. Defenderme a chingazos y luego inventar cosas en la casa y esperar a que desaparecieran los moretones. Pero estaba creciendo y había algo que dolía más: Ese pinche rumor cuando llegabas a un lugar, cuando pasabas delante de cualquier grupito en la escuela, en la esquina, un taller, hasta en la iglesia. La maledicencia salía en seguida y con chingos de creatividad para los sinónimos: Ahí va el maricón, el joto, puñal, liandro, choto, loca, sopla nucas, muerde almohadas, invertido, lagartijo, suavecito, caquino, veinteuñas, bicicleto, recoje jabones, pasiva, cacha granizo, ahí va EL PUTO.

Y por si no bastara, cuando se les acababa el repertorio, siempre había un personaje que te podían endilgar, que te ponían como un saco que siempre te quedaba: La televisión, la música, el cine estaban llenos de esos personajes casi siempre grotescos, afeminados hasta la caricatura, acosadores y depravados, que solo merecían dos cosas: La burla o la muerte.

De pronto eras La Juanga, el Walter Mercado de Eugenio Derbez, Pablito Ruiz, los de Locomía, “Francis” la travesti, y más para acá, “El Carmelo” que hace Adrián Uribe, “El Polyester” de Gustavo Munguía de “La Hora Pico”, “El Yahairo” de Omar Chaparro, “El Agapito Melo Aguirre” de “Cero en Conducta”, la jota mayatera de “Paco Show”,  “Luigi” el de la “Fea Más Bella”, Carlos de “Una Familia de Diez”, “Los Exóticos” de la lucha libre, La Manuela de “El Lugar sin Límites”, el protagonista de la película Pink, “La Güera Limantur” de Daniel Bisogno, La Origel, El Fabiruchis, la Tía Pedrito Sola y aunque ahora nos representan con menos pluma, para el buga jodón también serás “Los Aristemo”.  ¿Cancelar a los comediantes? Yo si me encuentro les parto la madre y les escupo la cara.

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En cambio iría a abrazar a esas bandas de rock, que cuando estaba confundido y buscaba un modelo a seguir, cuando estaba en busca de mi identidad, cuando me daba miedo lo que sentía y mi familia, mis amigos, en la escuela y en la iglesia me enseñaron que traía el diablo adentro, que era una aberración de la naturaleza, cuando me inyectaron vergüenza y trataron de que remara en contra de mi mismo: Siempre tenían una rolita para consolarme, un grupo que escuchar.

Si tan solo pudiera explicar con las palabras precisas, todo lo que significó en esa década escuchar a todo volumen, con la almohada en la cara, para berrear en silencio, para que nadie me escuchara en la casa: “Amarrate a una escoba y vuela lejos” de Caifanes; “Maldito Duende” de Héroes: “Amanece tan pronto y yo estoy tan solo”; “Tratame Suavemente” de Soda; “Un Gran Circo” de los Malditos; “Basta de llamarme así” de los Cadillacs; “Lucha de Gigantes” de Nacha Pop con eso de “en un mundo descomunal, siento mi fragilidad”; “Promesas Sobre el Bidet” de Charly García, porque a veces estaba tan bien y otras tan down y nunca faltaban los calambres en el alma; “A Rodar mi Vida” de Fito Páez; “El Sortilegio” de Atercipelados; “Dios bendiga los gusanos… que se han de comer mis ojos”, de Fobia y así hasta el infinito el abrazo cálido de la música.

En los ’90 aprendí a sobrevivir y lo más importante, a verme al espejo y sonreír y quererme. En esa década supe que la crueldad no me iba a hundir. En prepa era malo para las matemáticas, pero ya sabía quién era, qué quería, de qué pata cojeaba, qué me gustaba y cuando por fin me aferré a mi diferencia y levanté la cara del piso, porque jamás me avergonzaría de ser lo que era, llega Molotov a cagarla.

Ya se imaginarán las fiestas, las tardeadas, los bailes escolares, ir, años después, a un bar y escuchar venir ese mantra mata puñales y como por arte de magia todos saltando alrededor tuyo, señalándote como si fueras un leproso. “Amo a matón, matarile al maricón”, a mí me hacían bolita y me llegaron a dar coscorrones, patadas, una vez me escupieron y los tuyos, tus amigos, al final de la rola te abrazaban y te consolaban con un: “Así te quiero cabrón”. Hitler abrazándote antes de meterte a la cámara de gas.

Cuando sonaba “Puto” tenías de tres: Que de la nada te diera diarrea y salir corriendo al baño cuando apenas empezaba, agarrarte a madrazos con los que te estuvieran señalando o reírte, saltar, autoseñalarte y decir “sí, soy puto y qué”. Yo terminé optando por lo último. Y aunque el colectivo LGBT+ somos expertos en apropiarnos de esas palabras con las que nos tiran mierda y las hacemos nuestras, las convertimos al femenino y cuando nos las dicen en la calle, las tenemos tan gastadas, son parte de nuestro argot, que terminan dándonos risa. Pero saben una cosa, no todos tenemos la piel tan gruesa y a veces andas apachurrado y duelen igual, pero igual sonríes y saltas con todos “Puto, Puto, Puto” y te señalas y desarmas a los demás, pero igual duele porque cada que la cantan te patean ese amor propio que conseguiste hacer tuyo con lágrimas, con arrastradas y cómo no, con sangre.

Los de Molotov y sus fans (me cuento entre ellos, cantaba mucho su otro repertorio y celebré que hicieran un himno de protesta en contra del sistema, escupiendo a la dictadura perfecta y que además se les pusieran a las patadas a Televisa), defienden “Puto” argumentando que la palabra se refieren a cobarde. Esa es una mentira a medias. Cuando alguien decía “Humberto es puto”, jamás querían decir que yo era cobarde. Decir “Humberto es puto”, es decir Humberto es maricón. Pero por qué el “Puto” lo asociamos con cobarde, pues porque un Puto, osea un maricón, es débil, es afeminado, es cobarde porque no es valiente como los hombres, es cobarde porque es una niña. Y lo peor, es puto y es cínico, pues no teme sacar y mostrar su lado femenino. En un mundo machista, patriarcal, donde el feminicidio es cosa de todos los días, que vergüenza que uno de ellos, alguien que tiene pito, actúe como una morra y haga todo por parecerse a las mujeres y no a ellos, a los machos alfa, a los que gritan “matarile al maricón”.

El “matarile al maricón” te lo endilgaban en las fiestas, en las tardeadas, en el bar, en los antros y pareciera que ya, que de ahí no pasa, del señalamiento y la humillación masiva. Pero no, el “matarile al maricón” es para muchos un permiso para cuando vean uno (y más si se trata de una chica trans, de alguien que “se atreve a usar ropa de mujer”), gritarle que se lo va a cargar la chingada, y luego perseguirlo, agarrarlo a pedradas, tirarlo al piso, patearle la cara, dejarle caer un bloque en la cabeza, matarlo. A veces, y no digo que sea culpa de Molotov, porque la palabra no la inventaron ellos, pero lo último que escucha un gay antes de morir es la palabra “Puto”.  ¿A quién matan por cobarde? Te matan porque eres joto, porque eres maricón, por puto, porque no eres mujer y quieres “parecer” una, eres un traidor. “Puto” de Molotov no solo es homofóbica es misógina.

A lo que si colaboró Molotov fue a reforzar el odio. Claro, no todos los que la escuchan y la celebran y la bailan son mata jotos, pero esa canción les enseñó que odiar a los homosexuales está bien. Y ese odio, desgraciadamente ha terminado en la muerte de los que son como yo: Jotitos, maricones, puñales, PUTOS.

Pero a la par del disco ¿Dónde Jugarán las Niñas? El rock en español me seguía tendiendo la mano, seguía reconfortando y construyendo puentes. El norte del país levantó la mano con la Avanzada Regia y en Monterrey estaba El Gran Silencio con esa chulada de “No Sabemos Amar” y luego el “Comprendes, Mendes?” de Control Machete nos hizo rapear a todos. Como olvidar  el “Niño Bomba” de Plastilina Mosh y Zurdok con “Abre los Ojos”, la buena vibra de Jumbo y su “Siento que” y hasta Celso Piña con “Los Caminos de la Vida”. Y en ese mundo de pelaos’, una mujer merece mención aparte: La tijuanense Julieta Venegas, quien en 1998 lanzó su disco “Aquí”.

Ella me devolvió la fe en la humanidad y yo quería que todo mundo la conociera y que ese rola entrañable “De que Andamos Huyendo” enterrara al “Puto” de Molotov. En la oscuridad de mi cuarto la imaginaba a ella, sentada al piano, emulando a Charly García, cantando como poseída esa rola que todos los jotitos deberíamos sabernos y cantar a grito tendido.

Tengo que aclarar que este texto no se trata de “cancelar” a Molotov, sino de celebrar a todos aquellos a los que nos aferramos todos los que nos sentíamos diferentes, esos músicos que sin decirlo de manera literal, no tomaron la mano, acompañaron nuestras soledades, atenuaron nuestros miedos y con su música nos hicieron sentir algo que cuando estás pensando en el suicidio, necesitas escuchar: “Todo va a estar bien flaco, no dejes que te afecte, vamos a cantar juntos”.

Y ahí estaba yo aferrado a Julieta Venegas con el himno gay más olvidado del mundo: “De que andamos huyendo si no hemos hecho nada, somos los escondidos en el armario, somos los perseguidos sin saber por qué”. Siempre fui una jotita rara, así discúlpame Pop noventero, pero el rock en español salvó mi vida y me enseñó que está bien ser puto, que la vida es un gran baile y el mundo es un salón y lo más importante de todo: Que el amor es bailar.

Nunca me ha gustado el papel de víctima, así que cada que me acuerdo de mi adolescencia, los “puto” pasan a tercer plano, no son nada comparados con aquella vez que fui a tocar a las puertas del infierno bailando al ritmo de “pa pá ru pa pá, eueo”. Y que me abre el Chamuco y que le cuento el asunto que tenía que tratar con él y hasta le pido su opinión de la parte de la canción de Cafeta: “Y así bailando quiero que me hagas el amor de hombre a hombre…” Y que sonríe el muy cabrón y que se para a bailarla conmigo y al final me da un abrazo como nunca nadie me lo había dado. Y ya entrados en confianza le pido que saque un comunicado en donde diga que no tiene nada de malo que dos hombres se amen, que ser maricón no fue un invento suyo y de paso, que va a poner a fuego lento a los que odian a los “putos”. Y que se arranca y me pregunta a quién la dirige. No lo pensé dos veces: A Dios y a sus seguidores (incluida mi familia), a los matajotos y claro, a los fans de la rolita de Molotov.

Desde niño supe que todo estaba armado para exterminar y perseguir a nuestra comunidad, o de jodido que nos guardáramos en el clóset. Así que 26 años después y contra todo pronóstico, mientras estaba en la playa, rodeado de mis amigos y tomado de la manos del chico que amaba, entendí que era un sobreviviente y que algo tan sencillo como casarte era un grito de guerra y una provocación. Nunca olvidaré los fuegos artificiales que estallaban en el cielo y nos iluminaban por dentro. Es curioso, pero esa noche no agradecí para arriba, me tiré en la arena y le hablé al Diablo y le dije “sí se pudo”. ¿Y adivinen qué? Nuestro vals no podría ser otro: “pa pa ru pa pá, eueo, pa pa ru pa pá eueo”.

Funte: Pero sigo siendo el rey / Original aquí.

2 Comments

  1. Humberto, primero que nada muchísimas felicidades por este artículo tan llegador.

    Me quedé pensando; personalmente me fascina Molotov, con todo y “Puto”, la verdad todas las veces que la canté a todo pulmón nunca la vi con maldad, ni mucho menos con la intención de burlarme o referirme a alguien (supongo que lo que me gustaba de la rola es la música y su energía) pero ya viendo todo por lo que pasaste y cómo esta canción está ligada a esos momentos incómodos de tu vida, me sentí mal; y me sentí muy mal porque yo también tengo canciones guardadas en el inconciente, ya que yo también sufrí acoso, pero porque yo era “la gorda del salón”. Escuché ahora con conciencia las rolas que incluiste y pensé, “¡Es que está clarísimo! ¡Café Tacuba nunca necesitó expresarse de ese modo para hacer música genial! Siempre positivos, música que te alegra inmediatamente… Y pues con dolor en el cora pero con más conciencia en la vida misma, pienso que a partir de ahora me iré por más Tacuba y menos Molotov, sobre todo porque después de todo me convertí en maestra y me dedico todos los días a que mis alumnos se respeten entre ellos para que puedan expresarse libremente.

    ¡Saludos desde Hermosillo, Sonora!

  2. ALMA L. SAUCEDO VILLEGAS

    Excelente texto. Gracias!