Luz Raquel Padilla

Cuando todavía creemos habitar la civilidad

Luz Raquel Padilla Gutiérrez, la mujer asesinada -de 35 años de edad-, era una cuidadora 24/7 de su hijo con autismo. Cuando leí, veinticuatro-siete, pensé en todo el peso que lleva el cuidado permanente. Hay veces que ese veinticuatro-siete se hace tan eterno que parece condena.

Ciudad de México, 22 de julio (MaremotoM).- Eran las doce de la noche. Todavía borracha de sol, tenía unas horas que había regresado de la playa. No tenía sueño. Preparaba pendientes para empezar la jornada laboral al siguiente día. Bajo mi automatismo di una última revisada a Twitter, “antes de dormir”, dije. Vi un re-tuit de María Salguero con el Emoji triste que le sale una lagrimita. Leí el mensaje del tuit original. Era una mujer que denunciaba a su agresor. Exponía las paredes pintarrajeadas afuera de su casa llenas de amenazas. Miré su rostro y me pareció conocida. Indagué más, me metí a su perfil. Vi que los tuits eran recientes.

Abrí el chat de mis amigas que lleva por nombre “Sí, otro pinchi grupo más”, (la letra “i” al final de pinche le resta algo del hartazgo digital).  Vi la nota[1].  Horas antes una amiga había enviado un mensaje donde preguntaba si habíamos visto esa “noticia del horror”. Otras amigas contestaron que sí, Emojis de corazones rotos, caras rojas de ira y uno que otro cacofónico “¡qué horror!”, “¡lamentable!”. A la hora en que enviaron ese mensaje, yo estaba a punto de comer unos tacos y no quería saber más de mujeres muertas. No sé si es la edad, la barbarie o ambas, pero desde hace unos años para acá siento que todas las noticias son desproporcionadas. Rebasadas por la ridiculez, la banalidad, el sadismo, la crueldad y un largo etcétera.

La noticia que llevaba evitando saber más, no era la excepción. La mujer que denunciaba a sus agresores, era la misma mujer de la que hablaba el link que  me negué a abrir a causa de mi empacho de restos humanos en este país. Pasé del título que decía: «Crimen de odio en Zapopan contra la madre de niño con autismo y epilepsia»; al balazo de la nota que me abolló el corazón: “Vecinos se quejaban de los ruidos que hacía su hijo, niño con autismo severo y epilepsia, la hostigaban y la tenían amenazada.”

Luz Raquel Padilla Gutiérrez, la mujer asesinada -de 35 años de edad-, era una cuidadora 24/7 de su hijo con autismo. Cuando leí, veinticuatro-siete, pensé en todo el peso que lleva el cuidado permanente. Hay veces que ese veinticuatro-siete se hace tan eterno que parece condena. Al tiempo que leía la nota, pensaba en Karla, la mamá de Pato, en Maricela, la mamá de Felipe, en Gina, la mamá de Joaquín, en Elsa, la mamá de José Carlos, en Lorraine, mamá de Arturo, en Montserrat mamá de Fátima, en Cristina mamá de Abdiel.  Básicamente pensé en algunas de mis amigas y muchas cómplices y hasta detractoras a lo largo de años. Me acordaba de muchas de las hostilidades que les hacemos vivir. De las veces que los médicos les dijeron cosas como: “No se preocupe, estos niños no duran mucho” o “Aquí tiene a su cebolla por la que va a llorar toda la vida”. Refiriéndose a la extinción de sus hijos nacidos con Síndrome de Down.

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En el reclamo de Luz hay por lo menos tres conversaciones: La ignorancia supina que tenemos hacia el trato con el diferente, la incomprensión generalizada de lo que es “la discapacidad” y la inexistente estrategia de seguridad que nos tiene sumidos en el infierno. Y las tres variables juntas -como podemos ver- abonan al conteo de lo ominoso.

Recordé también las miradas incómodas hacia un niño que literalmente no puede estar sentado y se le subía hasta a los hombros a su madre que despeinada y exhausta lidia todos los días con él. O las veces que hemos tenido que perseguirlos y evitar que avancen cuando son adolescentes y solo quieren echarse a correr. ¿Qué de repulsivo tiene una conducta inadaptada? ¿Contra qué orden social supremo atentará la baba, los gritos y los cuerpos retorcidos?

Luz Raquel Padilla
Recordé también las miradas incómodas hacia un niño que literalmente no puede estar sentado y se le subía hasta a los hombros a su madre que despeinada y exhausta lidia todos los días con él. Foto: Cortesía

El 14 de julio Luz Raquel escribió en su cuenta de Twitter el siguiente mensaje: “Como es posible que a un menor con autismo y epilepsia, por tener una o varias crisis por patear y pegar en paredes mi vecina le mande una patrulla, ya quisiera ver a los oficiales contener sin ĺastimar aún, así pedían verlo, vulnerando derechos @PoliciaZapopan @PoderAG_Zap”

En el reclamo de Luz hay por lo menos tres conversaciones: La ignorancia supina que tenemos hacia el trato con el diferente, la incomprensión generalizada de lo que es “la discapacidad” y la inexistente estrategia de seguridad que nos tiene sumidos en el infierno. Y las tres variables juntas -como podemos ver- abonan al conteo de lo ominoso.  Mi intención no es desarrollar ninguno de estos puntos. Sólo creo importante señalarlos. Para tenerlos en el radar. Porque la noticia, además de conmovida, me deja pensando.

Compartiré la noticia con algunas de estas mujeres que son o han sido “veinticuatro-siete”. Quiero saber qué piensan y sienten. Quiero saber qué quieren hacer, si es que a caso hay ánimos para “hacer algo”.

Qué difícil resulta la barbarie cuando todavía creemos habitar la civilidad. Miramos a la barbarie como algo alejado de nosotros y de nuestro círculo más cercano. La barbarie, como la estupidez pensamos que nos es ajena. Quizá, por eso Constantino Cavafis nos advirtió que los bárbaros eran la solución.

Fuente: Revista Los cínicos / Original aquí.

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