Cuarenta días menos de alma: las mujeres y el aborto

Xalapa, 8 de abril (MaremotoM).-Independientemente de lo que apunten la iglesia, los gobiernos, el parlamento, la corporación médica y jurídica, las mujeres implantamos nuestra propia decisión de abortar como una gesta de desobediencia frente al mandato compulsivo de la maternidad. ¿Ante quién nos insubordinamos? Básicamente desobedecemos a la heterosexualidad como régimen político…

Mabel Bellucci,  Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo

Hay recuerdos que permanecen contigo como yerra. En mi caso, en lugar de fierro candente, en mi epidermis conservo la viva sensación del abrazo de mi abuela. Si lograba ganar la cama a mi hermano menor, mi mayor felicidad infantil era dormir con ella. Abrázame, le pedía; de inmediato me acoplaba a sus blandos y generosos senos y al vientre que albergó a mi madre. No logro precisar, ni con años de terapia, por qué mi abuela entre lágrimas y oscuridad, me habló de los hijos que no le permitieron parir. De espaldas a ella, asida a sus brazos con mis manos de 10 años, escuché una confesión que hoy resuena más como un alivio. Mi abuela me contó que mi abuelo, después de que tuvieron a mi tío, no quiso más hijos. ¿Por qué, mamá Pili?, porque cuando conocí a tu abuelito, él ya estaba casado y ya tenía cinco hijos.

Entre el nacimiento de mi mamá y mi tío pasaron nueve años en los cuales mi abuela se vio obligada a perder varios embarazos y esos eventos, en conjunto, sin darme más detalles, le provocaban un dolor que sentí en mí cuando ella se aferró más y más a mi pequeño cuerpo. Con el tiempo me percato de que es un milagro que llegara mi madre y, por ende, nosotros. ¿Qué habrá pasado con ese nuevo embarazo? ¿Habrá intentado mi abuela dejarlo en suspiro como los otros? ¿Habrá sido mi madre tan fuerte que aún y con el intento, ella permaneció? ¿Habrá cambiado algo dentro de mi abuelo que lo hizo recular en su determinación? No lo sé y creo que, por respeto a mis muertos, esa historia no me corresponde. Sin embargo, como yerra, jamás olvidé.

Ab orto, privar de nacer, “es una agresión al cuerpo y a la psique de la mujer que hay que evitar por todos los medios pero que, en una instancia, la agrede menos de lo que lo haría la continuación del embarazo cuando ella decide interrumpirlo” (2000, p. 11), apunta Victoria Sau en su Diccionario ideológico feminista. Desde un régimen patriarcal (como el de mi abuelo) el aborto provocado ha existido desde siempre y desde siempre ha sido controlado por los hombres, reservándose a estos el derecho exclusivo sobre las decisiones del cuerpo de las mujeres. Continuando con la autora catalana Victoria Sau, esta práctica se vincula al poder, en tanto a la cantidad de súbditos, colonizados y/o ciudadanos.

Los filósofos griegos tuvieron una aproximación menos radical al tema, Platón opinaba que el aborto voluntario era legítimo y válido si la mujer decidía hacerlo por temor al dolor de parto; Aristóteles y otros filósofos concordaban en que era una buena medida de control demográfico. En Roma dejaban al pater familiae decidir de manera interna y no bajo un código externo, hasta la caída del Imperio y la instauración del Cristianismo que declara como crimen el aborto voluntario cuya institución como ley se fundamenta en argumentos varios. Victoria Sau recupera tres teorías históricas claves: Animación inmediata (desde los orígenes hasta el siglo XII):  Dirigido al control de paganos, el aborto es considerado un pecado en tanto que el alma existe desde el principio de la concepción, igual que el vientre de María, por lo que interrumpir su camino hasta la pila del bautizo condena esa alma al limbo. Animación retardada o hilomorfismo (Del siglo XII al XIV): Santo Tomás recupera la idea de Aristóteles, según la cual no puede haber alma sin cuerpo. “Sólo la muerte de un feto animado se considerará delito, y la animación no se produce hasta los 45 y los 60 días. Santo Tomás creerá que si el feto es varón el alma entra antes, a los 40 días, y si va a ser niña, a los 80, por lo que las mujeres siempre tendrían 40 días menos de alma que los hombres”. (p. 12). La mujer que violaba esta ley, era tratada de homicida. La preformación (del siglo XVII y XVIII): La hipótesis se desprende de los conocimientos de anatomía renacentista que considera que el fruto de un vientre humano o de animal está contenido desde el primer día en una primera célula que se expandirá hasta el nacimiento. Así, continuando con esta razón teológica, entomológica y microscópica, dentro de un espermatozoide podía habitar un hombre nonato. El aborto terapéutico no es contemplado en ningún momento por el Santo Oficio: ni para salvar a la madre (edicto de 1895), ni porque las caderas de la madre fuera estrecha (1898).

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Llegamos a las Guerras Mundiales y la diezmada población atiza las criminalizaciones, en Francia guillotinarán a las mujeres que aborten y los nazis proclamarán que las mujeres no tienen derecho a tener hijos libremente. Gracias a la feminista Simone Weil la despenalización del aborto se logró en Francia en 1975 (el año en que nací), bajo la “Ley Weil”. El Franquismo regresó a la penalización no sólo de la mujer sino de todo aquel  que la ayudara. En cada caso, el argumento ha sido “la salvación de las almas”, pero el trasfondo es el control de la natalidad y la demografía afectada por las guerras, al considerar los cuerpos de las mujeres extensiones de patrias. De ahí que en los momentos álgidos y crueles de intervenciones de enemigos e invasores, sean las mujeres violadas, simbólicamente, se toma la tierra desde los úteros.

Victoria Sau, desde esta primera entrada de su Diccionario, ABORTO, nos recuerda que el feminismo internacional reconoce tres derechos inalienables de las mujeres: derecho a la sexualidad, a la maternidad y a la interrupción voluntaria del embarazo, forma más precisa que la palabra aborto por toda la carga histórica e ideológica que acabo de resumir. Una maternidad libre implica la libre decisión de optar por la interrupción del embarazo si está en peligro la vida de la madre, si el embarazo es fruto de una violación, si hay sospecha de que el niño tenga alguna alteración genética; pero también si “una mujer decide interrumpir su embarazo no es por trivialidad, sino porque algo ha sucedido dentro o fuera de ella que hace que el mismo ya no sea deseado”, dice Sau (p. 15).

Los grupos de feministas, desde cualquier trinchera penal o no, continúan la lucha para lograr la despenalización del aborto en todo México, tomando en cuenta que las historias no narradas por tantas mujeres, pueden documentar los otros abortos, los provocados por golpes de una pareja o excesos físicos en zonas laborales. El feminismo argentino como punta de lanza del debate sobre la despenalización del aborto, evidencia una agenda política que remite al activismo de las “viajeras militantes”, mujeres argentinas que en las décadas de los 60 y 70 importaron, tradujeron y publicaron en editoriales independientes textos teóricos en torno al tema del aborto y a otros aspectos de políticas del cuerpo.

Cuando tenía 19 años, cursando el tercer semestre de mi carrera, me embaracé y decidí no continuar ese embarazo. La clandestinidad del evento, incluso de mis padres, me hermanaron con las demás mujeres que en ese momento de vida me rodeaban: hice un rápido recuento, de 10 amigas, 8 ya habían abortado y fueron algunas de ellas las que me guiaron a un doctor de extraño acento argentino, déspota y frío que cobraba en los ’90 cuatro mil pesos por el procedimiento. Entonces rememoré por primera vez aquella  confesión de mi abuela y los hijos que no pudo parir; el recuerdo estaba soterrado en mi memoria y como la sombra, emergió y me acompañó hasta el día de hoy. Fue imposible quitarme la culpa de la piel, el terror con los años acrecentado de que quizá este acto contra mí sería castigado con la privación de un hijo futuro. Ninguna mujer debe pasar por este descobijo ontológico, por la señalización moral y el enorme peligro de hacerse intervenir sin las medidas médicas de higiene y ética necesarias. Vi amigas desangrarse, vi a amigas que con los años nunca fueron madres y a otras estar a punto de morir. Con certeza ahogada en angustia, pude haber tenido un hijo o una hija que tendría hoy más de 20 años. Deseaba tanto tener una carrera, viajar, acercarme un poco a la mujer que anhelaba ser. Pero la culpa, la pena, la primera sensación de alienación del otro dentro de mí, me acompañó hasta  que di a luz a mi hijo y pude ver su rostro y abrazar su cuerpo cálido.

Y no hubo más bebés y esto también se acepta, se llora y, de tantas formas, se agradece la concesión de la gracia.

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