Iván Quezada

CUENTO | “Los abanicos de Acario”

Notó que las personas andaban asustadas, con mascarillas (él también), y miraban de refilón sus abanicos ordenados en el suelo. De pronto, una mujer con una niña del brazo se detuvo a preguntarle de dónde los había sacado.

Ciudad de México, 4 de agosto (MaremotoM).- Acababan de llevársela. A la mujer que fue su esposa por cuarenta años. Eran las tres de la madrugada. Miró el interior de su casa y naturalmente lo encontró triste. En Puente Alto había toque de queda. Acario estuvo de acuerdo, era mejor que la gente no viese el retiro de los cadáveres, pero ahora que le sucedía a él, necesitaba que algún vecino le diera el pésame, lo acompañara. Tendría que pasar solo el mal trago.

Por suerte, los camilleros actuaron rápido. Le dieron un papel, diciéndole que debía encerrarse por quince días. Los vio partir y permaneció con las manos en los bolsillos, sin saber si dormir o llamar a sus hijos, hasta que decidió aislarse. Si no era en persona, las condolencias no le servían. Tomaría café para no dormirse y vería el amanecer desde su sofá. «Voy a pensar mucho», se dijo.

*  *  *

Por la mañana revisó su despensa y descubrió que ni siquiera tenía papas. La cuarentena y los cuidados de su esposa lo dejaron sin un peso. Pasaría hambre ese mismo día, si no ganaba algo de plata. Pero, ¿cómo? Al mediodía iría a los locales. Sabía que estaban cerrados, con sus trabajadores despedidos, pero los habitantes seguían yendo por costumbre. Tal vez alguien tendría un dato o le ofrecería un «trabajito» por lástima. Haría sin asco el papel del «viudo doliente». A fin de cuentas, ya se había hecho todas las recriminaciones, incluyendo la infelicidad de su mujer. Nada podría impedirle su éxito.

Con ese optimismo abordó a los lugareños. Lo recibieron con recelo, sorprendidos por su locuacidad, hasta que les subió el ánimo. Afuera de la panadería había unas bancas a mal traer y unos troncos. Allí se instaló con cuatro viejos de su edad. Contó travesuras de su juventud, los chismes del barrio, recordó unas absurdas vacaciones en Cartagena con su esposa… Todos rieron de buena gana, agradecidos por la alegría en un año crítico, con un virus, desempleo e insurrecciones. «¡Tanto escándalo para quitarnos nuestros tres pesos!», exclamó uno. «No le de vueltas», respondió Acario, «es mejor olvidarse».

—Necesito ganar dinero, ¿alguno sabrá de algo? —preguntó al rato.

Todos se miraron extrañados.

—¿No ve que estamos cesantes? —dijo serio el Chico Araya.

—Estuve encerrado con mi mujer, pero estaba al tanto de lo que ocurría. Busco un milagro, porque lo necesito.

El círculo asintió con la cabeza. Acario ya tenía sesenta y dos años, pero aparentaba cincuenta. Era fornido, con pocas canas y tenía buena vista. Hacía bien cualquier trabajo. El problema era que nadie compraba ni vendía. «La gallada está con miedo», le explicaron, y él despreció el argumento con un movimiento de su mano.

—Para que sepan —sonrió con tristeza—, la vida continúa y la gente siempre es la misma.

Su convencimiento alivió un poco al grupo. Entonces a Ortega, un larguirucho de bigotes, se le ocurrió una idea:

—El chino Hi viene llegando de China. Dicen que trajo mercadería. No sé si sea verdad, pero es un tipo industrioso. Sabe dónde poner la bala.

—Lo conozco —repuso Acario con los ojos encendidos—, he ido varias veces a su restaurante y casi somos compadres.

La carcajada fue general.

Se despidió de todos con un abrazo y partió a la casa del comerciante.

*  *  *

Bajo el brazo llevaba una bolsa con abanicos. Pilló al chino barriendo la vereda y lo saludó efusivamente. El hombre, de cuarenta años, rio con timidez. Acario le simpatizaba por lo franco. Él mismo por dentro era así, pero, como sabía poco español, le tocaba ser reservado, incluso huraño. Escuchó su pedido y de inmediato dijo:

—No puedo ayudarlo —frunciendo el ceño.

—¿Por qué? —se lamentó el otro— Siempre tiene cosas para vender y me conoce, sabe que me gano la plata honradamente. Dios es mi testigo.

—No es eso. Este momento es muy malo. Si mostrara las novedades, se perderían.

—Tiene toda la razón. Pero, ya que trae muchos productos, le convendría sacrificar uno para que la gente se relaje y después compre el resto.

—Sabe que no es mala idea —reflexionó Hi—, pero tendría que ser algo pequeño.

—Desde luego, nada importante como la funda de un celular.

Pasaron a la casa, donde en el patio saludó a una mujer bajita y graciosa, y luego entraron al living. Allí el joven le pidió esperarlo. Miró las pinturas con caracteres chinos, algunos adornos del restaurante y un gran espejo. Sentía la emoción de tener un nuevo amigo, que lo ayudaría en los difíciles meses por venir. Ya una vez fue vendedor, antes del servicio técnico en que trabajó durante treinta años. Fue el encargado de entregar los equipos y muchas veces ayudaba a los técnicos. Pero eso se acabó, debía olvidarlo completamente.

Y así fue como obtuvo los abanicos. Miró dentro de la bolsa y contó cincuenta, mientras caminaba por Vicuña Mackenna desde el Metro Vicente Valdés. En el centro de La Florida, donde aún había algo de movimiento, podría ocultarse de los pacos y hacer el intento. Entendía que era invierno y los abanicos no servirían hasta la primavera, pero podía decir que daban buena suerte. Lo repetiría hasta sonar convincente, con una sonrisa ad hoc.

Notó que las personas andaban asustadas, con mascarillas (él también), y miraban de refilón sus abanicos ordenados en el suelo. De pronto, una mujer con una niña del brazo se detuvo a preguntarle de dónde los había sacado.

—Me los trajo un amigo de China —respondió—, allá son grito y plata. Fuera de protegerlos del calor, les sirven de talismán. Traen buena suerte por una tradición de ellos.

La «casera» compró dos, riéndose de su explicación. Él sonrió enigmático, convenciéndola aún más. «No sabía que tengo cara de profeta —bromeó para sí—, de repente fundo una religión». Ella a lo largo de la cuadra fue mostrando el abanico y así cayeron otros clientes.

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Después de vender cinco, sacó cuentas. Su parte era la mitad, o sea, ya tenía dos mil quinientos pesos. No estaba mal. Ese día no comería, pero al siguiente se zamparía un «señor plato de porotos». Se creyó en racha e hizo planes para ir al centro de Santiago. Allá era seguro que los vendería todos.

Caminaba radiante, pero, bajando la escalinata del Metro Bellavista de la Florida, se acercaron dos carabineros y tuvo que devolverse.

"Los abanicos de Acario"
“Los abanicos de Acario”. Foto: Cortesía

—Los abuelos ya no pueden andar por la calle —dijo uno.

—Quizás hasta cuándo —recalcó el otro.

—Pero yo tengo que comer —alegó—, estoy tan vivo como ustedes.

—Eso es problema suyo —dijeron al unísono—. Además —añadió el más alto—, su comercio es ilegal. Sólo porque nos da pena, no le quitaremos sus chucherías. ¡Váyase a su casa!

Acario, taimado, dio media vuelta y avanzó hasta que los perdió de vista. Tendría que irse a pie. Era cierto que quedaba lejos y hacía frío, pero recién eran las tres de la tarde y calculó que en dos horas llegaba al Paseo Ahumada. En el trayecto había varias plazas y capaz que vendiese otros abanicos. «Todo es posible», se dijo con ironía.

*  *  *

Nunca pensó en cómo sería el centro de Santiago sin habitantes. Le pareció una ciudad abandonada en medio del desierto. Recordó las películas en que sólo hay un superviviente en el mundo y vagabundea dueño de todo, pero sin ganas de nada. Él, por el contrario, creyó que era un desafío venderle un artículo a un fantasma… Se lo tomaba a la broma. Comenzó a atardecer. En la caminata vendió diez abanicos, de modo que ya estaba salvado. Sólo lo movía el orgullo y la codicia de «juntar un capital», sin creérselo realmente.

Por primera vez en su vida se sintió un chileno poderoso. Miraba con desdén a los pocos transeúntes y se burlaba de la gente oculta en sus casas. Si él fuera el último ser humano en el planeta, no lo lamentaría. Ahora tenía un «valor agregado» o una «ventaja comparativa»: era el primer machucao en perder el miedo. ¿Cuántas veces no lo quisieron convencer de las bondades del «sistema»? En ese momento lo creía, siempre y cuando fuese para su solo beneficio…

Chasqueó la lengua. En realidad, no creía en nada. Y no debería ser así, pensó, porque su pasado no era «tan» malo. Su infancia fue difícil, con unos padres eternamente desempleados. Sobrevivieron con lo justo y en ocasiones con menos, pero siempre fueron cariñosos. Su esposa lo atormentó con su amor lleno de reproches y, sin embargo, él la quiso a su manera. Le sorprendía, eso sí, que su muerte lo dejase helado. Todo lo pensaba con pragmatismo, incluso su dolor. La soledad de las calles y plazas, de las galerías comerciales y los edificios del gobierno, le recordó la plaga bíblica del ángel de la muerte y soltó una carcajada. «Apuesto que le podría vender un abanico», se dijo.

Avanzó por Huérfanos, fijándose en los rostros huidizos, desconfiados, cubiertos por máscaras de oxígeno o tapabocas. Parecían extraterrestres. Una puta triste le propuso sus servicios en la Plaza de Armas y él le obsequió quinientos pesos. Continuó rumbo a la Moneda por Ahumada, hasta que en una esquina por fin dio con un grupo.

Eran quince o veinte personas, la mayoría mujeres. Se acercó adoptando una pose de galán.

—¿Tiene dólares para vender? —le preguntó un hombre gordo.

Era un garito al aire libre, pero eso, en vez de contrariarlo, lo motivó.

—Tengo algo mucho mejor —dijo, elevando la voz.

Se hizo el silencio, todos lo miraron con curiosidad y temor de que les ofreciera una «vacuna milagrosa» contra el coronavirus. La ciudad estaba plagada de charlatanes.

—Ya pues, viejito, diga qué es —habló una mujer entrada en años.

—Son abanicos —respondió con orgullo, mostrando algunos.

Los reunidos se miraron unos segundos y soltaron la risotada. Acario se felicitó por haber conseguido lo que quería.

—No sirven para ahuyentar al virus, pero son elegantes —discurseó—. Las mujeres los pueden usar para coquetear, ya que están obligadas a taparse la cara. Tienen estampados bonitos y son mágicos. Los hizo reír a todos, ¿o no?

Dos adolescentes, compadecidas, le compraron unos abanicos. Otras mujeres, para no ser menos, hicieron lo mismo. Los hombres vieron que podían anotarse unos puntos al regalarlo a alguna bella y también se llevaron el suyo. En total, vendió diez. Estaba «sobrado de cariño» y, como se puso más helado, optó por regresar a casa.

Se despidió con grandes voces y retrocedió al Metro Bellas Artes, donde tomaría el tren. Todo salía perfecto y confiaba en que llegaría sin novedad a la Plaza de Puente Alto. Pero, cuando ocupó una butaca en el vagón, sus fuerzas lo abandonaron. Por suerte nadie se fijó en su cansancio, de los pocos viajeros que había allí. Se acordó de su desvelo y el sueño cayó sobre sus ojos como un torrente.

*  *  *

Despertó en la puerta de su vivienda. Trató de recordar qué había pasado, pero no pudo. Un manto negro, más oscuro que la noche, cubría su memoria y tenía miedo de descorrerlo. Entró a su recibidor y encendió la estufa (sólo un quemador, le quedaba poco gas). En sus manos tenía la bolsa con los abanicos y en su bolsillo el dinero. Suspiró aliviado, aunque con la angustia de llevar dos días sin comer. Tendría que esperar el fin del toque de queda y salir a la mañana siguiente en busca de algún negocio abierto. El hambre lo abrumaba.

Fue a su dormitorio y se envolvió en las frazadas, evitando mirar la ropa de Cristina… Y se arrepintió enseguida de recordar su nombre.

—¡Viejo! —lo llamó desde la cocina—, ¿cómo te olvidaste de comprar pan?

Fue donde ella y estaba intacta, era la misma de siempre. Dijo que por fortuna no tenía apetito, si no le habría dicho unas cuantas verdades.

Acario pidió disculpas y a falta de una flor, le regaló un abanico.

Volvió a su pieza, ya no le importaba comer y lloró amargamente, cubriéndose el rostro con ambas manos.

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