Alejandro Zambra

Cuerpo a cuerpo con la palabra: conversación con Alejandro Zambra

Nosotros nos relacionamos con lo nacional de forma distinta a los mexicanos. Por ejemplo, la palabra patria en Chile es una palabra manoseada, estropeada y destruida por la dictadura. Un discurso patriótico en Chile se entiende como un discurso de derecha. Me impresiona cómo en México la palabra patria sigue significando una serie de cosas, entre comillas, positivas.

Puebla, México, 22 de septiembre (MaremotoM).- Suerte o destino. A veces me pregunto cuáles posibilidades de mi existencia me han permitido estar cara a cara con algunos de los protagonistas actuales de la literatura nacional e internacional.

No es complicado, especialmente ahora. Una cámara, afortunado internet, haber leído la obra. Así pude ver el rostro de Alejandro Zambra al otro lado de la pantalla, creando el vínculo la simulación posibilitadora de la entrevista.

Alejandro Zambra reformula todo el tiempo sus oraciones. Cuando el dato o anécdota aparecen en la punta de la lengua, se redistribuye en cosa de segundos y la respuesta toma un camino distinto. Por supuesto, algo que no verá el lector será el cabello despeinado, la mirada perdiéndose a la derecha cuando reflexiona y el micrófono en las manos del escritor chileno.

Amable, conversador nato, por un lapso de poco más de una hora pude entrevistar al finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2014 y quien fuera seleccionado por el Hay Festival como uno de los escritores latinoamericanos menores de 39 años más importantes en 2007. Bonsai, La vida privada de los árboles, Facsímil, son las novelas que lo consolidaron, pero cuenta además con poemarios, libros de cuentos, de ensayo y crónica.

La charla tuvo como razón la publicación en un año tan extraño —por decir lo menos— de Poeta Chileno, también novela y para nuestros tiempos un completo reto a la lectura, si atendemos a la cantidad.

Alejandro Zambra
La nueva novela de Alejandro Zambra. Foto: Cortesía

Como siempre, mis predicciones fueron incorrectas. De mis 18 preguntas, 15 se llevaron a cabo sin problemas ni presiones ni respuestas cortas. Las otras tres lograron su cometido sin ser enunciadas.

La reseña pudo haber sido un camino, pero dudo que haya mejor presentador para esta obra que el autor mismo.

–Desde la publicación de tu última novela en 2011, casi después de una década se publica Poeta Chileno, ¿cómo te sientes con ello?

–He publicado libros en medio y no hago mucha diferencia entre los géneros. Sería difícil considerar a Facsímil una novela; Mis documentos, un libro de cuentos; Formas de volver a casa… para mí lo importante es siempre tener una sensación del libro, si luego uno cabe en una definición consensuada de novela o no, es diferente. Más bien siempre estoy escribiendo algo y eso suele convertirse en un libro. Hay un momento en que ya sabes “bueno, esto parece una novela…”, pero no debe tomarse muy en serio la discusión de los géneros. Es un obstáculo: insisten mucho en eso, si es una novela, un conjunto de cuentos. Me interesa muy poco como lector. Sí hay diferencias, pero es mejor hablar de texto que de género. De la persona y no de los géneros.

–En México se percibe una institucionalización respecto de ello; en comparación a otros países, aquí existen muchos concursos literarios. En Poeta Chileno hay dos muy marcados: la poesía y la crónica. ¿Podríamos asegurarlos como dos ejes literarios en tu nueva novela?

–Hay una tensión sobre todo con la poesía. Esta novela habla de la poesía y de la manera menos poética del mundo: mediante la novela. Witold Gombrowicz tiene esa frase tan famosa: “no hay que hablar poéticamente de la poesía”. Me gusta mucho su ambigüedad, ¿qué es hablar poéticamente? Se refiere a cierta solemnidad en torno a la poesía como género, una solemnidad que suele alejar a los lectores más que atraerlos, porque genera la sensación de que la poesía está fuera del mundo. Por el contrario, una novela parece instalada cómodamente en el mundo, aunque también se hable de su solemnidad. Me interesaba esa contradicción. En el libro hay una serie de personajes que miran con desdén a la novela, me gusta hacerlos existir justamente a través de una novela.

–La vocación del protagonista es la de ser poeta, ¿buscabas desacralizar la figura de la poesía?

–En Chile la poesía está ya bastante desacralizada, hay una tradición rupturista muy antigua que se origina en la antipoesía de Nicanor Parra, cuya obra fue el antídoto más o menos instantáneo a la enfermedad-Neruda. La antipoesía se volvió también en una forma de poesía. Cuando yo tenía doce años, por ejemplo, en los libros escolares venían antipoemas de Nicanor Parra. Pero es cierto que, a pesar de todo, la poesía sigue siendo objeto de sacralizaciones y desacralizaciones. En términos de discusión estética, la poesía de Nicanor Parra genera una línea de continuación y allí están Enrique Lihn o Rodrigo Lira, entre tantísimos otros. Incluso hay una especie de antiantipoesía que no podríamos definir como poesía porque es consciente de la influencia de Nicanor Parra. Muchos poetas –sobre todo porque Nicanor fue muy longevo–, se aburrieron de que les preguntaran todo el tiempo sobre la antipoesía; durante mucho fue la pregunta obligada a un poeta chileno, ¿qué opinas de la antipoesía? A mí me interesaba una mirada realista respecto de ese mundo, aunque no diría que el propósito central de la novela sea representarlo. Pienso que es más bien una novela de personajes. Para mí fue importante escribirles los poemas; cuando me puse a escribirlos —escribí más de los que aparecen en la novela—, tuve la sensación de de verdad conocerlos, de una manera física, visual, sin ver sus rostros los imaginaba con tal precisión que sentía que los conocía más. No son exactamente los poemas que yo habría escrito. Allí hay un riesgo —porque les escribí poemas malos y poemas buenos—, el lector puede pensar que los poemas buenos también son malos o que los poemas malos son buenos o que todos los poemas son malos (¡y la novela también!). Una de las primeras cosas que supe de la novela fue que habría poemas de los personajes, pensé que incluso tenía gracia ceder la perspectiva narrativa y entregarla a un lector que pudiera decidir por sí mismo qué tipo de creadores eran estos personajes.

–¿Hay una intención nacionalista de la poesía en tu novela?

Alejandro Zambra
En el libro hay una serie de personajes que miran con desdén a la novela, me gusta hacerlos existir justamente a través de una novela. Foto: Cortesía

–No, para nada, pero es mi tradición, la que conozco. En ese sentido, el título de la novela es también arriesgado, un lector no chileno puede sentir que la novela lo deja fuera, pero me gusta ese anclaje nacional, me interesa la discusión de lo nacional; tratar de comprender cómo lo nacional te sobrevuela, cómo esos mitos influyen o no, cómo te relacionas con ellos Generacionalmente —en edad, sin pensar en mi generación literaria—, fuimos los últimos con una formación bastante nacional, para bien y para mal. Conocemos bien nuestra tradición, nos preocupamos de eso, pero también esa misma tradición estaba vaciada porque crecimos en dictadura. No era fácil acceder a lo nacional, que era todo lo que teníamos. Supongo que las cosas cambiaron con internet. Me acuerdo perfecto de la primera vez que me conecté a internet, en el año ’96. Y fui un cibernauta  prematuro pues estaba vinculado a la computación por mi papá, quien era informático, tuve acceso a los computadores desde chico. Lo primero que hice fue meterme a una página de poetas en lengua inglesa, me pareció genial poder leer o tratar de leer a tantos autores que conocía de oídas o cuyos nombres nunca había escuchado. Por cierto, no es que en Chile la gente se la pase leyendo poesía. No es central ni masiva, pero quizás cualquier chileno te diría, paradójicamente, que en Chile hay buenos poetas. Su importancia simbólica es enorme, por los dos premios Nobel, con sus nombres -seudónimos convertidos en comodín para bautizar calles e instituciones. Por lo demás, independientemente de cómo definas el canon, buena parte de los autores eran de clase baja o clase media. Sigue siendo un mundo muy poco cuico, muy poco fresa, un mundo más bien ligado al discurso meritocrático. Vicente Huidobro es una excepción, fue el poeta de la aristocracia que se fue contra su clase. Me preguntaba a los catorce o quince años por qué me parecía verosímil ser poeta, si yo era de la clase media-baja, de la periferia de Santiago. ¿Por qué quieres ser poeta? ¿Qué significa eso? Y luego cómo influye ese mito de que entonces era fundamentalmente masculino, con la gran excepción de Gabriela Mistral. ¿Por qué te parece posible soñar con ser poeta? Más allá de los sueños, ¿existe una posibilidad real? No sé si era capaz de imaginar mi vida con precisión, pero no me parecía un sueño tan loco. En otros países es distinto, los referentes son distintos, son otras sensibilidades y trayectorias. Hay algo con lo nacional en la novela relacionado también con lo masculino y me interesaba descongelarlo. Eso pasa con la representación novelesca, moviliza cuestiones estáticas y puede que eso se devuelva autocríticamente. Era mi idea general de la novela. Pienso la novela fundamentalmente como un dispositivo autocrítico. La literatura entera, en realidad. Nosotros nos relacionamos con lo nacional de forma distinta a los mexicanos. Por ejemplo, la palabra patria en Chile es una palabra manoseada, estropeada y destruida por la dictadura. Un discurso patriótico en Chile se entiende como un discurso de derecha. Me impresiona cómo en México la palabra patria sigue significando una serie de cosas, entre comillas, positivas. En el caso chileno —sobre todo desde la dictadura, donde comienza mi experiencia porque nací cuando ya había empezado la dictadura—, el vínculo con la idea de patria se volvió difícil. La identidad –que, por supuesto, es una búsqueda, no una definición, sino un proceso constante–, está vinculada a la poesía. Cualquier chileno te diría que en Chile hay buena poesía y no significa que se lea mucha poesía. En realidad, como te decía, se lee muy poco. Hay países donde la palabra “poeta” es sinónimo de “irresponsable” o de “soñador”. En Chile no, y tampoco el poeta es exactamente un intelectual. Creo que un poeta es percibido socialmente como un librepensador, un sujeto autónomo, original, que se atreve a vivir de otra manera. Además es un mundo de harta vida social. Diría un poco en broma y un poco en serio que los narradores en Chile son los solitarios, los poetas son gregarios por definición.

–¿Cómo logras insertar la poesía en la cotidianidad?

–Me interesaba la representación puertas adentro. Alguien podría discutir si Gonzalo o Vicente —los protagonistas de la novela, padrastro e hijastro respectivamente— son representativos de los poetas chilenos, y por supuesto no queda claro que sean poetas. Por eso el título en singular, que vale para los dos, o para ninguno, incluso creo que puede ser leído, paródicamente o no, como marca. A mí no me interesaba que fueran representativos; si te metes un poco en ese mundo, como en cualquier mundo, te das cuenta cómo los lugares comunes y las expectativas siempre fallan. Cada sujeto que aparece públicamente como poeta, narrador, político, músico… tiene una vida cotidiana no tan distinta a la de los demás. La poesía puertas adentro está bastante ligada a lo religioso. Para muchos poetas y lectores de poesía, la poesía es como una sustitución del discurso religioso tradicional. Las palabras cumplen un sentido ritual, hay una búsqueda constante. Entonces, cuando aparece la figura del padrastro que trata de entender cómo se relaciona con esa palabra, es cuando se me armó la novela: el padrastro enfrenta la batalla de la legitimidad desde la derrota. Entra a la cancha perdiendo. Nadie decide o piensa “yo, en algún momento de mi vida, quiero ser padrastro”, “estoy buscando a alguien que ya tenga hijos para enamorarme”. Si sucede, si te enamoras de alguien que tiene hijos, empiezas a entrar de a poco en el rol de padre o de madre: de pronto te quedas a dormir, comienzas a preparar el desayuno, pasas una temporada preliminar que nunca es fácil, y casi no te das cuenta cuando ya cumples una función importante en la vida de ese hijo ajeno. Y quizás crees que eres generoso, pero enseguida te das cuenta de que también ese hijo ajeno es para ti importante. Gonzalo, de pronto, azarosamente, se ve obligado a definir la relación y le resulta muy complejo. Tiene que enfrentarse cuerpo a cuerpo con la palabra y decidir si usarla, legitimarla, limpiarla, dignificarla o inventar otra. Eso hacen los poetas con cada palabra: cuando escribes un poema de diez versos, cada palabra cuenta, peleaste cuerpo a cuerpo con cada palabra. En la novela, la incomodidad ante la palabra padrastro de algún modo se proyecta hacia lo propiamente masculino. Los padrastros son los malos, eso dice o demuestran la literatura y la prensa y hasta el lenguaje, el diccionario. Es difícil identificarse con esa figura. Entonces un padrastro no necesariamente se junta con otros padrastros, porque tal vez comparte el prejuicio. Sucede lo mismo con el lugar masculino: eres hombre pero eso no te lleva a defender a otros hombres, por eso es tan difícil contar con un equivalente a la sororidad. La mayoría de los hombres odian a otros hombres, porque es el género de buena parte de lo peor de la humanidad. ¿Por qué tengo que defender a un hombre por el hecho de ser hombre? En la novela hay varias figuras masculinas que entran en diálogo y yo aspiro a que esos diálogos queden rebotando en las cabezas de los lectores, que puedan acercarse y distanciarse de esos personajes autocríticamente.

–En el libro, el Chucheta, un abuelo regresará, después de mucho tiempo y de muchos hijos de diferentes mujeres, al hogar. Hay una crítica sutil de lo socialmente aceptable. ¿La poesía representa la serie de carencias de lo humano, pero también de lo propiamente masculino en la cuestión del concepto de tu libro?

–No sé si es tan sutil… No sé si tiene sentido contestar a tu pregunta hablando de poesía, puede ser distractivo, esto pasa en la vida, independiemente de que escribas poesía o no. Una persona de mi edad no tiene que ir demasiado lejos para encontrarse con una figura como la del Chucheta, este embarazador compulsivo en constante prueba de su hombría que abandonaba a su esposa y a sus hijos con actitud deportiva y que gozaba de una impunidad llamativa para alguien de mi edad y supongo que aun más llamativa para alguien de la edad de Vicente. Por ende, a Gonzalo le costaba relacionarse con él porque había visto a su madre sufrir el abandono y le molestaba que ella fuera capaz de perdonar a un sujeto así. Siguen presentes esas figuras y forman parte constitutiva de la idea de lo masculino con la que tienes que combatir interiormente.

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–¿Fue complicado el tiempo actual para hablar de la figura masculina? Una figura de la que no se había hecho autocrítica…

–Algo de autocrítica hay, en la literatura, pero poquita. Los libros de Coetzee, por ejemplo, son despiadados y profundos, perturbadores, en su representación de lo masculino. Por supuesto se ha hablado muy poco de estos asuntos, comparativamente, y ojalá que eso cambie. Este momento es una oportunidad, un posibilidad de movimiento. A los hombres nos sigue costando hablar entre nosotros. Nos sigue constando la intimidad. Es brutal. Si tienes un problema es muy probable que se lo cuentes a una mujer, entre los hombres sigue prevaleciendo la competencia. Es necesario insistir en esos diálogos pensando las discusiones actuales, pero desde mucho antes su necesidad era evidente. Este debate o discusión permanente me parece bastante provechoso. No es fácil hablar, por eso hay que hacerlo. Los hombres no hemos estado nunca como ahora obligados a pensarnos como género. Que eso suceda sólo puede ser positivo.

–Al inicio el conflicto de Gonzalo es cómo vive la sexualidad con su pareja y esto lo motiva a escribir poesía. Cuando vuelve a reencontrarse con ella, con un hijo que no es suyo, empieza la parte del padrastro. Hay una etapa distinta. ¿Imaginaste este equilibrio en la obra, el de respetar etapas como si fueran estaciones de un año?

–Veía a un personaje que cambiaba, un cambio que no es tan fácil de describir –por eso me interesaba escribirlo. Pero hay que ver cómo juzgamos al personaje a la altura de la página 370 y cómo lo juzgamos a la altura de la 421. Esta es una novela de final: me asomaba desde el final cuando tenía incertidumbre respecto a cómo seguir. No escribí el final sino hasta el último minuto, pero fue de lo primero que supe de la novela. Supersticiosamente no quise escribirlo antes, suelo ser más bien de montaje, escribo desordenadamente, unas frases del final, luego del comienzo, empiezo a ecualizar, corto, agrego… no obstante, en este caso, tenía un gran apego al final. Pero si algún pasaje intermedio de la novela me resultaba problemático, me iba imaginariamente a ese final, que de tanto imaginar me sabía de memoria, y miraba ese pasaje intermedio desde ahí.  Un propósito mío era convertirme en un lector del libro. Termina la novela y me hago las mismas preguntas que el lector.

–El lector puede sentirse identificado con la novela no sólo por la temática sino además por el lenguaje sencillo que maneja. En Bonsái y La vida privada de los árboles, ahora también en Poeta Chileno,lo que se observa es la constancia del testigo: están narradas en tercera persona, describiendo no sólo los actos, también los pensamientos y detalles. ¿Te representó un reto este minimalismo del lenguaje para transmitir algo tan cotidiano al lector sin que dejara de perder su atractivo?

–Mi prosa nace de esa tensión, del deseo de simpleza absoluta sin sacrificar la complejidad. Hace tiempo era todo lo contrario, cuando tenía 24 o 25 años. Estaba muy metido en la academia, en la teoría —me continúan encantando—, pero de pronto caché que me había alfabetizado en el lenguaje equivocado. Tenía un deseo voraz de comunicación y estaba perdiendo la capacidad de concretarlo, sólo podía hablar con gente que perteneciera a ese mismo mundo, al que yo en el fondo no pertenecía tampoco. Vino una reelaboración de todo más desde el deseo y una búsqueda estilística que se relacionaba con la posibilidad de compartir algo, desplazándome hacia la narración. Había muchas cosas reprimidas que trataba de soltar a través de la poesía, que era mala precisamente porque funcionaba como la simulación de un discurso real, o como la simulación de una simulación. Siempre fui bueno para contar historias, pero nunca había sentido deseos de narrar. Mi deseo literario estaba totalmente vinculado a la poesía, ahí había algo que se fue soltando. Estilísticamente he ido cambiando. Mis libros son muy distintos entre sí, pero tal vez son más distintos para mí que vistos desde fuera. Cada libro está un poco en contra del anterior. Cada libro siempre es el primer libro: empiezas un proceso en el que sientes que no sabes escribir, como si se te hubiese olvidado. Es muy relevante para mí que la literatura se nutra del habla y de la vida y no de la literatura. Adoro la literatura,  no es un impulso anti literario, pero sí contra la sobreestilización. Quiero hacer un libro que no provenga de otros libros por mucho que me interesen. Siempre trato de entender la función que cumple la literatura en la vida, de preguntármelo.

–Este proceso que acabas de mencionar, que empezó con poesía y está en la novela, que pasó por el cuento, la crónica, el ensayo… cada vez es más grande: Bonsái tiene 100 hojas, este libro tiene 424…

–Bonsái, si la diagramas como Poeta Chileno, podría tener hasta 40… En Bonsái sí había un trabajo deliberado con la extensión, porque el libro se construye como parodia o resumen de novela. En los otros libros no hay intenciones asociadas a la extensión, quedaron largos o cortos nomás. En Poeta Chileno aplica lo mismo, pero no creí que fuese tan larga hasta que la vi diseñada; tiene harto que ver con el habla, es mi primer libro conversado, los personajes hablan más, hay mucho discurso directo. Antes me interesaba el diálogo, pero lo trabajaba de otra manera; el narrador –fuera en primera o tercera– se llevaba buena parte del diálogo y lo planteaba como discurso indirecto; acá los personajes hablan mucho más, esta novela está más vinculada con la conversación, con lo coloquial, tal vez justo por haber perdido ese espacio viviendo lejos de Chile durante mucho tiempo. Hay parte de la representación del habla que me interesaba porque quería escribir todavía en chileno. No lo he perdido, pero tengo un hijo que habla más mexicano que cualquier persona que tenga alrededor. Me influye cómo habla él, me hace pensar mucho en las palabras —claro, hablo un minuto con un chileno y lo recupero todo. Mi manera de escribir irá cambiando a una velocidad cada vez mayor. Me encanta tener ese problema, lo veo como un proceso del que me gusta ser consciente. Pasa al revés de lo que uno supone, piensas que por estar afuera pierdes tu acento y probablemente sucede, pero, sólo cuando pierdes eso, descubres cuál era tu forma de hablar. Somos conscientes de los modismos, que son muy fáciles de adivinar, pero de repente hay diferencias estructurales, sintácticas: una palabra común y corriente que te demoras en cachar porque posee una connotación distinta.

–¿Estar fuera de Chile te permitió ver mejor a Chile?

–Sí, sobre todo ahora en México. Antes había vivido afuera por breves periodos y siempre con ticket de vuelta, cuando sabes cuándo vas a volver te relacionas de otra manera con lo nacional. En cambio, aquí ya han pasado tres años y medio, el proyecto está acá, no propiamente el literario; me enamoré de una mexicana, tuvimos que decidir si vivir aquí o allá, queríamos tener un hijo y decidimos vivir acá. Ese proceso se ha vuelto más difícil desde el estallido chileno, desde octubre. Ha sido difícil relacionarse con Chile como me relacionaba antes. Luego con la pandemia se ha acentuado esa crueldad: de estar todo mundo ocupando la calle a obligar a todo el mundo a quedarse en casa respetando a las autoridades —a las que nadie respeta. Te obligan a creer en los ministros, en los presidentes y es imposible, no podrían estar más desacreditados. De todo eso sale algo, me pasó con el terremoto y me pasa ahora, con la tensión de vivir todo ello como mexicano. Me sigue pareciendo difícil, pero ya hay una parte de mí que está acá, y esa parte se relaciona de forma muy tensa con no estar allá. Esta parte de la conversación es más para el terapeuta.

–De haber estado en Chile, ¿hubieras salido a protestar?

–Por supuesto. Sucede que fue muy hermoso y horrible a la vez, porque la esperanza convivía con el conteo de heridos y muertos por crímenes de estado. Es una situación que está lejos de haber terminado. Lo del COVID fue como “éntrense porque hay una pandemia”. De hecho en un comienzo había en Chile un alto grado de escepticismo, porque de verdad la trama parecía sospechosa, una pandemia era casi lo único que podía salvar al gobierno, finalmente no lo salvó, más bien ha hecho más evidente las injusticias que dieron lugar a una revuelta tan colectiva. Fue muy transversal, se juntaban causas políticas antiguas, poderosas, siempre presentes, con los reclamos de un montón de gente que simplemente empezó a hablar contra el sistema porque no le alcanzaba la plata para vivir, están endeudados de por vida, saben que sus jubilaciones van a ser miserables, porque el capitalismo despiadado de Chile se vive de forma cotidiana, muy concreta, muy palpable. La contradicción entre cómo gobiernan los que no conocen la realidad y cómo vive la gente. Eso fue lo que explotó, por eso era complicado precisar las causas, eran una falla múltiple, cada cual te da un motivo distinto, pero están todos de acuerdo en que la cosa ya no da para más. Incluso mucha gente que habitualmente había votado por la derecha –estamos hablando de un gobierno que llegó a tener 3% de aprobación. Por otra parte, comparar países es un deporte espantoso e inevitable. Yo no puedo sino mirar México desde Chile, no existe ese primer momento inaugural en que puedes ver las cosas en abstracto. También tengo una sensación muy compleja de este país –que ha sido generoso conmigo, en general siempre lo fue. A los chilenos nos resulta fácil entendernos con los mexicanos, en todo sentido.

–¿Cómo te ha afectado la pandemia?

–Es una cosa inesperada, angustiosa e histórica. Muchas generaciones van a hablar de esto. Lo he vinculado a la paternidad, hemos tenido la suerte de estar encerrados. Siempre lo estamos, tanto mi esposa que es escritora como yo trabajamos en la casa. De pronto nos disputamos graciosamente al niño, porque cuando estamos con él está todo en orden, sabes quién eres, eres un padre, quieres que no se caiga, que se divierta, jugar. Son horas completamente justificadas. Lo difícil es estar frente al computador mirando el mapa de mierda, tratando de informarse y asumir tu lugar en un mundo en donde “el que sabe más” respecto de lo que está pasando, no sabe tanto. El más preparado no lo está, lo necesitamos y no sabemos quién es. He escrito mucho en este periodo, he visto amigos escritores paralizados —incluyéndome—, pero si no escribiera entendería todavía menos. Ojalá este sea un tiempo en que mucha gente empiece a escribir, jóvenes, viejos… Pensar en la muerte de los papás, la propia, en el futuro, es un momento angustiante, se requiere más literatura que nunca no para evadirse sino para entender lo que pasa, continuar en la búsqueda de sentido y de cambio. Entiendo que haya gente muy escéptica, yo también lo soy a veces, pero no quiero creer que después de esto vamos a recuperar el mundo tal cual. No creo que nos podamos acostumbrar tan rápido, espero que no sea así. Al principio era una broma entre escritores: “¿vas a escribir sobre la pandemia?” “¡Ahh, no sé cuántos van a salir ahora con sus diarios de la pandemia!” Esa desconfianza, la ironía… tal vez continúa pero a esta altura es obvio que vamos a escribir sobre esto, es como preguntarle a alguien en 1940 si va a hablar o no sobre la segunda guerra mundial. Lo peor es que, si tratas de no escribir sobre esto, vas a escribir sobre esto. Es la sensación cotidiana con las palabras. Las palabras velocidad, tiempo, encierro, luz, oscuridad, bar… Este virus ha conseguido infectar todo el lenguaje, vas a escribir tú sobre el virus para que el virus no escriba a través de ti. Tendría que hacernos reformular las comunidades.

–En alguna parte de Poeta Chileno está la siguiente frase: “hay que usar las palabras, aunque no nos gusten”. ¿Te ha provocado dolor la vocación de escribir?

–No, sería muy injusto ponerlo así. He estado en distintas posiciones, hay un primer momento que es necesariamente romántico, o es ir a favor del negocio o a favor del ocio —si te vas por la segunda opción el camino es más difícil. He tenido la suerte de la derrota en algunos momentos. Escribir me hizo, por ejemplo, convertirme en profesor. Es un espacio muy delicado el de la escritura, es fácil convertirte en el escritor que odias, estar allí todos los años escribiendo la misma estupidez porque de pronto la vida te pilla; para evitar eso fui profesor y me enamoré mucho de ese trabajo, que es también muy difícil, porque también es fácil convertirte en el profesor que odiabas cuando chico. Echo de menos dar clases —aunque lo hago esporádicamente—, antes ese era mi trabajo y la escritura era los domingos, o en cualquier momento, pero sobre todo ese día.

–¿Qué es el amor?

–¡La preguntita! ¿O sea que esta entrevista era para una revista del corazón? Pero no tengo problemas en responderte. Juan Pablo II dijo que el amor es más fuerte y yo estoy de acuerdo.

Fuente: Neotraba / Original aquí.

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