Cumplir 50 años

Cumplir 50 años

Medio siglo es un chingo de tiempo. En medio siglo puede caer un imperio que duró mil años y, sin embargo, para la larga duración braudeliana es apenas un guiño de la historia. En el tiempo del Cosmos cincuenta años se desvanecen en el infinito.

Ciudad de México, 11 de febrero (MaremotoM).- 50 años son, dicen, cincuenta vueltas alrededor del sol; dosmilseiscientos domingos de no asistir a misa; dieciochomildoscientoscincuenta amaneceres con sus respectivas noches de insomnio; son cuatrocientostreintayochomil vueltas de la manecilla chica al reloj marcando progresivamente los números del uno al doce (los mismos giros de la muñeca para voltear al reloj de arena); veintiseismillonesdoscientosochentamil brincos de la manecilla grande del reloj cruzando por el número 12 cada doce saltos; milquinientossetentayseismillonesochocientosmil pulsaciones de otra manecilla que brinca para indicar en cada salto que un colibrí aleteó setenta veces mientras estaba suspendido en el aire… Todo sin tomar en cuenta los ajustes de los años bisiestos.

Medio siglo es un chingo de tiempo. En medio siglo puede caer un imperio que duró mil años y, sin embargo, para la larga duración braudeliana es apenas un guiño de la historia. En el tiempo del Cosmos cincuenta años se desvanecen en el infinito.

Cuando tenía 11 años leí el libro Nadie sale vivo de aquí, la biografía de Jim Morrison, de Jerry Hopkins. Tomé el libro pensando que era sobre la juventud del Che Guevara o algo así, porque esos eran los referentes de mi infancia comunista. No sabía que el libro de mi hermana mayor era sobre la vida de “Rey lagarto”. Mi hermana era una mujer valiente que huyó de las contradicciones comunista-patriarcales en la casa varias veces y en una de sus incursiones adolescentes a la calle, regresó seis meses después, convertida en una chava banda (toda una chintolola-band) de una pandilla de San Juan Tlihuaca, de la zona Azcapotzalco. Yo conocí la marihuana a los 9 años porque ella me enseñó un “toque de mota” y luego se lo fumó en la casa. Las primeras nociones de feminismo las escuché de ella y una cierta manera de ver la lucha de clases y la revolución. Cuando se le acabó el tiempo ella era militante de una célula del PSUM (Partido Socialista Unificado de México) en la Venustiano Carranza junto con mi madre. Norma era una de las personas más duras y tiernas que he conocido, “una metamorfosis ambulante”. En ella el amor y la rabia se mezclaban en una personalidad compleja, severa, alegre y apasionada. Dejó la escuela desde niña y se fue de la casa de adolescente, a los 13 años (regresó varias veces pero siempre se iba de nuevo). Cuando finalmente regresó para estar con nosotros, el tiempo no le alcanzó para concretar los sueños y anhelos que la habitaban. Ella quería estudiar psicología o pedagogía. Murió a los 18 de un cáncer fulminante y doloroso justo cuando iba a entrar a la Universidad después de hacer su primaria, secundaria y preparatoria en el sistema abierto en tiempo récord y, paralelamente, trabajar en los programas de educación para adultos de la SEP.

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Cuando cumplí trece y ella tenía un año de haber fallecido me dí mi primer toque y ya iba a “Los hoyos fonqui”, como ella. Jim Morrison era mi ídolo porque era una manera de estar cerca de Norma y fumar marihuana era un ritual que siempre la evocaba. Juré que moriría a los 27, como Jim Morrison. Y vaya que me la rifé años después (en realidad NOS la rifamos, una generación de locos que teníamos manifestaciones y luchas en todas partes de la ciudad y más allá de Tenochtitlan). De joven nunca pensé que iba a pasar del siglo XX. En mi milenarismo juvenihilista-ateo pensaba que me iba a quebrar antes. Pero el amor por las personas que me fui encontrando en la vida me hizo cambiar de opinión…

Este viernes 4 de febrero quería festejar mi medio siglo de vida con un gigantesco reventón y que tocara la lira Darío con un ensamble, y convocar a troyanas y tirios a bailar y esperar al amanecer mientras se leyera poesía y hacer una bacanal con barriles de vino, pero como dirían los situacionistas, no sólo hay que transformar la realidad sino también dejarse transformar por ella, así que desistí de la saturnal y asistí a vacunarme al Campo Marte. Nunca pensé que después de 1968 y la matanza de Tlaltelolco estaría en un campo militar siendo vacunado por una enfermera militar. Las veces que soñé con un campo militar fue porque en mis sueños estaba preso ahí en condiciones infrahumanas…

Medio siglo es un mucho tiempo y en él nacen y mueren muchos seres, pero “cuando miro el desierto soy sólo un grano de arena”.

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