Retrato de mi madre con perros

Daniel Rodríguez Barrón: “La distopía es el género literario del siglo XXI”

Retrato de mi madre con perros es una obra nihilista, dice la editorial, pero al leerla uno encuentra muchos signos de la religión católica en la que el escritor se ha educado, con San Francisco de Asís a la hora de cuidar a los perros y esa pena por no creer en algo, mientras –lo sabemos- hay alguien que nos mira desde arriba.

Ciudad de México, 18 de julio (MaremotoM).- El escritor y amante de los libros acaba de sacar su novela breve (pero llena de cosas) con distopías, muchos fantasmas y un álter ego al revés llamado Jacobo, Retrato de mi madre con perros (Seix Barral).

Daniel Rodríguez Barrón (Ciudad de México, 1970), que de él hablamos, ha guardado para sí la gran melancolía y sus problemas con la religión para un historia un poco almodovariana, por eso de la madre.

“Jacobo vive atormentado por la presencia del fantasma de su madre, que lo persigue para vengar su muerte. El mundo como lo conocemos llegó a su fin, todos huyen de la peste y la evolución tecnológica es un exceso”, cuenta la novela, en un mundo distópico que ya vivimos.

“La distopía la vivimos hoy, está en todos lados”, dice el autor, quien ha elegido a Jacobo como el retrato en negro de sí mismo, “pero obvio que no quisiera que fuera mi álter ego”.

Retrato de mi madre con perros
Una novela distópica y con madre. Foto: Cortesía

Retrato de mi madre con perros es una obra nihilista, dice la editorial, pero al leerla uno encuentra muchos signos de la religión católica en la que el escritor se ha educado, con San Francisco de Asís a la hora de cuidar a los perros y esa pena por no creer en algo, mientras –lo sabemos- hay alguien que nos mira desde arriba.

Daniel Rodríguez Barrón ha sido editor, guionista y colaborador en periódicos y revistas. Es autor de la novela La soledad de los animales (2014); de los libros de cuentos Los mataderos de la noche (2015) e Incidentes (2013) y del relato autobiográfico Morbo sacro (2018). En 2002 recibió el Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo por la obra La luna vista por los muertos y en 2008, el Premio Nacional de Periodismo por el documental Disidencia sin fin. Bajo el nombre de Diorama, está próximo a estrenarse un largometraje basado en su pieza, La luna vista por los muertos.

–Una novela que me pareció almodovariana

–Me encanta que me lo digas, pues soy fan. Fíjate que he pensado en él, sobre todo porque tiene este asunto de hablar de su madre en sus películas. Quizás esta sea la última novela en la que aparecerá mi madre.

–Por otro lado, hablas de un fantasma, de un asesino, de un mundo imaginario o que uno cree que es imaginario. ¿Es así?

–Sí, así es. Uno cree que es imaginario porque Jacobo se mete demasiadas pastillas y me gusta pensar que el lector no sabe si esa madre que se le aparece como fantasma y que quiere venganza y que quiere buscar a su asesino es real o sólo está alucinando algo en especial. Me gustaría que el lector pensara en este juego de espejos que hacemos con las redes sociales, donde somos un yo distinto en cada red social y nos exigen incluso ser un yo distinto. Creo que también es una novela sobre el yo.

Retrato de mi madre con perros
Las redes sociales nos exigen que siempre estemos contado nuestros triunfos, nuestras vacaciones en la playa. Foto: Cortesía

–Una de las cosas que marca es que somos víctimas de la red social, no nos acomodamos estrictamente a mostrarnos tal cual somos

–Es bonito lo que dices, es lo que hace Jacobo cuando cuenta la novela. Está contada a través de una suerte de blog imaginario. Las redes sociales nos exigen que siempre estemos contado nuestros triunfos, nuestras vacaciones en la playa, pero nunca somos capaces de decir ahora estoy deprimido o ahora fracasé en esto. Y eso es lo que hace Jacobo, escribe lo que no quiere leer la red social.

–Como gran amante de los libros, hablas de la gente que “leía de todo”…

–Yo adoro los libros, para mí los libros siguen siendo un lujo. Vengo de una familia de clase media baja, que no tenía para demasiados libros. Siempre me los contaban. Los domingos íbamos a Coyoacán a desayunar y me acuerdo que le decía a mi padre: –Dame para un libro. Él me daba y me decía: –Yo voy a sacar la vuelta a la plaza, si tú no estás en el lugar donde paso, te dejo. En realidad era para que no comprara demasiados libros y para que no me atareara mucho viendo libros en la tienda. Los libros me salvaron la vida.

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Retrato de mi madre con perros
Con respecto a los libros no, siempre los he querido, siempre los he coleccionado. Foto: YouTube

–¿No hubo un momento que dijiste basta de libros?

–Con respecto a los libros no, siempre los he querido, siempre los he coleccionado. Creo que eso me pasaba con otras artes, hacer cola en el foro de la Cineteca y hacer como que conocía a tantos directores, me parecía que eso fue una pose.

–¿Jacobo es una especie de álter ego tuyo?

–Quisiera que no, pero creo que sí. Es mi peor persona. Uno escribe para conocerse. Cuáles son tus límites y qué harías en determinada circunstancia. Supongo que tiene algo de mí, pero no soy Jacobo.

Retrato de mi madre con perros
Ha ocupado un lugar tortuoso, porque nací dentro de la religión católica, sigo sin saber para dónde jalar y para dónde irme. Foto: Cortesía

–Está también lo de la religión, ¿qué lugar ha ocupado lo sagrado en tu vida y en tu historia?

–Ha ocupado un lugar tortuoso, porque nací dentro de la religión católica, sigo sin saber para dónde jalar y para dónde irme, pero como adolescente pensaba mucho en si Dios existía o si no existía, esa cosa terrible que sería todo si no existiera y esa cosa terrible que sería que existiera. Esa cosa de que un ser pudiera aniquilarte en un segundo, con una sola uña, con un solo dedo, me parece aterrador. Ahí está. Mi abuela era una mujer muy creyente, yo viví en su casa, durante muchos años de mi infancia, sí está lo sagrado y están los perros crucificados…

–Cuando uno está educado en la religión católica, se vuelve agnóstico o ateo, pero difícilmente se pase a otra religión

–No lo había pensado así, pero es cierto, uno nunca cambia de religión. Uno niega con la propia, pero no se vuelve budista o judío, uno está jugando con esos símbolos religiosos que es lo que hace Jacobo a lo largo de toda la novela. La única otra religión que aparece es la religión mexicana, azteca, que habla de los sacrificios humanos.

–¿El teatro puede ser un mundo distópico?

–Mi primer amor fue la dramaturgia, pero ya ni siquiera somos amigos de Facebook. Al teatro sólo lo tengo como gran referencia, quise ser dramaturgo cuando yo tenía 18 años, esas figuras que vi: Yocasta, Medea, siguen marcándome dentro de mi imaginario. La distopía se mostraba como un teatro, como un escenario, donde yo podía contar lo que pasa en la vida real, pero exagerándolo, haciéndolo más dramático.

–¿Qué es la distopía?

–Es el género literario del siglo XXI. Creo que ahí estamos trabajando, cada vez que escribimos sobre la realidad en el fondo estamos describiendo la distopía, porque vivimos en la distopía. Somos la primera generación que el cambio climático existe, que se está perdiendo islas, se están muriendo especies, tú y yo quizás seamos criaturas en extinción, somos la primera generación que sabe que esto puede terminar.

–¿Hay una especie de melancolía en toda la novela?

–Me pones en aprietos. Soy un hombre que está a punto de cumplir 50 años y no puedes cumplir 50 años sin juzgarte, sin hacer recuento de quién eres, de cómo has vivido. Creo que esta novela ha sido una especie de recuento conmigo mismo, saber quién soy, qué he hecho, si he logrado algo, si no, si he jugado con mi vida. Es un ajuste de cuentas conmigo mismo. La brevedad me daba la posibilidad de que en cada página, en cada fragmento, en cada capítulo, yo pudiera hablar de una cosa distinta. Lo hice así porque creo que así vemos el mundo.

–Como el gran ojo de Luis Buñuel…

–Sí, como el ojo de Buñuel y como el ojo totalitario de Orwell, que todo lo ve, como el gran ojo de Dios. Nacimos creyendo que siempre me estaban viendo, pero sí que existía Dios y mejor que tuvieras cuidado con lo que hacías.

–Me río porque de vez en cuando siento el ojo de Dios

–(risas) Totalmente. Piensas, alguien me está viendo…

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