David Huerta

David Huerta en Guanajuato, el arte del desapego y de la generosidad

Conversación sobre los libros y la lectura con David Huerta y donación de una parte de su biblioteca a la Universidad de Guanajuato.

Por Rosa Martha Pontón y Elba Sánchez Rolón

Guanajuato, 8 de septiembre (MaremotoM).- Una reunión de amigos en una biblioteca para hablar de libros, de la poesía y de Quevedo; para hablar del arte del desapego y de la generosidad. La felicidad y seguridad que prodiga estar rodeado de los numerosos libros que una biblioteca resguarda es el sentimiento de quienes nos encontramos con quien lo ha leído (casi) todo y de quienes comienzan a perfilar sus sendas literarias que en el largo camino de la existencia, pueden llegar a ser más de una. De ahí que las bibliotecas de una vida entregada al estudio y la lectura suelan ser voluminosas.

David Huerta (Premio FIL Guadalajara de Literatura en Lenguas Romances 2019) visitó Guanajuato para reunirse con los estudiantes con la generosidad y atención que lo caracterizan. En esta ocasión, además de compartir sus conocimientos sobre unos versos de Quevedo,

David Huerta
Sus pasos estuvieron encaminados a la donación de una parte de su biblioteca personal a la Universidad de Guanajuato. Foto: Cortesía

y de esta forma, “permitir que ellos, los estudiantes de literatura de Valenciana le otorguen el mismo feliz destino que tuvieron las bibliotecas personales de Carlos Monsiváis, Alí Chumacero, Jaime García Terrés y José Luis Martínez ahora en La Ciudadela”. Será un motivo de orgullo y satisfacción de ver a esos preciados objetos ser leídos y consultados aquí en Guanajuato: vivos.

Los libros, esos objetos que necesitan ser abiertos y leídos para provocar y cuestionar: decíamos al principio que practicar el desapego es un arte, ¿y no es esto, acaso, lo que hacen los poetas al verter en palabras el pulso vital que todo lo nombra y traduce en palabras?

Donar la palabra es lo que hace al poeta, donar como un “matiz de desprendimiento”, como señala David, es ofrecer lo desplegado a la lectura, ofrecerse al lector para que lo breve o ilusorio sea ahora “cosa plantada”. El poeta realiza una donación en cada poema, se dona en el poema, con la conciencia de que la poesía ocurre “afuera” de sí mismo, lejos y cerca de quien desgarra la sintaxis para volverla plena, para permitir que el sentido transite… para que otros hagamos propias esas palabras, para volverlas ventanas, criaturas abiertas, zonas de encuentro, cielos íntimos y comunes; como ha dicho nuestro invitado: “El poema está sucediendo afuera […] El poema parece fulminar las ventanas con su elocuencia […] El poema allá afuera es magnífico” (El ovillo y la brisa). Y recordar lo que dice en otra parte, algo sobre conversar-leer, desprenderse:

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“Conversar es así un modo de excluirse, una demanda piadosa del que oye y un soterrado desprendimiento del que habla” (Incurable)

Éste es un acto poético, un acto de generosidad, de desprendimiento, donde subyace la conciencia concreta de que estar cerca de esos “doctos libros juntos”, como decía Quevedo, es un ejercicio fecundo, un despertar no atado al tiempo. Un acto de retorno y “una conversación con los difuntos”; porque volver sobre las líneas de los grandes autores es estar siempre bien acompañado, es reb(v)elarse a la inmediatez, es confrontar la finitud.

David Huerta
¿Por qué nos regala sus libros? ¿Por qué escribe? Son la misma pregunta. Foto: Cortesía

Alguien querido dijo por ahí que leer a los clásicos es un acto subversivo;  ése es también un principio compartido con la donación poética. ¿Por qué nos regala sus libros? ¿Por qué escribe? Son la misma pregunta. Celebrar que hoy David comparte con esta comunidad universitaria una parte de su biblioteca es recordar que el desprendimiento es una forma de nombrar lo que en el poema se pierde, se busca y vuelve en la voz temblorosa que anhela otras voces.

En palabras de David: “El poema observa cómo el silencio circundante se llena de voces bajas, de murmullos oblicuos” / y también, añade en otra parte: “Tiembla una voz en medio de la hora. Y otra voz tiembla detrás de las ventanas, sobre la superficie astillada de las esferas, entre las manos abiertas de la lluvia y aun debajo de las piedras ensordecidas. No hay silencio posible para esa multitud exasperante”.

Aquí (ahora mismo), esa “multitud exasperante” de lectores organiza un Coloquio, lleva años insistiendo con una constancia que solamente puede ser de ellos: los cocodrilos del Coloquio Efraín Huerta de Lengua y Literatura, que este año celebra la décimo cuarta edición. David no me dejará mentir, entre las veces que ha estado en Guanajuato, estuvo aquí cuando este Coloquio comenzaba apenas a ser esbozado, invitado por la primera generación de la Sociedad de Alumnos de Letras Españolas, donde estaban quienes ahora son profesores. En aquella ocasión, fue convocado por el Congreso Nacional de Estudiantes de Literaturaen 2005, y en palabras de David Ortiz Celestino, miembro de aquella inicial multitud exasperante, “esa visita nos resignificó a muchos el camino en la licenciatura”.

El encuentro de hoy implica volver a este Guanajuato, volver entre los estudiantes, regresar en la compañía de Quevedo, agradecer las palabras, los libros, agradecer por la amabilidad y la generosa cercanías. David: gracias, queremos volver a encontrarte en esos libros. Cocodrilos: gracias por seguir insistiendo.

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