Kingsley Amis

DE LIBRO ALBEDRÍO | El británico arte del buen beber

“Nada sabe mejor que una cerveza fría, en una bella tarde,

con nada más que esperar sino más de lo mismo”

–Hugh Hood

Ciudad de Mexico, 31 de julio (MaremotoM).- Es bien conocida la aportación de la cultura inglesa al mundo: la literatura, por principio; la escuela inglesa de pintura (a pesar de haber sido iniciada y dominada por influencia extranjera); la arquitectura, esa mezcla de edificios sobrevivientes a diferentes épocas; la música, desde lo barroco hasta los Beatles, sin olvidar a David Bowie, Bryan Ferry y el resto de la pandilla de brit-poperos que llegaron después. Lo que me ocupará sin embargo, será otra cosa: la cultura del alcohol entre los ingleses, No menciono dicho tema a manera de crítica ¿una mexicana amante del mezcal y el vino a punto de echar tierra a los grandes bebedores del Reino Unido?

Ni hablar.

Soy admiradora de los zafarranchos que organizan los hinchas futboleros cuando la cerveza y la fiebre por su deporte se les sube a la cabeza. También de los programas sin censura de las vacaciones de la juventud británica que haría palidecer a los spring breakers gringos.

Hace más de cien años se cuentan historias de su apego a las bebidas alcohólicas, Eca de Queiróz ya señalaba esto en sus cartas a la Gazeta de Notícias (Cartas de Inglaterra, editorial Acantilado). En irónicas y divertidas crónicas, el escritor portugués hablaba de su experiencia como cónsul en tierras inglesas y narra sin tapujos la realidad británica desde la política, los desastres del mundo editorial e incluso la dominación inglesa de Egipto. En medio de todo esto, como quien no quiere la cosa, desliza algunas anécdotas en que los ingleses dan rienda suelta a la bebida con toda (o ninguna) elegancia y conocimiento de cada trago que ingieren porque ellos, aunque beban mucho, no beben cualquier cosa, no señor, y hay una bebida para cada horario, las pintas no son para todo el día y el brandy con soda depende del humor, la noche y el lugar donde se encuentren.

El ABC de los hábitos bebeticios en el Reino Unido sin embargo, lo escribió Sir Kingsley Amis, uno de los escritores más laureados y temidos de Inglaterra durante el siglo XX, quién se refirió a los alimentos de la siguiente manera: “La comida es la maldición de las clases bebedoras”. Lo dice en uno de los más singulares libros que escribió, Sobrebeber, publicado por Malpaso. Una muestra clara de su conocimiento en torno a la mixología de alcohol y acompañamientos se encuentra en el tratado sobre las Bebidas reales, donde enumera una selección de tragos conocidos, como el mítico absenta, sin olvidar los cócteles más femeninos e incluso aportaciones de él y su esposa, contado con profesionalismo y ácido humor desde la memoria de alguien que lo probó todo.

Kingsley dice que para reconocer a un genuino bebedor basta notar que lee todo lo que se escribe sobre el alcohol, desde libros hasta los folletos informativos que cuelgan de los cuellos de algunas botellas. Se instruyen pues, de consejos para preparar mejor un trago, cantidades, calidades y trucos para que cada bebida tenga el sabor y temperatura que se espera, como una forma de ir al grano:

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¿Para qué perder tiempo en esperar a que un barman aprenda a elaborar bien la bebida que se pide si se le puede dirigir y tener exactamente lo que se desea beber?

El humor agudo, claro y contundente con que el padre del también reconocido escritor Martin Amis describe el arte de preparar, ingerir y dosificar (o no) los tragos da para leer las 324 páginas de Sobrebeber con la rapidez con que se bebe una cerveza en la playa.

Esta biblia del bebedor incluye una serie de apartados necesarios para sobrevivir al alcohol (las crudas), las herramientas necesarias para el oficio de preparar cócteles sin comprar accesorios inútiles o perder el estilo, porque una cosa es ser alcohólico y otra no tener clase para beber. Así pues, los pubs están fuera de su agrado y hace historia del deterioro de los mismos, de la forma y motivos que llevaron a la cerveza que ahí se degusta a perder calidad y de la clase de gente que los abarrota al final de la jornada de trabajo. Nada queda fuera de su dominio, ni siquiera las bebidas que engordan, las que causan acidez, las que ayudan a digerir o las que destruyen la digestión.

Kingsley Amis
Un libro para el buen beber. Foto: Cortesía

En Inglaterra pues, según algunos relatos de Amis, se vale desayunar una pinta y prepararse para beber algo más fuertecito durante la comida. Hacer una siesta si el tiempo lo permite y pensar para la noche en un Tónico Meridiano de Evelyn Waugh (ginebra, cerveza Guiness y cerveza de jengibre), un whisky Collins (todo el bourbon que parezca conveniente y media botella de bitter lemon, hielo y una cereza), Tequila con sangrita (Porque Sir Amis no dejó a México fuera de su recorrido alcohólico) o un Bisonte Polaco (Vodka, Bovril, agua y jugo de limón). Si no hay ánimo, un brandy con soda estaría bien.

Christopher Hitchens, escribe en el prólogo de este libro que el alcohol fue la musa de Sir Amis y el hombre a quien se debía acudir para saber todo lo relacionado a las bebidas, aunque además de beber como buen británico, escribió una buena cantidad de estupendas novelas y por si fuera poco, estuvo involucrado en la creación del personaje de James Bond en los años sesenta (y si, el detalle del Martini de Bond fue idea suya).

Cierto que en sus textos el alcohol siempre estaba presente, manejaba la comedia etílica como pocos, aunque también es verdad que al final de sus días, como se reporta en su biografía, el alcohol acabó con el ingenio de Sir Amis, aunque no por eso dejaríamos de decir ¡Salud! en su nombre.

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