DE LIBRO ALBEDRÍO | El pañuelo de Cristina

Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío, el libro de ensayos de Herta Müller

Ciudad de México, 17 de julio (MaremotoM).- Herta Müller es una mujer pequeña. Recuerdo que la imaginaba altísima, tal vez por ese estilo de diva de los años sesenta, pensaba que a ese rostro con carácter lo sostenía un cuerpo largo y menudo. Y menudo es, pero cuando la tuve frente a mí, nos vimos a la altura de los ojos, ambas sin tacones, ninguna de las dos con más de un metro sesenta de altura.

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Uno de mis relatos favoritos, de su libro En tierras bajas, es El baño suabo. Habla de una tina donde se baña toda una familia, de uno en uno pero todos con el agua usada por el anterior en tanto se mantenga caliente. Contado con la ingenuidad de una niña, parece gracioso hasta que la historia deja ver la carencia de la gente en ese mundo rural. Tampoco resulta simpática la serie de problemas que contrajo la autora a partir de la publicación de éste, su primer libro, porque dejaba ver la precaria situación de una parte del país.

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Herta Müller es una mujer enorme. También me acuerdo que no había espacio para organizar entrevistas con ella porque tenía compromisos, entre los cuáles estaba inaugurar el salón literario de la FIL Guadalajara junto con Mario Vargas Llosa. No porque les pareciera que hacían una pareja estupenda sino porque ella, igual que don Mario, ostentaba el Premio Nobel de Literatura, que había ganado apenas hacía un par de años (en 2009 cuando por cierto, las mujeres lideraron la lista de ganadoras de aquella presea). Otro de los motivos para no dar entrevistas, según las encargadas de su agenda, era que no soportaba las fotografías con flash porque le recordaban los interrogatorios a los que la sometieron las autoridades rumanas muchos años atrás. Sabía que podrían organizarse entrevistas sin fotos, pero no insistí.

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Herta Müller es un personaje cautivador. No así para la Securitate (Servicio Secreto de Ceauçescu, el dictador rumano) que decidió cambiarle el nombre, la historia y la vida. En los documentos que reportaban cada uno de sus movimientos y acciones contra ella, la llamaban Cristina. Durante el acoso al que la sometieron mientras trabajaba en una fábrica como traductora, según pudo ver la propia Müller cuando, muchos años después, logró consultar su expediente, encontró una indicación: Comprometer y aislar a Cristina. Eso fue apenas el inicio de todo lo que le hicieron a lo largo de varios años.

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Ya perdía las esperanzas de darle al menos un apretón de manos hasta que, en algún momento de la conversación con un editor italiano, doña Herta Müller se acercó a saludar. Tanto andar cazándola para que fuera ella quien se acercara. No por mí, desde luego. Bendito italiano. Me acuerdo de eso justo ahora que terminé de leer Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío (donde el tío, claramente, no es el hermano o el primo de su madre o su padre). Se trata de su más reciente libro, publicado por Ediciones Siruela, donde se incluye una serie de ensayos que van de las prácticas inhumanas de sistemas totalitarios hasta el profundo significado de las palabras; su enamoramiento de la lengua rumana que conoció hasta bien entrada en la adolescencia; su humilde sentir al dar unas palabras en la recepción del Premio Nobel de Literatura, hasta las plantas y flores que comía para sentirse más cerca de las vacas que cuidaba cuando era niña.

Herta Müller
Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío. Edición Siruela

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Antes de despedirse, en el lobby del Hilton, doña Herta quedó con su editor para ir a cenar esa misma noche. Así que le hice una pregunta estúpida como suelo hacer cuando me pongo nerviosa. Pregunté si acaso los baños de las familias suabas eran como describía en el segundo microrrelato de su libro En tierras bajas. Sonrió, los ojos se hicieron menos severos y respondió en inglés “podrían ser peores”. Lo que no podía ser mejor, es lo que sucedió después: el italiano me pidió ayuda para organizar su plan con la autora “Cena para tres, vamos solo nosotros” añadió refiriéndose a mí también. Apreté los labios para aguantar la emoción y abrí mucho los ojos, afirmando con la cabeza. Como era domingo, había pocas opciones y lamentablemente aún no existía el maravilloso restaurante Alcalde, pero igual lo pasamos bien en el ruidoso Santo Coyote entre tequilas y comida lo menos picante posible. La Premio Nobel y yo encontramos algo en común: nos desagrada la música de mariachi. También me dijo que si le tomaban fotos con flashes agresivos se incomodaba pero no tenía nada en contra de las selfies.

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Cada palabra sabe del círculo vicioso es uno de esos entrañables ensayos. Valiéndose de la rutina familiar en torno al pañuelo que su madre le recomendaba llevar cada mañana, reflexiona sobre la contundencia de las palabras, la soledad del ser humano y la injusticia. Su vida como traductora de instructivos de maquinaria industrial, un trabajo en el que aprendió y descubrió la poesía entre metáforas y comparaciones del rumano: “… me dejaban fascinada ahora los poéticos nombres de las partes de la escalera, la belleza del lenguaje técnico. Si la escalera tenía mejillas y ojos… entonces tenía cara. Sean de madera o de piedra, de hormigón o de hierro ¿cómo es que los seres humanos les ponen su propia cara incluso a las cosas más prosaicas de este mundo? ¿Cómo es que les ponen los nombres de su propia carne al material muerto? ¿Cómo es que lo personifican atribuyéndole partes del cuerpo? ¿Será que los especialistas técnicos solo encuentran soportable su trabajo gracias a esa ternura oculta? ¿Será que todos los trabajos de todas las profesiones funcionan según el mismo principio que la pregunta de mi madre por el pañuelo?…” Müller utiliza la pregunta – sugerencia de su madre sobre llevar siempre un pañuelo para explicar, entre otras cosas, cómo cambió su trabajo en esa fábrica a partir de la falsa acusación de espionaje. La sacaron de su oficina y terminó trabajando en la escalera. Llegaba cada mañana y extendía el pañuelo para sentarse ahí con sus diccionarios, porque nadie podía hacerle un hueco en su mesa de trabajo a una espía. Al respecto, dice “De los ataques te puedes defender; frente a la calumnia estás perdido. Cada día, contaba con que podía pasarme cualquier cosa, incluso perder la vida. Pero con aquella maldad no podía. Ningún cálculo lograba hacerla soportable. La calumnia te inunda de suciedad, te ahoga porque no puedes defenderte…”

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No logré trabajar con las entrevistas para la Müller pero sí estaba atareada con otros autores, entre ellos, una escritora que había tenido un bebé pocos meses antes de la feria del libro. Mientras ella contestaba preguntas a los reporteros, los que estábamos cerca nos turnábamos para cargar a la criatura. De mis brazos pasó a los del editor italiano y de los suyos a doña Herta, que se deshacía en mimos alemanes (no entendíamos nada pero sonaban cariñosos). El bebé vomitó un poco de leche y ella sacó rápidamente un pañuelo.

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Un pañuelo es universal (vale para todo) –dice Herta Müller– para los mocos, para la sangre de la nariz, para una herida en una mano, un codo o una rodilla, para llorar o para morderlo y así reprimir el llanto…

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