The Paris Review

DE LIBRO ALBEDRÍO | Septiembre, mes patrio (telúrico)

La vecina del departamento uno, la más odiada de los otros vecinos por no pagar mantenimiento desde hace diez años, se acercó a mi con su paraguas. Le agradecí pero no fui capaz de responder con palabras a sus preguntas, el vaivén del piso y la lentitud del tiempo me tenían hipnotizada.  Recuerdo vagamente que hablaba de su cristalería cuando me hice bolita a su lado bajo el paraguas.

Ciudad de México, 17 de septiembre (MaremotoM).-Terminé de trabajar con Pablo d’Ors alrededor de las seis de la tarde. Menos mal que cargué el paraguas con mango de gatito porque ni bien llegué al hotel, empezó el aguacero y ya no se detuvo en toda la tarde. Vengo al menos una vez al año a este lugar, siempre me sorprende lo exquisitamente decorado e impoluto que lo mantienen, casi tanto como el alto precio de la habitación por noche. Es solo una casa antigua, adaptada como “hotel boutique” en la Condesa, a veinte cuadras del edificio donde vivo hace casi veinte años. A Pablo le importa poco si su habitación es lujosa, él solo necesita una buena cama y un lugar donde pueda meditar en silencio.

La última entrevista de la tarde fue con Alejandro García, un gran conversador. Me invitó a tomar un café para platicar más sobre el libro de Pablo, pero decidí no aceptar, me ganó el oscuro deseo de ponerle los pies a unas pantuflas de cuero y relleno de borrega y echarme un rato  a seguir leyendo los tomos de mi preciada caja de entrevistas del Paris Review. Me devuelve la fe en los entrevistadores inteligentes. Estaba con la entrevista de Bashevis Singer, la devoré en minutos y comencé otra con Updike. Tratándose de alguien que gusta de ejercer parte de su vida social en bares, restaurantes y picnics vaciladores, me ilusionaba eso, ¿en qué maldito Uber habré olvidado el glamour?

No me apena decir que a las ocho de la noche estaba en pijama porque es el atuendo adecuado en tiempos de lluvia y pandemia. Tampoco me avergüenza aceptar que por primera vez en mi larga experiencia con temblores de distintas magnitudes, me asusté con el sonido de la alerta sísmica y el correr desbocado de los vecinos, escalera abajo. Dudé unos segundos. Hace años tengo la “maleta de vida” en la entrada de la casa y me hace sentir ligeramente segura, es decir, sé que si salgo a toda prisa con esa maleta en medio de una catástrofe, tendré asegurados mis documentos más importantes pero el movimiento de la tierra supera toda prevención. Más cuando dudas en salir o quedarte hasta que el temblor sube de intensidad y olvidas las reglas básicas de civilidad: “no corro, no grito, no empujo”.

Como no tuve esa educación en el kínder, salí gritando, corriendo y empujando, ataviada con mi bata de felpa azul con nubes estampadas y sin la maleta de vida ni el cubrebocas. O me aplasta el edificio si se cae o me encovido al salir a la calle sin protección. Pasé el temblor en comunidad, para variar. Desde la calle podía ver las lámparas agitarse y pensaba en mis libreros, ¿están clavados a la pared? Ya no recuerdo si se lo confirmé al carpintero cuando los ensambló ¿se irán a caer? Los ladridos de los perros me sacaron de esa preocupación. No ladraban impertinentemente, ejecutaban un sonido entre aullido y lamento doloroso que partía el corazón. Nunca he tenido un perro sin embargo tenía ganas de agacharme para abrazarlos. Pensaba muchas cosas que quería hacer pero estaba clavada en el suelo, solo mi mente se movía. Empezaba a entumecirme cuando pasó por mi cabeza correr a casa de mi hermano, que vive a la vuelta, pero no me moví. Tampoco me acercaba a los perros ni me ponía a salvo de la lluvia.

Se abrió una puerta terrorífica en mi cabeza y pensé en Ricardo Piglia escribiendo cuentos con los párpados. Abracé a los perros con los ojos, le di consuelo al vecino del último piso con sentidos pestañeos. Se notaba mucho más perturbado que yo. Me preocupó verme practicar algo que haría si tuviera esa maldita enfermedad. Imaginé a Ricardo escribiendo con sus gafas Google Glass, capaces de desplegar una pantalla a escasos milímetros del ojo. Es un milagro tecnológico pero una triste manera de vitorearlo. No es justo recordar así a un amigo tan querido. Me puse a salvo de la tristeza regresando al miedo, porque seguía temblando ¿cómo estarán Pablo d’Ors y Angélica, su discípula? Me obligué a moverme, no hay que invocar las enfermedades ni de broma.

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La vecina del departamento uno, la más odiada de los otros vecinos por no pagar mantenimiento desde hace diez años, se acercó a mi con su paraguas. Le agradecí pero no fui capaz de responder con palabras a sus preguntas, el vaivén del piso y la lentitud del tiempo me tenían hipnotizada.  Recuerdo vagamente que hablaba de su cristalería cuando me hice bolita a su lado bajo el paraguas.

Otra vez los malos pensamientos en mi cabeza por unos segundos. Imaginé que el temblor se volvía trepidatorio, el edificio se caía en mis narices y yo no podía rescatar mi caja del Paris Review que tanto disfruto chiquitear en los ratos libres. Me hace reír o me impresiona con las respuestas de John Updike a Charles Thomas Samuels, en una entrevista en 1968 que costó varios años conseguir. Updike dijo varias veces que no. Que él se dedicaba a escribir porque le parecía burdo todo lo que se expresa sin ambigüedades. Que si además se trataba de él, le daban ganas de reír o de ponerse a llorar. Al año siguiente de dar esa respuesta, aceptó, no sin hacerse el difícil un poco más. Contó porqué dejó la corte de los agentes, aspirantes a literatos y los satélites de los cenáculos neoyorkinos… y hasta ahí me quedé, poco más de la mitad del  primer tomo de los dos que vienen en la sobria pero elegante caja de Acantilado.

The Paris Review
Editado por Acantilado. Foto: Cortesía

La vecina trataba de hacer conversación y yo intentaba responder algo pero además de Updike, me inquietaba el comportamiento del señor que vive en el último piso. Nunca le he preguntado su nombre pero nos hemos visto envejecer en dieciocho años de vecinazgo cordial. Tenía los ojos desorbitados y señalaba insistente hacia la avenida Reforma “¡Mira! ¿qué va a pasar? ¡Ay, esas luces, mira, mira!” gritaba agitando la mano derecha con la que señalaba. Era un niño espantado, con voz rasposa y angustiada. Lo inquietaba el edificio BBVA que desde donde estábamos se veía rodeado de vapor. Las luces de colores en el cielo resultan estremecedoras con el piso en movimiento. En otra circunstancia serían un espectáculo hermoso. Me acuerdo que hay una explicación científica para ese fenómeno pero no retuve la información porque no me interesa, me gusta que sean un misterio.

Después de un tiempo que no soy capaz de medir noté que los perritos se tranquilizaron. Lo consideré una señal para despedirme de la gentil vecina y por fin regresé a mi departamento. Qué torpe soy, dejé sobre el sillón mi paraguas con mango de gatito y encima de él un sobre con cubrebocas. Todo esto al lado la maleta de vida. Las copas que hacen de sismógrafo no se rompieron a pesar de haber chocado entre sí por el tiempo que duró el temblor. En el estudio encontré un inesperado orden, ningún libro se cayó. De modo que los libreros sí están clavados, pensé. Y la caja de entrevistas del Paris Review continuaba en el sillón de lectura. Me iba a sentar a leer otro tanto pero lo primero era saber de la gente querida. Busqué el celular y escribí en el chat de mis hermanos. Todos bien y haciendo chistes. El chat de las otras hermanas, las Hijas de Virginia Woolf. Todas bien, enviando memes. Le escribí a Pablo y su respuesta me sorprendió: “Estuve sereno pero las piernas no me sostenían… Pensé que podría ser el fin, pero me encontraba preparado ¡para el gran encuentro!”. Me tranquilizó saberlo bien pero esas palabras me obligaron a reflexionar acerca de mi relación con el tema de la muerte. Su discípula fue menos poética, contó que evacuaron el hotelito y estuvieron un rato en la calle.

Por fin me senté a hojear mi libro. Lo abrí varias páginas adelante de donde me quedé antes de la alarma sísmica. Encontré las respuestas mamonas pero aplaudibles de Anthony Burguess a John Cullinam en 1973. Updike era más tímido pero también más amable que Burguess. Las preguntas acerca de los hábitos de escritores le cagan, se nota. Y me encanta que responda literaria y neuróticamente. No quiero llegar aún al tomo dos, pero a este paso, si no tiembla fuerte, llegaré ahí en un par de días. Pero es septiembre y se ha vuelto una tradición que este mes retiemble en sus centros. Ya veremos.

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