Mario González Suárez

¿De qué país hablas tú, Mario González Suárez?

“Tienes que vencer muchos prejuicios culturales y nacionales para poder ver el mundo indígena”: Mario González Suárez

Ciudad de México, 28 de septiembre (MaremotoM).- Conocí a Mario González Suárez hace bastante tiempo. Era cuando yo recién venía a México, no sabía que me iba a quedar durante 20 años, pero entonces -y hoy también- todo lo mexicano me conmovía.

No voy a hablar del exilio aquí, esa cadena de despatriaciones que uno vive continuamente hasta que siente que esa ciudad, ese barrio, ese país, de donde uno viene, se va, sino de cómo va adentrándose en tu interior este nuevo mundo. Cuando llegué aquí, comencé a leer mucha literatura mexicana, las circunstancias de mi trabajo hicieron que conocí a muchos escritores, entre ellos participé como testigo del movimiento del crack, lloré mucho hace dos años cuando murió Ignacio Padilla y por supuesto, leí Marcianos Leninistas, que en ese entonces salía por Tusquets. Una digresión: Hablo de Tusquets en sus mejores años, con los mejores escritores, con una estética muy especial.

Lo cierto es que Mario González Suárez vino a la redacción de Playboy y no sólo me habló de esa enciclopedia de lo extraterrestre que era Marcianos leninistas, sino de los chinos y de China.

Todavía no conozco China, pero lo más cerca que estuve fue todo lo que me contó Mario, con esa narración que se destaca también a nivel oral y que cada vez que lo escucho me quedaría horas haciéndolo.

Hoy, a casi 20 años de aquello, puedo decir que hay algunos escritores mexicanos que tienen más que otro ganada esa profesión. Pienso por supuesto en Mario González Suárez. Pienso en Enrique Serna. Pienso en Viviana Abenshushan. En Ana García Bergua. Son esos autores a quienes no les interesa la moda, les interesa la realidad. No pueden decirse: “Soy mexicano”, porque eso se les nota en su escritura, en sus discursos, en sus actitudes. No narran la historia de un narco hoy y de un policía mañana. No se adscriben a los discursos de la autoficción y nos cuentan cómo reaccionan a un resfriado casual, ni tampoco se creen que de ellos saldrá la gran novela mexicana.

Escriben porque pueden y cuando no pueden uno los ve como esos personajes de un cuento surrealista o de Julio Cortázar que caminaban por las paredes, que levantaban los brazos hacia el techo, que cada vez estaba más lejos.

Adoro a esos escritores mexicanos. En algún punto me parezco a ellos, no por la cantidad de literatura hecha, sino por la cantidad de literatura leída. Son lectores contumaces y cada vez que los entrevisto me aturden con su erudición ardiente. No es una erudición para sentarse frente a una clase en una universidad. No, es una erudición que si uno les discutiera, ellos irían prestamente al duelo.

Estoy aquí por el nuevo libro de Mario González Suárez, Uno conejo, que es un códice llamado amoxtli y que obviamente despierta mis serias dificultades para pronunciar las palabras indígenas -en una nota que le hice él dirá que es como un tlacuilo -, pero que como toda narración del autor me conmueve hasta las lágrimas: “la respuesta del presidente de méxico no se iba a hacer esperar. a la funeraria más próspera de la ciudad mandó que enviara un ataúd y sus cirios a cada uno de los señores que lo habían afrentado. cajones de las caobas más lujosas fueron llevadas a domicilio por las camionetas de gayosso. los parientes de la gente que habían asaltado en la sierra se juntaron por su cuenta para desquitarse. además de dar un escarmiento querían ver si podían rescatar las pacas de la mercadería, que nomás podían traficar los consentidos del tlatoani de méxico. Los difuntos venían de guerrero y era obvio que de allí eran los asesinos”

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Hoy es un día señalado así que claro que cada vez que leo este párrafo en voz alta (no sé si porque será un amoxtli debo leerlo con la garganta alzada), recuerdo a los 43 de Ayotzinapa, desaparecidos hace cinco años en Iguala.

Mario González Suárez
El códice es un amoxtli, que son libros prehispánicos. Foto: MaremotoM

De pronto me pregunto, ¿en qué país vivo?

“en la sierra madre del más sincero méxico desconocido les prepararon la emboscada, para atraerlos asaltaron a unos burreros de ellos. los asesinaron además de quitarles la mercancía y les enviaron envueltas para regalo las cabezas de sus valedores. y también les empezaron a arrebatar a las mujeres, en venganza por los que les habían hecho, unos hechiceros les propusieron comprar las viejas que trajeran. cuando se apersonaban les sacaban a todas. se demoraban en tasar a las cautivas, las olían, las nalgueaban y las pellizcaban. fumaban y fumaban y se abandonaban a reírse con esa risa de ellos que parece brama”.

¿Son los marcianos leninistas los indígenas en México para Mario González Suárez o son para mí esos extraterrestes?

“No se puede no creer en Dios. Era un Dios vivo. Nuestro padre y nuestra madre, la tierra y el sol, beben sangre y comen carne. Ese tema de la antropofagia no le gusta el PRI. Me di cuenta de que había que cambiar la mentalidad. Tienes una mente cristiana, lo quieres hacer con una lengua occidental y esa lengua no entra. Tienes que vencer muchos prejuicios culturales y nacionales para poder ver el mundo indígena. Ese mundo está demasiado idealizado y despreciado. Lo nuestro del pasado es maravilloso y lo nuestro del presente es repugnante. Fue la antropofagia implantada por los mexicas que se impuso en Mesoamérica, fue una de las razones por la que los enemigos de los mexicas se unieron al invasor, porque quería que eso se acabara”, me dice Mario en una nota.

Me voy aturdida de la entrevista y me aturdo más cuando releo el códice -editado de forma increíble por Mónica Braun para Nieve de Chamoy- y se me ocurre preguntarle: ¿de qué país hablas tú, Mario? ¿De un mundo otro, de un mundo ajeno, de un mundo propio donde hasta los narcotraficantes beben de la sangre de sus antepasados? Se lo voy a preguntar ahora, que lo tengo a mi lado, mientras se me pasan los nervios porque esta es la primera vez que presento un libro en el Museo de Antropología. Y eso es demasiada cosa. Gracias, Mario. Gracias, Mónica.

(Texto leído durante la presentación del libro en el Museo Nacional de Antropología)

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