De Ruggeris y Centuriones: así va la vida

Buenos Aires, 10 de abril (MaremotoM).- Hay un abismo que nos separa a los “socialmente correctos” de los que vienen desde el fondo de los infiernos como Ricardo Centurión.

Socialmente correctos que somos Ruggeris de ocasión: damos cátedra de moral, hablamos cuando hay una tribuna para aplaudirnos, sabemos en qué volquete se deposita la bolsa del bien y y en cuál la del mal. Vida fácil, la nuestra, dando lecciones de vida a los que no son como nosotros. ¿Cuántos Ruggeris como nosotros pasaron noches sin dormir por el frío? ¿Cuántos metieron la mano en un bolsillo ajeno por hambre? ¿Cuántos ven un uniforme y tiemblan? ¿Cuántos conocen las armas desde que van al colegio? ¿Cuántos terminaron el colegio? Hay muchos “cuántos” más en los que la respuesta es sistemáticamente un “no”.

Y ¡qué cosa! Lo único que conoció Centurión en su vida, desde que nació, fueron los “no”.

Centurión viene de otro mundo. No del mundo biempensante y civilizado. Jamás lo entenderemos. Paradojalmente, buscamos corregirlo para que él nos entienda.

A mí me alcanza con respetarlo, quererlo y admirarlo. Sobre todo eso: admirarlo. Con sus códigos de vida hostilmente invivible, desafía a un sistema que desprecia a los Centurión. Y que cada tanto pone a un Ruggeri (a uno de los nuestros) para domesticarlo.

Con esos códigos que solo entendemos de este lado de la vida: “te estás perdiendo salvar a tu familia”, le recrimina Ruggeri, evangelizando como desde hace cinco siglos ante un salvaje en pie de revancha.

Sin entender que esa escala de valores materialista y monetarizada es la misma que lo expulsó el mismo día que nació. Y que esa salvación es imposible mientras el sistema sea así de básico y binario con todos los Centurión marginados a la exclusión perpetua. Mientras, unas horas después, los mismos que lo condenan le “prestan” a nuestra sociedad bienpensante 10.800 millones de dólares. Replicando el modelo: Ruggeris anhelando la salvación eterna acariciando paternalmente la cabeza de Centuriones famélicos con una mano, controlando la mínima posibilidad de rebelión con otra.

Apiadándose y lucrando con la miseria de los Centurión (de los miles de Centurión) cuyas vidas valen un trago, un saque, un disparo en una calle oscura.

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