De todo esto saldremos fortalecidos: Eduardo Vázquez Martín

Por Eduardo Vázquez Martín*

Ciudad de México, 3 de abril (MaremotoM).- Queridos amigos: Hace décadas que soy testigo de las luchas de las mujeres por el reconocimiento de sus derechos y por la liberación de todos de la cultura machista que padecemos.

Como la gran mayoría de los hombres heterosexuales nacidos en la segunda mitad del siglo XX, he crecido en la contradicción entre una sociedad culturalmente dominada por la normalización de las violencias contra mujeres, homosexuales, lesbianas y transexuales, y la emergencia de los movimientos de libración que estos y otros colectivos sociales han emprendido. Dentro de estos contextos, desde muy joven, he optado por estar cerca estos movimientos y en muchas ocasiones he participado de una u otra manera.

En mi vida íntima he sido compañero de mujeres valientes, autónomas y libres, que con amor y generosidad me han compartido su poder creativo, el deseo de vivir en paz, seguras, libres de acoso y de violencia, personas que me han mostrado la decisión que se requiere para luchar por todo ello. Estas relaciones no han estado exentas de conflictos, en ellas ha habido encuentros y desencuentros, fiestas y duelos, y no desconozco que en ocasiones el machismo, ese mal que compartimos hombres y mujeres aunque nos beneficie mayoritariamente a los varones, hizo lamentablemente acto de presencia.

En mi vida profesional las mujeres han ocupado un papel central –no podía ser de otra forma en los tiempos y espacios en que me ha tocado vivir tras las grandes transformaciones de los ’60–; he tenido maestras extraordinarias, jefas inteligentes y generosas y formado parte de equipos donde las mujeres han determinado el carácter de los diversos proyectos en los que he trabajado desde que me independicé de la familia hace casi cuarenta años.

A pesar de haber nacido, como todos nosotros, en una sociedad heteropatriarcal, marcada por la violencia y la injusticia, tengo la inmensa fortuna de ser hijo, hermano, compañero, amigo y padre de mujeres decididamente feministas y aunque este privilegio no me exime de muchas de las reacciones culturales de mi tiempo, ni de las carencia y contradicciones de mi condición humana, sé que he sido beneficiado por el aliento libertario de las mujeres.

Desde la condición que describo he observado las manifestaciones públicas de un nuevo feminismo que hace de las redes sociales un espacio central de la denuncia del machismo, el acoso, la agresión, el abuso y la violación. Lo miro como un síntoma convulsivo del dolor y la indignación acumulada, pero también como un acto de liberación ciertamente saludable. La naturaleza de este fenómeno nacido en el seno de las comunidades culturales da espacio a múltiples manifestaciones de muy diversa naturaleza, incluidas denuncias anónimas. Una de estas últimas hace referencia a mi paso por la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, donde colaboré entre 2003 y 2006, en ella se asegura que yo solicitaba favores sexuales “abiertamente” a quien aspiraba a una beca, deseaba dar un taller, participar en una lectura o publicar un poemario.

Yo afirmo que se trata de una calumnia que carece de todo asidero en la realidad y les comparto que no soy capaz de imaginar quién ni por qué razones personales o de otra índole dice lo que dice. En veinte años en que he trabajado como promotor del arte y la cultura, en México y España, he programado a cientos y cientos de mujeres en lecturas y talleres, también he participado en muchos proyectos editoriales donde siempre ha estado presente la voz de las mujeres.

Como funcionario he tenido que ver en procesos relacionados con el apoyo a muchas creadoras, los que siempre se han resuelto a través de jurados imparciales y colegiados. El infundio del que soy objeto no sólo me ofende a mí, sino que potencialmente agravia a todas las mujeres que han participado en proyectos de creación y promoción de la cultura de los que he formado parte, así como a las muchas compañeras profesionales, dignas y brillantes, que han colaborado en los equipos de trabajo que he conformado durante mi carrera de promotor cultural.

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La mentira no será verdad porque se introduzca de manera subrepticia bajo el manto de legitimidad de un movimiento de liberación. Todo lo contrario, quien utiliza dicha legitimidad para hacer pasar como verdad lo que es mentira desprecia la causa a la que finge adherirse y socava uno de los principios más generosos que sostiene la solidaridad: “yo te creo”.

Entiendo que el movimiento feminista, como otros movimientos de víctimas de la violencia, reclama verdad y justicia, por ello aquel o aquella que miente sólo abona a la perpetuación de la violencia, multiplica el dolor, y posterga el ejercicio de la justicia. Si quien denuncia desde el anonimato, independientemente del género, se ha sentido agraviado o agraviada por mi persona y ha querido manifestarse de esta manera me gustaría convocarle a que nos reconozcamos –si es que nos conocemos– y despejar juntos cualquier malentendido con la intención sanar ambos. Quizá más adelante esto sea posible. Por lo pronto me comprometo, como creo que todos debemos hacerlo, independientemente de nuestro género, a reflexionar en soledad, familia y comunidad, sobre la presencia de la cultura machista en mi persona y entorno.

Ha pasado una semana desde que encontré esta mención en #MeTooEscritores. Escribo ahora, después de conversar con mis seres más queridos, con mis amigas y amigos. No ha faltado quien me ha sugerido restarle importancia a lo que a todas luces es un disparate. No he estado de acuerdo, para mi tiene importancia y mucha. Como funcionario público me ha tocado enfrentar prácticas como las que se denuncian con las leyes y las normas, como persona creo que hay que dar la cara y mirar de frente, y como poeta creo en el valor insustituible de la palabra. Si callara ahora me quedaría mudo para siempre.

Sé que el agravio del que soy objeto es mínimo ante las múltiples violencias que padecen muchas mujeres, por lo que celebro, a pesar del dolor que esta calumnia me provoca, este momento de rebelión emancipadora que estimula, entre otras cosas, que se hable –ahora sí abiertamente– de nuestros problemas. El diálogo que en estos días se sucede entre amigos y amigas, con la familia y con las personas que queremos, en el trabajo, la escuela las instituciones publicas, los medios de comunicación y en la calle misma –más aún que en las redes sociales– debe transformarse en un cambio benéfico para nuestra convivencia. Asumo desde mi género e individualidad la tarea que me corresponde, pero también reafirmo que siempre he querido estar del lado donde las mujeres y los hombres dialogamos y nos acompañamos, y esta difamación no me hará cambiar de posición en la vida.

Quiero pensar que de todo esto saldremos fortalecidos, porque así como no hay mal que se cure con la mentira, me queda claro que tampoco hay injusticia y dolor que se supere con el encubrimiento y el silencio.

* El antropólogo social y poeta, quien fuera secretario de Cultura de la CDMX desde enero de 2014, es ahora Coordinador Ejecutivo del Mandato del Antiguo Colegio de San Ildefonso.

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