Rosario Castellanos

Del relámpago a la lámpara

Ciudad de México, 18 de febrero (MaremotoM).- En mi anterior columna relaté una dolorosa crónica personal en la que, literalmente,  un rayo cayó sobre mi familia. Me acordé de ese episodio mientras veía en Amazon Prime Los adioses, una película dirigida por Natalia Beristain dedicada a la tormentosa relación entre Rosario Castellanos y Ricardo Guerra que no había logrado pescar mientras estaba en el cineAntes de verla, me preguntaba cómo se iba a manejar la muerte por electrocución accidental de la embajadora de México en Israel cuando tenía 49 años —justo antes de llegar al mezzo del cammin. Es una muerte famosa por infame, que forma parte del imaginario popular. Así me contaron la escena cuando llegué a este país hace treinta años, como si fuera un chisme, junto con la entrega de una edición de bolsillo del Fondo de Cultura Económica de Balún Canán: la autora se está bañando cuando suena el teléfono. Sale empapada a contestarlo, pero está la habitación a oscuras, por lo que prende la lámpara que se encuentra al lado de la mesita, desde la cual el teléfono reclama su atención. Recibe por esta imprudencia –¿la de prender una lámpara para levantar un auricular, un aparato que no requiere de la vista para ser manipulado? o ¿la de mezclar el agua con la luz?– una sanción macabra, una descarga eléctrica y se muere en el acto.

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Curiosamente, le hubiera convenido más a Rosario Castellanos padecer el golpe de un rayo, porque ese fenómeno dual que cabalga entre maldición y revelación, la sobreviven el 90 por ciento de los afectados: aunque la cantidad de energía es mucho mayor, el tiempo de exposición es mucho más breve y la corriente es directa, no alterna; es decir, pasa a través del cuerpo una sola vez, mientras que la electricidad que empleamos en casa va y viene en ciclos que llegan hasta 120 por segundo, recorriendo el cable de manera incesante e implacable.

No fue solo el motif de la descarga eléctrica lo que me hizo recordar escenas de mi propio pasado: en Los adioses, se empalma esa escena fatídica con otra en la cual Rosario Castellanos recrimina a su marido por sus amoríos en frente de la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, diciéndole que no va a permitir que le quite la custodia de su hijo pequeño, Gabriel; en la vida real, que es más dilatada que la realidad cinematográfica, transcurrieron diez años o más entre el final de ese largo desamor y el accidente fatal.

Beristain da por hecho que el público estará al tanto de las bizarras circunstancias de la muerte de Castellanos, por lo que elige poner la mesa sin servirla, digamos —la actriz encara a la cámara y enciende un cigarro, en lugar de morirse en cuadro de manera espeluznante. Elige la directora realzar el erotismo del cuerpo desnudo bañándose, el de una femme fatale (no por ser una destrozadora de hombres que los lleva a la muerte, sino por ser condenada ella misma a morir) que fuma, el de un teléfono que suena en la penumbra en lugar del morbo gore, que se mantiene como inmanente.

Rosario Castellanos
Las muertes accidentales se perciben de manera distinta que los suicidios, desafortunadamente tan comunes entre los poetas, o que las muertes “naturales” causadas por las enfermedades. Foto: Cortesía

Las muertes accidentales se perciben de manera distinta que los suicidios, desafortunadamente tan comunes entre los poetas, o que las muertes “naturales” causadas por las enfermedades. Se resisten a cualquier lógica posible, tanto así que se prestan, además, a teorías de conspiración —en el caso de Castellanos, por ejemplo, que la hubieran asesinado ¡agentes del Mossad, ni más ni menos!, debido a la postura que tomó contra el gobierno del PRI después de la masacre estudiantil del 68, algo que difícilmente se sostiene cuando se toma en cuenta que Rosario Castellanos era amiga personal de Luis Echeverría, quien la designó como embajadora de Israel cuando asumió la presidencia. El nombramiento ocurrió años después de que se publicara este temerario “Memorial de Tlatelolco”, que empieza así:

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen. 

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche

para que nadie viera la mano que empuñaba

el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?

¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?

Me llama la atención “Y esa luz, breve y lívida”, una imagen tomada del título de uno de sus libros de poesía, Lívida luz (UNAM, 1960). Por otro lado, el “efecto de relámpago” del arma que menciona en el poema me remite nuevamente al relámpago como arma, como metáfora de un castigo brutal.

La ciencia de los relámpagos se llama “fulminología”. Los científicos fulminólogos aún no han determinado con precisión los detalles del proceso de esta carga eléctrica natural, y quizás por eso le seguimos adscribiendo características sobrenaturales. Sin embargo, desde Benjamin Franklin, también hemos visto en el rayo una fuente no solo de poder divino o revelador, sino de energía. Cabe preguntarnos qué clase de relámpago es el que se canaliza en la corriente eléctrica, o si en realidad no somos una civilización relampagueadora, que vive arreando esa fuerza, aunque implique un riesgo constante. La lámpara se vuelve un símbolo de la iluminación, en todos los sentidos, mas aquella iluminación puede literalmente darnos un choque mortal.

Por otro lado, curiosamente, en Balún Canán, la autobiografía ficcionalizada que publicó en 1957, Castellanos había identificado la muerte temprana de su propio hermano como un suceso misterioso: la apendicitis fue transformada por medio de su conciencia infantil como el resultado fatal de un deseo suyo, motivado por sus celos de hermana mayor. Este Bildungsroman, o novela de formación, traza el desarrollo de un avatar autobiográfico novelado hasta el momento en que llega a ser la que es: una autora, o en este caso, la primera mujer autora de Chiapas. Considerada ahora un clásico, Balún Canán cumple con las expectativas del género literario al que pertenece cuando adopta como cierre un punto de partida: el de su propia escritura, desatada por la culpa. Es un final fúnebre, lapidario. Aquí el capítulo XXIV completo:

Cuando llegué a la casa busqué un lápiz. Y con mi letra inhábil, torpe, fui escribiendo el nombre de Mario, Mario, en los ladrillos del jardín. Mario en las paredes del corredor. Mario en las páginas de mis cuadernos.

Porque Mario está lejos. Y yo quisiera pedirle perdón.

Desde luego, la muerte de Mario no fue accidental, sino causada por una enfermedad. Lo que está en disputa dentro de la cabeza de la joven narradora sin nombre son las causas de esa enfermedad. Una característica humana bastante sintomática es la de balancear qué tanto de una enfermedad es “natural” y qué tanto es producto de la voluntad propia o ajena. Dentro de los parámetros de esta novela, el niño fue víctima de las malas intenciones de los brujos de la hacienda de Chactajal. En México son comunes las “curas” o “limpias”, como por ejemplo atar cintas rojas en las plantas del hogar como remedios o preventivas contra la enfermedad causada por el mal de ojo en cualquiera de sus variantes. Con el advenimiento del pensamiento new age en toda su heterodoxia y superstición, he llegado a conocer a muchas personas que creen ferverosamente en versiones actualizadas de los cuatro humores medievales y que están dispuestos a pensar que un cambio de carácter (o de humor) puede prevenir o curar hasta el cáncer, un mal tan brutal que, según Sontag, se posiciona más allá de la metáfora.

Ahora bien, cuando de muertes accidentales se trata, parecería que cada geografía lleva implícita su panorama de amenazas específicas. Mientras cursaba el posgrado en la Universidad de Maryland en College Park, trabajaba como asistente para un seminario dedicado a temáticas diversas de la región latinoamericana. En uno de los libros de texto se indicaba que en el Amazonas, por ejemplo, los habitantes temen morir aplastados bajo un árbol caído (debido a los sistemas de raíces poco profundos que hay en ese ecosistema, estos eventos suelen ser fatales) de la misma manera en que cualquier peatón de São Paolo teme ser atropellado por un vehículo motorizado. Dime cuál muerte repentina temes y te diré de dónde eres, quizás no sería un mal refrán. Lo más seguro es que el baúl de cautelas mentales de Rosario Castellanos fuera un compendio con elementos tropicales, como la temida y venenosa serpiente nauyaca, complementados por las amenazas urbanas que le tocaron en la vida adulta. A la vez, podemos suponer que el temor a la electricidad, a la lámpara que resultaría ser su némesis, no formaba parte de esos miedos. Y sin embargo, una descarga eléctrica es una de las muertes accidentales más comunes a nivel mundial: suele estar entre las primeras diez causas en los lugares de trabajo o bien en el ámbito doméstico. Es quizás la muerte accidental menos anticipada, pero a la vez, más probable que podría haberle tocado.

Dentro del registro esporádico de la crítica acerca de la muerte de Rosario Castellanos, veo estas dos tendencias: la de volver misteriosa y metafórica una escena que no lo fue y la de conferir una cualidad de hado a un evento completamente azaroso. Sobre eso reflexionaré en mi siguiente entrega…

Fuente: Literal Magazine. Original aquí.

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