Holocausto

Desde el Holocausto a la actualidad, la elusiva representación banal de la realidad

Bajo el nombre clave de Operación Reinhard los nazis asesinaron a seis millones de judios. La verdad resultaba tan aberrante que la gente prefería pensar que aquello era una exageración. Fue hasta que los aliados liberaron los campos de concentración y exterminio cuando el mundo se dio cuenta del crimen que se había cometido.

Ciudad de México, 27 de abril (MaremotoM).- La persecución de los judíos empezó siglos atrás, pero fue hasta 1918 que los extremistas de derecha los culparon por la deuda generada en la Primera Guerra Mundial y por ser explotadores capitalistas.

Adolf Hitler, en su libro Mi lucha (Mein Kampf), dejaba claro que no había lugar para ellos en Alemania. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial surgieron medidas radicales para eliminarlos. Aunque no existe un documento con una orden explícita firmada por Hitler para asesinar a los judíos, sí existe un documento de la conferencia de Wannsee donde se explicaba que la mayoría morirían por el trabajo forzado y el resto recibirían un “tratamiento apropiado” (Annefrank.org).

Hijos de nazis
Los nazis tuvieron hijos. Foto: Cortesía

Bajo el nombre clave de Operación Reinhard los nazis asesinaron a seis millones de judios. La verdad resultaba tan aberrante que la gente prefería pensar que aquello era una exageración. Fue hasta que los aliados liberaron los campos de concentración y exterminio cuando el mundo se dio cuenta del crimen que se había cometido.

Justo después de la guerra, Olga Lengyel, una sobreviviente de los campos de exterminio, publicó Los hornos de Hitler (Lengyel, 1947). En ese libro ella reunía los testimonios documentados de quienes padecieron la brutalidad en Auschwitz-Birkenau. Fue la historia de quienes formaron la resistencia y se encargaron de reunir pruebas, cifras, nombres y documentos para demostrar el trato inhumano que recibían en los campos de concentración y la cantidad real de asesinatos por día que se cometían. Gracias a esa labor se pudieron juzgar, por crímenes de guerra, a los verdugos.

Con el tiempo llegaron las películas de Hollywood, los museos temáticos, las rutas turísticas por los campos de exterminio y la sobreexposición de un tema que debía tratarse con seriedad, objetividad y delicadeza. En la actualidad el campo de Auschwitz recibe aproximadamente 500,000 visitantes por año y el Holocaust Memorial Museum en Washington es recorrido por más de dos millones de personas en el mismo periodo según lo narra Lozano en su libro El Holocausto y la cultura de masas (Melusina, 2010). El genocidio cometido contra los judios se ha convertido en un producto de consumo donde el pasado ha sido recreado y manipulado para entretener.

En el año 1988 David Irving, un antisemita, racista y autonombrado historiador de Hitler, utilizó argumentos de paja y la deliberada modificación de datos históricos para negar la existencia de los campos y por consecuencia del plan sistémico de exterminio nazi.

Las arpías de Hitler
Las arpías de Hitler, de Crítica, distribuye Planeta. Foto: Cortesía

En sus libros y presentaciones en vivo, adulteraba de manera persistente la evidencia histórica para asegurar que los judíos habían inventado el Holocausto para victimizarse y conseguir dinero. Sus teorías fueron aceptadas por algunas personas dado que está en la naturaleza del hombre responder ante lo insoportable dándole una explicación superficial alejada de todo análisis. Los seres humanos no respondemos bien ante la barbarie, por eso la negamos o la escondemos y nos molesta cuando sale del cajón en la que la teníamos oculta.

En el minuto 1:22:12 de la película Negación (Jackson, 2016), que retrata el juicio entre Irving y Deborah Lipstadt, férrea defensora de la historia del Shoah, uno de los personajes pregunta si alguna vez los judios dejarán de lamentarse por el Holocausto. La breve escena ejemplifica y representa esa urgente necesidad de restarle importancia a un evento histórico catastrófico que además no experimentó nuestra generación. Todo lo que sabemos sobre esa parte oscura de la historia es lo que nos ha llegado a través del cine, la televisión  y otros medios masivos. En las producciones de Hollywood respecto al Holocausto hay villanos, héroes, heroínas, clichés y un sinnúmero de elipsis para no mostrar la sangre, los golpes o el salvajismo nazi contra los judíos. Esa es la versión que hemos aceptado sin chistar; una versión de la realidad que ha perdido nitidez porque es más fácil de asimilar. Estamos inmersos en un modelo de consumidores y mercancías, utilizamos las cosas que nos sirven hasta que encontramos otras que nos gustan más. En este contexto, la indiferencia está garantizada y todo nos parece fútil.

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Los seres humanos nos movemos y existimos entre cosas efímeras como los mensajes de WhatsApp, correos, Facebook y Twitter,  que tienden a la brevedad y el apresuramiento. En el libro, Banalizaciones contemporáneas (Ediciones Beta, 2018), la autora escribe sobre el origen del sufrimiento humano. El primero es el cuerpo que termina por decaer hasta la aniquilación, hay dolor y angustia. El segundo origen proviene del mundo exterior y es algo que no podemos controlar como las catástrofes. El tercero se refiere a las relaciones con otros seres humanos.

David King
Un libro editado por Planeta. Foto: Cortesía

El sufrimiento que proviene de esta última fuente es quizá el más doloroso, por eso la rechazamos, ninguneamos y silenciamos a través del lenguaje. Un ejemplo claro se da con los feminicidios, cuyos casos sin resolver y a falta de justicia saturan los medios hasta banalizarlos.

Vivimos en una época donde el sufrimiento se trata con fármacos que lo eliminan o lo adormecen, ser sensible es igual a ser débil. Perdemos humanidad cuando respondemos a lo insoportable como si no existiera. Lo convertimos en dígitos, en datos, en palabras triviales y matizadas, en una película o en una serie o simplemente tratamos de desdibujarlo hasta convertirlo en el perfecto producto para las masas. Cuando la noticia sobre las muertas de Juárez llegó a los oídos del mundo, la industria del entretenimiento se encargó de crear películas, series, libros y documentales. Hubo una sobreexposición, que lejos de visibilizar la situación terminó por adormecer la conciencia social.

Los medios masivos de comunicación no sólo entretienen, también son transmisores de discursos, llevan consigo una carga cultural y desafortunadamente hay poco control de calidad en lo que se produce. En la nota roja, por ejemplo, tanto en los medios electrónicos como en los impresos, podemos encontrar  titulares fabricados para atraer al público, donde se romantiza la psicopatía del perpetrador de un feminicidio  y se usan palabras que hablan de amor, celos, relaciones, y no de violencia, sangre, atrocidad y muerte.

La corregidora, una página de Facebook creada para advertir, corregir y difundir encabezados de diversos medios que tergiversan la realidad, escribió en su muro lo siguiente: “Algo que me frustra mucho sobre los titulares tendenciosos es que su narrativa, aunada a la de muchos otros medios, dicta la forma en la que entendemos los crímenes, a quienes los cometen y a sus víctimas. Y mientras creamos en estas narrativas falsas (que las mujeres son violadas por la forma en que se visten, que son asesinadas por accidente, etc.), no vamos a poder legislar correctamente.”

Tan sólo en México hay más de 73,000 personas desaparecidas desde 1963 hasta la fecha y el número sigue subiendo de manera alarmante. Por día mueren asesinadas 10 mujeres y el crimen organizado se ha apropiado de cada rincón del país, permeando en todos los estratos del poder.

Algunos niños de escasos recursos sueñan con convertirse en capos de la mafia para tener dinero y poder. Somos uno de los países que más consumimos películas y series que hacen apología de la violencia. “La narcocultura es uno de los elementos con los que mundialmente se asocia a México.

Adolf Hitler
El último misterio de Hitler, de Eusebio Gómez Villarreal. Foto: Cortesía

Como ciudadanos responsables debemos preguntarnos si esa es la imagen que queremos que trascienda de nuestro país. Como consumidores podemos exigir que la realidad que se nos muestra, en los medios masivos de comunicación, deje de ser un producto insustancial. Podemos preguntarnos de qué manera afecta nuestro entorno antes de compartir una nota en redes sociales o contribuir en su viralización; si la respuesta es negativa o incierta tal vez no deberíamos de ser parte de su difusión.

Conocer la historia nos sirve de mucho si no queremos repetir los mismos errores o caer en la nula empatía social. Aceptar nuestra responsabilidad en el proceso de la banalización de la violencia es obligatorio y la reflexión, necesaria.

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