“Desde que empecé a escribir no sabía lo que estaba haciendo”: Natalia González Gottdiener

Natalia González Gottdiener (cdmx, 1984) acaba de publicar un libro al que no ha definido bien a qué género pertenece a pesar de tener un par de publicaciones anteriores de poesía. Este ejercicio libresco, que comenzó hace nueve años, navega entre la poesía y la prosa y lo ha bautizado sencillamente como Epitelios (Elefanta Editorial).

Ciudad de México, 30 de abril (MaremotoM).- “La música son cuatro minutos de gloria”, dijo alguna vez el crítico de arte y curador Erik Castillo (cdmx, 1974) cundo escuchaba las voces de Tom Waits, Leonard Cohen o David Bowie con piezas como “Lie to me”, “Love me to the end of love” o “Space oddity”, respectivamente. Le parecía que era la supresión de todo, el tiempo suspendido en ese breve lapso donde nos entregamos a la poesía, al ritmo, a la fluidez de los bits que nos regala la música para transportarnos en una suerte de introspección donde nos mimetizamos.

Al respecto, Alejandra Olson acaba de publicar Blackout (2019), bajo el sello editorial Periferia de Escribidores Forasteros, el cual goza de contundentes figuras poéticas que nos remiten a lo musical —una de sus pasiones— como búsqueda del quehacer poético, primero y lo vincula con el espectro creativo de los músicos que nos entregan la gloria en esos cuatro minutos que atisbaba Castillo, después. El poema “Gloom” versifica el accidente que sufrió Thom Yorke, vocalista y compositor de Radiohead, junto a su novia; el yo lírico dice: “Viajar a otros lugares/ sin tener que moverte/ mandas tu cabeza/ a otro lado”, imagen que nos remite a la pesadez del incidente, sí, pero también de algo que no se puede dejar de lado, la música. El yo poético nos va envolviendo de tal suerte que al final enfrentamos a un monstruo tripartita cargando de elementos como la música, la poesía y la otredad que se vale del pretexto del accidente para llevarnos al interior del creador frente a un “monitor de hospital/ con líneas que no llevan/ un ritmo definido/ pero logran/ darle sentido/ a los latidos” donde está la mujer postrada. Tom York está delante de su novia y él no puede sino viajar desde su cabeza al mundo de la creatividad que lo puebla y lo seduce. No hay salida. Ha iniciado un viaje sin la necesidad de desplazarse. Ulises que vuelve de la batalla y debe sortear peripecias. Nuestra mente (o nuestros silencios) vuela(n) libremente por donde tengamos la voluntad consciente de que lo haga(n).

Epitelos, de Elefanta Editorial. Foto: Roberto Feregrino

Un caso parecido ocurre con la poeta y docente mexicana, Natalia González Gottdiener (cdmx, 1984) quien acaba de publicar un libro al que no ha definido bien a qué género pertenece a pesar de tener un par de publicaciones anteriores de poesía. Este ejercicio libresco, que comenzó hace nueve años, navega entre la poesía y la prosa y lo ha bautizado sencillamente como Epitelios (Elefanta Editorial), el cual remite “al tejido construido por células íntimamente unidas que recubre la superficie externa del cuerpo y de ciertos órganos interiores” según el diccionario, no obstante, nos hace pensar que entre sus páginas habrá un recubrimiento unido íntimamente con letras, palabras y versos. (La presentación será el día 14 de mayo en la Clínica Literaria, Circular de Morelia #12 A, colonia Roma, a las 18:00 hrs.).

La Poesía, así, con mayúscula, será el tejido que recubra Epitelios, junto a la contemplación de una ciudad de México en la que pareciera no ocurrir lo poético. González Gottdiener publicó La trama del huso (2005), como un intento para entender y dialogar con el cáncer que atacó —irremediablemente— a su padre cuando ella era adolescente. Años después publicó Cartografía del fuego (2009), un poemario más maduro, sí, pero también más críptico, el cual navega entre el hermetismo de César Vallejo y la poesía simbolista de los franceses como Stephan Mallarmé. El diálogo con ella nos hizo pensar en el rumbo de la poesía en estos momentos de ebullición política e inconformidad social. Ella ve como un acierto que la “poesía” se instale en otras disciplinas como la pintura, la danza, la narrativa y, por supuesto, la música. Tan es así que uno de sus poemas fue musicalizado por Oliver de la Rosa: “Inmanencia”, incluido en Cartografía del fuego. La mirada, la palabra, la pintura, el sonido, son tan sólo muestras de que el disfrute será posible para internalizar lo que acontece fuera y acomodar un poco lo que nos consume por dentro.

—¿Qué te llevó a la poesía?

—Era una persona solitaria —sigo siéndolo—, solía sentarme en una banca, en una especie de jardinera, y escribía lo que para mí eran reflexiones, lo hacía como una forma de llenar el recreo. Un día decidí meter mis poemas a un concurso, se los llevé a la maestra de Literatura y me alentó porque había un dejo de espíritu poético en ellos. También mi mamá lo hizo, ella me escuchaba y si algo no le gustaba me lo decía. Mi papá también me escuchaba, pero él decía que no me iba a decir nada, porque él prefería el simple goce de la poesía.

—¿Cómo comenzaste a publicar en la revista Opio?

—Una amiga me pidió que le mostrara algo de lo que escribía, luego me propuso mandar algo a la revista Opio. Llevé un poema a una especie de taller que había [para decidir/elegir qué se publicaba], y me lo destrozaron. No les convenció. Me dijeron que estaba muy cursi, con lugares comunes, y trabajé en él inmediatamente llegando a casa. No me dejé caer. Luego llevé otro al que no le fue tan mal, desde ahí me interesó involucrarme con la comunidad de la preparatoria. La escuela Luis Vives patrocinaba esa revista que fue una iniciativa de generaciones antes que la nuestra y se publicaba anualmente.

—¿Qué te lleva a publicar tu primera plaquette?

La trama del huso surgió bajo ciertos apoyos, el de Raúl Renán y el de Federico Álvarez principalmente, y se publicó por la enfermedad de mi papá, a él le diagnosticaron cáncer cuando yo tenía 15 años. Antes de fallecer me dijo que quería nietos, pero era muy joven aún para darle ese regalo, así que le di un libro, un libro-nieto. Me pidió que le dedicara un poema sólo a él y no pude, me costó mucho entender que se estaba muriendo, así que le prometí que se lo haría para su cumpleaños, pero falleció antes. En La trama del huso hay algunos poemas dedicados a tratar de comprender su enfermedad, pero ni uno sólo a él. Cuando Marco Antonio Campos vio mi plaquette, se molestó, me mandó llamar para preguntarme cuál había sido mi motor para editar. Le conté y me explicó que aunque los poemas sean productos de la emoción siempre hay un tiempo para publicar. Eso me pareció un detalle muy bello de su parte.

—Te han llamado cursi, ¿cómo salir de ese esquema?

—Hay un poema que se llama “Lunaris” que está en La trama del huso y refiere a la desnudez de los lunares de una persona que me gustaba en ese entonces, un maestro me dijo “es cursi pero me gusta”. Eso mismo me ha pasado con otros inéditos que he tallereado y me dicen que son cursis pero suenan bien. Lo cursi o lo no cursi creo que está en la manera de decirlo distinto o de jugar un poquito con lo ya dicho para decirlo diferente. Epitelos es más sórdido, en él intenté salir de lo onírico, porque debo aceptar que sí molesta escucharlo. Cuando dicen que es cursi no sabes si te están halagando o incitando a que seas más ruda. Algo que me ha funcionado es combinar erotismo con el amor, busco imágenes eróticas y así salgo del plano amoroso, creo que es algo que tengo, la búsqueda interna en la escritura, más allá de si es poesía o no.

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Algo que me ha funcionado es combinar erotismo con el amor, dice Natalia. Foto: Roberto Feregrino

—¿Cuáles fueron tus primeros referentes poéticos?

—Me marcó mucho la poesía de Cavafis. Mis papás eran muy liberales, no tenían ningún conflicto con que leyera ese tipo de libros aunque fuera menor de edad. Ellos eran de una generación diferente: mi mamá de teatro, mi papá periodista; el carro de mi papá estaba lleno de libros, revistas, periódicos. Tenía (y tengo) una sensibilidad a los formatos, entonces cuando vi el libro de Poesía erótica de Cavafis lo quise. Ahí empezó una búsqueda con el erotismo. Por otro lado está Federico García Lorca, porque mi mamá me cantaba canciones de cuna que había compuesto para niños. Luego vinieron los poetas franceses, los simbolistas, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Verlaine.

—¿Qué te mueve a escribir?

—Desde que empecé a escribir no sabía lo que estaba haciendo, fue un género que no escogí, él me escogió a mí. Incluso había noches que no podía dormir o dejaba de atender las clases porque tenía una necesidad imperiosa de escribir ante ciertas cosas que pasaban o lecturas que hacía, porque me llegaban cascadas de imágenes y no me dejaban dormir ni atender, así que tenía que escribirlas. Era una necesidad. Son voces que quieren que las escriba.

—Tu segundo poemario es más denso, más hermético…

—Con Cartografía del fuego sabía que no podía sacar de manera directa lo que quería decir y tuve que dar todo un rodeo para decirlo, incluso temía que llegara a verse con transparencia lo que estaba atravesando en aquel entonces. No sé hasta qué grado puede ser un criptograma, probablemente tenga que ver que en esa época estaba leyendo a los simbolistas, de hecho tenía presente el diccionario de símbolos de Chevalier. Tenía la intención de sacar algo y ocultarlo al mismo tiempo como si fuera un juego para el lector. Eso me hizo darme cuenta de que el lector que tenga que encontrarlo, lo hará y el que no, pues pasará de largo.

—¿Cómo nació la idea de trabajar con Laura García Renart en la ilustración de tus poemas?

—Participó en La trama del huso y Cartografía del fuego. Ella fue mi maestra de artes plásticas, es pintora, pero surgió nuestro trabajo en conjunto cuando le compartí poemas, y me dijo: “me dan ganas de pintar cuando leo algunos poemas tuyos”. “Adelante”, le contesté. Y así fue como se involucró con mi trabajo y me gustó mucho. He tenido oportunidad de convivir con personas más grandes que yo, de una forma muy bonita. Tiene tiempo que no la veo, pero sé que está bien.

—¿Cómo es tu relación con tus amigos poetas?

—Karen Plata es mi amiga, pero los tiempos a veces se superponen para vernos, Iván cruz Osorio, Zazil Collins es de mi generación, Alí Cuevas Castrejón (1985-2009), pero desde que dejé el taller de Raúl Renán para trabajar en mi estilo propio sugerido por él, he tenido distanciamiento con los poetas a los que frecuentaba, como Gina Zabludowsky, Ángelo Dufrense, Lennete Duránt, Raquel Olvera, entre otros. Actualmente los que me leen no se dedican a la poesía, como Ricardo Pérez Martínez que es más ensayista aunque tiene un poemario bellísimo que no sé si se decida a sacar algún día. Debería hacerlo. Adriana Gaona, narradora. De pronto caigo en la cuenta de que todos los amigos que me leen son de otros género o artes. Tengo un amigo músico que compuso una pieza para piano a partir de un poema de Cartografía del fuego.

—¿Cómo ves la poesía, está en crisis, se lee menos?

Epitelos me tomó 9 años escribirlo, empezó como un poema meramente descriptivo de la ciudad y terminó siendo una suerte de proema, poenovela, proesía, novelsía, no he sabido cómo llamarle; hemos generado varios neologismos con las palabras poema y novela, pero todavía no lo bautizo. En ese proceso, desde que empecé a escribir hasta ahorita, lo que encontré es que la poesía es mucho de música, pero mucho de silencio también. O si lo vemos desde otras artes, puede ser hasta de imágenes y silencios. La crisis actual de la poesía es porque se escribe demasiado y no hace falta o porque ya hay tanto que te quedas en silencio. De pronto hay que menguar entre esas dos. La poesía empezó a ser para mí un modo de vida, porque no era tan locuaz y mi forma de comunicarme con el mundo era así. Cada vez se lee menos poesía, eso es lo que trato de defender en la parte académica: la presencia de la poética, no ya de la poesía, sino en otros ámbitos artísticos. ¿Cuál es la forma en que va a seguir sobreviviendo en la poesía? Tiene gran capacidad de posarse en la narrativa, el ensayo, en la pintura, en la música. Siento que la poesía ante todo es sentido, más sentido que signo, porque de pronto me identificaba con el grito de Baudelaire “un signo, quiero un signo”, pero más que eso es un sentido, un sentido con ritmo.

—La sexualidad es otro tema en ti, a veces es libre, otras recatada y unas más soterrada…

—Creo que eso estás más presente sólo en Cartografía del fuego, en Epitelios Rut y Emma son como diferentes formas de desplegar el yo poético en personajes, justamente intento la otredad. ¿Hasta qué punto la poesía es el género que más refleja verdades o qué tanto se puede colar la ficción? Ese es el ejercicio en Epitelios: es una serie de preguntas y respuestas a lo largo de nueve años donde no sé qué tanto se fue modificando de lo primero que fue hasta lo que se publicó al final. Fue un libro que trabajamos entre Emiliano Becerril, Carlos Azar y yo cuando me invitaron a publicar en Elefanta Editorial.

—¿Qué pretendes con Epitelios?

—Lo que me gusta es la parte metapoética que se puede encontrar en el hecho de que una prostituta (Emma) haya quedado encantada por culpa de un libro que le deja un amante de una noche y tenga que buscar la ayuda de otro escritor para desencantarse, así se encuentra a Rut, una poeta, quien la tiene que ayudar en todo el proceso, incluso el de escucharla también, de sentarse con ella y oír su historia para liberarla. Es una búsqueda interior. La poeta escribirá un libro sobre la historia de la prostituta, pero en ese proceso le va a dejar una tarea que la otra acepta. Pensaba hacer una segunda parte de Epitelios, pero hay quien dice que no, que lo deje así, así que esperaré un poco para decidir lo que ocurrirá con estos personajes. Sigo con la búsqueda e intención de llevar la poesía a lo cotidiano, bajarla de su nicho y tratar de mirarla en el día a día de lo cotidiano, creo que en la poética he encontrado la forma de sobrevivir a mis silencios.

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