DIARIO DE UNA EX | Aroma a bombón quemado

Así a veces sabe la vida. Le falta sal y pimienta. Le falta aderezo. O quizá es que yo soy muy condimentada y me agradan los excesos. Pero ahora la vida sabe más monótona que antes y los fantasmas se asoman para recordarnos que alguna vez fuimos algo diferente a esto.

Ciudad de México, 22 de junio (MaremotoM).- Me encuentro aquí. Dónde siempre. En este mismo sillón donde alguna vez me vi soñando con ser adulta y no llorar cuando me cepillan el pelo. Me encuentro aquí mismo y el sillón rechina de viejo. Hay una naturaleza muerta en la pared que no es pintura, sino litografía. Y está rodeada de un marco dorado espeso y rimbombante.

En la chimenea aso unos bombones rosas insertados en una aguja larga de metal. El olor a caramelo me hace salivar, pero el sabor resultante de la quema de bombones me decepciona. ¿Les ha ocurrido? ¿Que prueban algo que olía mejor de lo que sabe? Es como cumplir un sueño que era mejor soñado o un destino que era mejor en fotos de viajeros distantes.

Bombón quemado
En la chimenea aso unos bombones rosas insertados en una aguja larga de metal. Foto: Cortesía

Así a veces sabe la vida. Le falta sal y pimienta. Le falta aderezo. O quizá es que yo soy muy condimentada y me agradan los excesos. Pero ahora la vida sabe más monótona que antes y los fantasmas se asoman para recordarnos que alguna vez fuimos algo diferente a esto.

Regreso al sillón con las manos sucias de bombón quemado. Sorbo un trago del vaso de agua que está en la mesa de tres patas que alguna vez armé sin instructivo. Mi pelo se moja con el agua. —¡Torpe! —me grito mientras me seco torpemente con una servilleta.

Me duelen los ojos. Quizá es señal de que tengo ojos, diría mi padre. Y yo me reiría por no dejar pasar el chiste. También me duele la quijada al masticar. ¿Será que en las noches no logro descansar? Porque de que duermo, duermo, pero sueño demasiado y quizá eso me impide recuperarme de los días previos.

Sueño con serpientes que salen de las alfombras. Conque soy hombre y orino de pie en un baño sin puertas, con miedo a que alguien me descubra. Sueño con aviones que nunca tomaré y con maletas perdidas en el camino. También sueño con insectos que tengo que atrapar para que no me hagan daño, pero que nunca alcanzo.

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Me preparo un café soluble con leche evaporada y un chorro de azúcar. Qué más da darse esos gustos basura cuando quizá es el fin del mundo. Qué más dan la cafeína, la glucosa, las calorías, sino se sabe cuándo será la última vez. Cojo un cigarro mentolado de esos que le robaba a mi madre de adolescente y le doy el golpe. Intento no ahogarme. Intento fingir que soy una femme fatale con un pitillo largo en la mano y la imagen va perfecta hasta que mi nariz en el reflejo de la mesa de tres patas lo arruina todo.

Tengo nariz de sauce llorón. Parece un higo. Una fresa en plenitud. Mi nariz es una derrota de la estética del siglo XXI. Y estos dientes, no se diga más: parezco intento de vampiro.

Antes, de niña, me ponía una pinza de ropa en la nariz antes de dormir, para ver si tras ocho horas de descanso se me afilaba. Cabe mencionar que eso no ocurrió. Pero los colmillos —o dientes enanos, como un dentista los nombró de cariño— siempre me han dado lo mismo. Las burlas nunca han faltado, pero ante ellas he sido intocable. Quizá porque en el fondo sé que soy más que mis dientes, que mi nariz, que mi peso e incluso que mi torpeza a la hora de tomar agua. Quizá soy más que una mesa de tres patas mal armada.

Siento que el mundo se me agota y nunca vi una estrella fugaz. Siento mucho, también, solo haberme aventado dos veces en paracaídas, y me arrepiento enormemente de no haberme tatuado más. Pero, ¿qué más da si de nada he de acordarme? Ni siquiera del olor a bombón quemado ni de las naturalezas muertas que han rodeado mi existencia como perros frente a un bistec.

Nada me llevaré de aquí más que mi niñez seminueva. Nada irá conmigo sino un presente constante que suelo disfrutar más al recordarlo que al vivirlo. Porque ¿quién no se alimenta más de la melancolía o de la esperanza que del suelo? ¿A quién no le sabe mejor un hubiera?

Me levanto del sillón y camino hacia la puerta de madera. —Todo está perdido —pienso. Pero al abrir la reja, me doy cuenta: esto también era un sueño.

Fuente: Diario de una ex / Original aquí.

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