Hermoso México

DIARIO DE UNA EX | La ex confianza

Todo se trata de un acto de fe, incluido abril de 2020, incluidos los meses que vienen, incluida la fe en la persona que vemos frente al espejo, en la cual debemos creer a toda costa, aun cuando todo se derrumbe y solo quedemos nosotros para reconstruirnos.

Ciudad de México, 4 de abril (MaremotoM).- Escribo estas líneas luego de veintidós días en casa. No hemos salido más que un par de veces al supermercado y otros días esporádicos en el coche, con el propósito de dormir a la niña de un año a la cual el encierro no le sabe nada bien. Sin embargo, somos parte de los afortunados que pueden quedarse quietos un rato. En México, dicen, los hospitales aún no están saturados y los cadáveres todavía pueden ser velados. Y una gran parte de la población continúa saliendo como si nada porque no tiene de otra, porque vive al día y hay que comer, hay que alimentar a los hijos, hay que sobrevivir como se pueda, porque mientras unos podemos darnos el lujo de quedarnos en casa y subir fotos de nuestros experimentos en la cocina, de los libros que leemos y del ejercicio que hacemos en el suelo, con la comida calientita y la cerveza al lado, hay quienes, en efecto, no tienen ni para el pasaje, ni para un taquito, ni para absolutamente nada, y hay otros, además, que están perdiendo sus empleos, dejando de percibir sus sueldos, llenando sus corazones de ansiedad y de la más terrible desolación.

Aquí, en el encierro, todos somos víctimas, unos –muchos– más que otros, y lo peor es que no podemos correr a abrazarnos y a llorar las penas al estilo Jalisco con nuestros amigos. No es posible buscar consuelo en los brazos de nuestros padres o siquiera sacar a pasear al perro sin mirar con cierto recelo al vecino que hace lo propio, porque tenemos miedo de que un suspiro, un estornudo, un mínimo encuentro entre dos pieles nos lleve a perder la capacidad pulmonar e infectarnos con algo que, si bien nos va, no nos dará síntomas, pero que también puede matarnos, aun cuando tengamos buena salud, no fumemos ni padezcamos de ninguna enfermedad crónica. Lo sabemos: el virus es traicionero y juega sucio, al estilo de Frank Underwood o de cualquier villano de Scorsese.

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El acto de fe y la capacidad de reconstruirnos. Foto: Cortesía

Recuerdo el caso de Chernobyl, cuando los parques lucían limpios y las flores, brillantes. Cuando el cielo era estrellado, azul y hermoso, y todo parecía normal. Me imagino esa radiación silenciosa y en un inicio, aparentemente inofensiva pero que, al final, mató a millones de personas y dejó a todo un pueblo clausurado, incapaz de reponerse de tanto silencio, de tanta pérdida.

Me imagino el mundo que nos espera justo así, clausurado, lleno de desconfianza, donde un simple beso en la mejilla puede causar la muerte de alguien más, donde los empaques de la comida del supermercado son sospechosos de infectarnos, donde el taxista, el mesero, el cajero, los porteros, todos somos posibles homicidas “imprudenciales”; imagino un mundo cubierto de cubrebocas, bañado en gel antibacterial, en jabón de manos; imagino las casas sin polvo, impolutas, brillantes, y el miedo de quien las limpia de haberse contagiado tras haber pasado un trapo con cloro. Imagino este mundo lleno de dudas, en el cual, aun después de que la cuarentena se dé por terminada, podremos reponer muchas cosas ­–si bien nos va– menos la confianza en los demás, incluso en quienes amamos, incluso en nosotros mismos, porque, ¿cómo volvernos a abrazar sin miedo? ¿Cómo tomar un avión sin que eso nos quite el sueño un día antes de hacerlo? ¿Cómo subirnos al transporte público, apretar el botón del elevador, ir a un concierto, a una fonda, sin sentir que hay huellas de algo posiblemente mortal? ¿Cómo ser amables en un mundo que parece exigirnos ser fríos unos con otros?

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Quizá el gran reto, entonces, es encontrar nuevas maneras de demostrarnos afecto y poco a poco, recuperar la seguridad, esa que dimos por sentado meses antes, cuando podíamos movernos libremente y nos molestaban el tráfico, el ruido de las fiestas de los vecinos, la rutina de los centros comerciales, el mal humor de nuestros jefes; esa confianza que nos hizo dar por sentado los domingos familiares, las caminatas por el parque, los traslados de nuestra casa al trabajo, las visitas a los restaurantes, al dentista, al pediatra, los viene-vienes, las noches de sábado con los amigos, los saludos de mano, los romances casuales en un bar, los mercados de los sábados, los conciertos, los museos, la cotidianidad que ahora parece tan utópica, cómoda y esperanzadora como un té de menta poleo luego de un día largo.

Alguna vez, antes, mucho antes que todo eso comenzara, pensaba en la confianza que depositamos cuando vamos al súper y elegimos una pasta de dientes, confiando en que ésta no se encuentra envenenada. O al ir a un restaurante y confiar que los cubiertos están bien lavados y que el agua es de filtro; o que el maquillaje que adquirimos en la tienda departamental no es tóxico para nuestra piel; o que el conductor de al lado respete el alto y el peatón se cruce cuando tenga luz verde; o que el taxista no venga borracho. Todo se trata de un acto de fe, incluido abril de 2020, incluidos los meses que vienen, incluida la fe en la persona que vemos frente al espejo, en la cual debemos creer a toda costa, aun cuando todo se derrumbe y solo quedemos nosotros para reconstruirnos.

Fuente: Diario de una ex / Original aquí.

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