Diario Liminal

DIARIO LIMINAL | El (indiscreto) privilegio de escribir

Mexicali, 22 de junio (MaremotoM).- En algún momento de nuestra juventud, cuando emprendemos la tarea con suma ingenuidad, alguien nos pregunta a los escritores: “¿Por qué escribir?” Huelga decir que no preguntan “¿para qué?” sino “¿por qué?”, quizás como una manera de ocultar la duda sobre la utilidad de la práctica. Ya no digamos el énfasis en el mismo acto, “escribir”, como un impulso ajeno a toda actividad común y corriente.

Y muchos de nosotros hemos ido confeccionando la respuesta sobre la base de posibles pretensiones y grandilocuencias, que denotan una percepción del oficio como ejercicio de iluminados: escribimos porque nos gusta contar historias, porque nos fascina la imagen poética, porque queremos dejar testimonio de nuestra existencia, porque somos testigos fehacientes del mundo. A veces lo respondemos así (sobre todo si nos piden responder a una entrevista por escrito), pero siendo sinceros, la respuesta que hemos dado a esa clase de preguntas fue y ha sido más que nada un reflejo condicionado: no entendemos por qué se nos pide dar cuentas de lo que hacemos, algo tan imbricado en nuestro diario devenir que nos resulta absurdo cuestionarlo.

Sin embargo, ¿qué es lo que realmente buscamos, o mejor dicho, qué es lo que busca esa parte de la conciencia y el cuerpo y los procesos perceptuales, que dieron pie a que un espectro de la humanidad se dedique a escribir, y qué es lo que lo impulsa a hacerlo? ¿De qué cosas da cuenta el escritor?

Esta es, finalmente, la pregunta en la que me quiero concentrar. ¿De qué damos cuenta los escritores, y qué es lo que nos permite defender nuestro oficio? Sin desdeñar por completo al campo de producción editorial dedicada a libros comerciales, memorias, autobiografías, libros de autoayuda (“Si acudes a un libro para ayudarte, esa no es autoayuda: ¡Es ayuda!”, decía George Carlin), best sellers y algunas novelas de género, debemos aceptar que algunos escritores buscamos la trascendencia, a pesar del temor que nos produce afirmarlo. Pero ¿qué significa esa trascendencia, en un tiempo tan evaporado como el nuestro? Significa una apuesta. La apuesta a que incluso esta evaporación es pasajera, de que se trata tan solo de un aceleramiento de la experiencia que en algún momento se detendrá, pero que alguien tuvo la decencia humana de detenerse en el camino para explicar lo que sucedió con devastadora rapidez.

Y eso, ¿tiene algún valor? ¿Sirve de algo tener un registro de ese cúmulo de experiencias, que dan cuenta del presente para formar parte de ese pasado que revivimos en algún otro presente? Veamos. Sin esta actividad irremediablemente humana, por ejemplo, no tendríamos la identificación de esa “huella de la memoria involuntaria” de la que hablaba Walter Benjamin y que lo condujo a intentar recrear por escrito toda su infancia en Berlín, en algo que es más que una autobiografía, sino un ejercicio de insistir en las imágenes y presencias del pasado para entender el presente. O igual, tampoco tendríamos las ciudades imposibles de Italo Calvino, como prolegómeno para comprender las convulsiones de las ciudades actuales, o la invención de algo tan trascendental como el Aleph. No tendríamos la escritura febril de un Karl Marx, envuelto en esa insistencia humana por imaginar utopías y otras formas de convivencia, trabajo y bienestar, o esa búsqueda de Anais Nin por recuperar la experiencia para “probarla de nuevo”, pero sobre todo, para ponerla en la boca y en la conciencia de un posible lector. Igualmente, no tendríamos el ejercicio de inmersión cultural y lingüística que ha implicado una obra como Pedro Páramo, ni las efedrinas crónicas de Kerouac o las implosiones discursivas de Burroughs. No tendríamos el testimonio de Primo Levi, directamente de los campos de concentración durante el Holocausto, ni las hermosísimas e intensas reflexiones sobre el arte y la modernidad por parte de los poetas Valéry y Baudelaire. Tampoco tendríamos los intentos por comprendernos como cultura, desde Paz hasta Revueltas, por medio de textos producidos por personas dedicadas a la reflexión solitaria, a la búsqueda de la palabra precisa, la imagen certera, el análisis agudo, la afirmación venenosa e incisiva, el revoloteo verbal, o la puesta en rendimiento de esa “danza” que ocurre en medio del pensamiento y que busca ser representada en un texto, ese vaivén de ideas y esencias que son imposibles de atrapar mientras estamos insertos en el presente perpetuo, que mucho menos podemos aprisionar en una frase inspiradora, en un meme o en un objeto consumible.

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Buscamos escribir, punto. Y eso lo haremos (y lo hacemos) con beca o sin beca, con reconocimiento u olvido, con apoyos institucionales o sin ellos, a contrapelo con la historia y a contracorriente con las tendencias políticas e ideológicas de nuestro tiempo. Lo haremos irresponsablemente, radicalmente; lo haremos sentados en rincones de bares o arrumbados en cuartos mal iluminados, lo haremos en el exilio o en el confort del bonito estudio que te ofrecieron en tu residencia como escritor; lo haremos con prisa y coraje, pero con la lengua al viento y moviendo las caderas. Porque sabemos que, en el fondo, algo de esto trascenderá a la estupidez de nuestros tiempos.

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