El insecto, de Alejandro Espinoza

DIARIO LIMINAL | El insecto

Ciudad de México, 14 de julio (MaremotoM).- Fue tres días después de la visita del exterminador que, a las ocho de la mañana, cuando pensaba alternativamente en la poesía y la extinción de todas las cosas vivas, que me encontré con ese bicho verduzco que me produjo un enorme amor corajudo hacia la vida. Entiendo que fue a razón de ese insecto. Nunca he conocido su nombre, pero estaba aferrado a la cortina de la puerta trasera, de ventana, donde normalmente se filtran los insectos que viven allá afuera. El perímetro de nuestra casa, no obstante, está blindada invisiblemente por la fuerza descomunal de los insecticidas. Imagino insectos temerosos en los predios aledaños, compartiendo rumores sobre las muertes grotescas de especies suyas y las de otros. Insectos asfixiados en su entorno por la necesidad imperiosa de los seres humanos por mantener un semblante de control insostenible de la naturaleza. Son las cosas que me hace pensar ese insecto, aferrado a la delgada tela de la cortina. Pensé en él (no puedo imaginarlo más que en masculino) y luego pensé en las cucarachas; luego en la extinción. La poesía será quizá lo único que nos salve. Pero no de la extinción. Sí de la posibilidad de reconocer lo que somos a razón del lenguaje, a razón de las palabras.

Hemos blindado la casa porque odiamos a las cucarachas. ¿Quién no, verdad? Ese odio, en mi caso, lo equiparo a la envidia. Envidio la capacidad que tendrán las cucarachas de atravesar catástrofes que nosotros seremos incapaces de sobrevivir. Tienen la extinción de todas las cosas vivas resueltas para su especie (y todas sus extrañas variantes). Le tememos a la extinción porque siempre le hemos temido a nuestra imaginación y a nuestra memoria. Recuerdo e imaginación son equiparables, sobre todo al momento de internarnos a las danzas del pensamiento, ahí donde deambulan cucarachas pasadas y memorias involuntarias. De lo único que no son capaces las cucarachas, creo, es de la poesía. Sin poesía la extinción de todas las cosas vivas no tendrá la magnificencia que esperamos los seres humanos. El mundo se va a la cagada y las cucarachas triunfarán sin darse cuenta, nosotros tendremos la pesadilla del lenguaje para vislumbrar otra clase de fantasías. Pienso en todo esto mientras me pregunto por qué decidí no molestar al insecto verde aferrado a la tela de la cortina. Creo que está muerto de miedo. No escuchó a sus coetáneos afuera de la zona blindada de nuestra casa y se internó en un campo minado de contaminantes para su cuerpecillo endeble pero firme y en cierto modo bello. Un insecto verduzco cuyo nombre nunca he tenido interés en saber. Prefiero inventarle una vida y pensar en la poesía y la extinción.

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¿Por qué sobrevivirá la poesía a la extinción? Dudo mucho que nos extingamos; sí habrá especies y maneras de ser y de estar y de convivir entre nosotros, pero la capacidad de usarnos mutuamente y de ver colectivamente la grandeza del mundo seguirá ahí, aun cuando hayamos contribuido a deconstruir buena parte de lo engendrado por las propias leyes y designios de eso que seguimos llamando naturaleza. Muerto de miedo ese insecto, me acerco para tomarle una foto. Quiero evidencia de su temor, del pavor que seguramente le ocasiona esa especie gigantesca y con problemas gastrointestinales que se acerca con un aparatejo rectangular a hurgar por su territorio de tela delgada. Él no sabe que quiero protegerlo. Quiero darle a entender que lo considero parte de nosotros. No me produce los espasmos involuntarios que producen las cucarachas, esas ufanas que sobrevivirán a la extinción a pesar de su no-poesía. Me produce complicidad. Quiero darle a entender que la apoyo, que somos partners in crime en esta búsqueda por sostenernos a base de poesía y a pesar de la extinción de todas las cosas vivas. Este campo de exterminio que representa el predio blindado de nuestra casa, lo ejercen los seres humanos en otros espectros, en otros territorios, en otras zonas limítrofes, ahí donde niños mueren y madres lloran, donde gringos ganan y los hombres sienten el peso de una masculinidad subyugada por la persecución, el abandono, una diáspora de seres humanos que se aferran a la tela delgada de la tierra para encontrar otra clase de promesas.

No. Este insecto en la cortina no es equivalente a ningún ser humano, sobre todo porque es incapaz de hacer poesía. Todos los seres humanos somos capaces de hacer poesía. Es quizá nuestra única virtud. No la nutrimos porque estamos siempre trabajando. No poseemos la paciencia que tiene un insecto como el que se cuelga de esa cortina, en busca de alguna alternativa para no caer presa de la extinción. Insisto: lo cuido porque lo considero mi cómplice. Él y yo nos extinguiremos, como todos menos las cucarachas. Partners in crime, en ese crimen descomunal que ha sido decidir estar vivo a sabiendas de la inminente desaparición de todas las cosas vivas. Hoy por la mañana me acerqué a la cortina. Me di cuenta que ese insecto lleva días muerto, disecado por el tiempo, la inanición, el insecticida que lo contaminó poco antes de haberse trepado a la cortina para huir de su propia extinción.

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