Diario Liminal

DIARIO LIMINAL | La fascinante indigencia

Mexicali, 24 de mayo (MaremotoM).- Hoy es la segunda noche, y no pasó nada. Aunque en realidad, han sido todas las noches desde hace buen tiempo. Prácticamente todas las noches llega. Pero no estoy seguro. Me refiero al señor.

Un señor que esculca las bolsas de basura.

Anoche lo vi. Vergonzosamente, lo confundí con un perro; salí de la casa y escuché detrás de las columnitas que cercan la entrada de la casa que alguien hurgaba entre las bolsas. El sonido daba a entender que se trataba de un perro. Chisto con los dientes para espantarlo, y cuando me dirijo al carro para salir, veo que se trataba de un hombre.

Muy probablemente de mi edad. Una vida distinta a la mía pero solo en unos grados de separación que por el momento no quiero reconocer. Ni mejor, ni peor, una vida ligeramente distinta, con las obvias, abrumadoras y siempre desesperantemente injustas diferencias económicas. Una persona de mi edad estaba de cuclillas frente a un grupo de bolsas abiertas. Hurgaba. Buscaba.

Todos realizamos ese acto. Buscar. Desde las palabras que podrán darle sentido a esto que escribo, hasta el amor de nuestras vidas, hasta la madre o el padre perdidos, hasta la cantidad suficiente de dinero como para salir de vacaciones o sentirse realmente rico y vivir en la opulencia, hasta el espíritu que divaga en nuestro interior, hasta la creencia en un más allá, hasta las respuestas que profieren sentido a la vida, el universo, el todo, lo que hacemos es buscar. Algunos buscan con mayor holgura, facilidad, pero sobre todo, tranquilidad. La tranquilidad de que lo que buscas no surge de un impulso por sobrevivir, por ponerte un trozo de pan seco en la boca, sino del simple hecho de que provienes de una condición social que te permite ese lujo ocioso que es el ocio.

Los demás, como este señor, buscan para subsistir. Para que el día de mañana tenga algo qué comer. No sé qué tan difícil sea la vida de este señor. Sé que es más difícil que la mía, mucho más difícil, mucho más reveladora de la injusticia social que mi condición, misma que, obviamente, lo que menos revela es una injusticia social y lo que más revela es mi afición por el vino tinto. Pero lo que sí sé es que este señor tuvo que recurrir a una labor que consideramos humillante. Limítrofe. Pero creo que para él todos los días son días igual de cotidianos que los nuestros. Normales para él, como son normales mis días de trabajo, y los de la señora que se levanta a las cinco de la mañana a preparar los tacos de guisado que venderá toda la mañana, y los del joven que estudia por las noches y por las mañanas atiende una tienda de autoservicio, desde el narcotraficante que despierta para lidiar –de las maneras tan dramáticas o espectaculares como queramos imaginar—con los pendientes del día, desde el político, el académico izquierdoso renegado con una columna en un periódico de circulación y/o difusión invisible, desde el carpintero, el talabartero, y así sucesivamente. El día de este indigente es el día normal de su vida. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, trabaja en algo que no consideramos digno. Consideramos que esta persona llegó hasta abajo, “tocó fondo”. Está en la ruina. Volteamos la cara cuando presenciamos algo así. O nos indignamos como buenos imbéciles e incluso criticamos la condición de aquellos que tienen que pedir dinero en la calle para comer. Desconfiamos de sus discursos y les llamamos artimañas. Las usan para convencernos, apelar a nuestra buena conciencia, con un relato a veces fantástico a veces abrumador a veces victimizante, para que nosotros aflojemos unas cuantas monedas.

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Hacemos lo mismo, nosotros, los que no tenemos que recurrir a buscar cosas de valor en una bolsa de basura para vivir. Puedo decir con toda la seguridad del mundo que ninguna de estas personas, indigentes, “personas en situación de calle”[1] tendrá la oportunidad de leer este texto. Y aunque podría dirigírselo a ellos, es demasiado poco probable que estas personas tengan el interés por alguien que se interesó en sus vidas, en sus circunstancias, y que no pretende señalar con el dedo de la moral o la injusticia social o la actitud reaccionaria absolutamente nada de lo que concierne a sus vidas. Simplemente pienso en ellos. Porque muchos, muchos de ellos, forman parte de mi vida. Y han sido tan eternos en la historia de la humanidad como las enfermedades y la melancolía.

Este señor busca basura que puede adquirir valor.

Visto de otro modo, busca valores. Esto es, objetos que pueda intercambiar, que posean el valor suficiente como para ser intercambiados por dinero.

Creo que tiene un sistema. Se estaciona en cada montoncito de la basura que todos los vecinos de la calle tiramos (como si fuera el reducto de todo un archivo de desechos que fuimos acumulando y que cuentan la historia secreta de nuestros deseos). Se pone de rodillas y abre las bolsas, mete las manos en la basura, probablemente ahí un pañal, probablemente acá orillas de pizzas, condones usados, cajas de medicina o de comida china enmohecida, sobras, envolturas y muchas, muchas botellas de plástico.

Es un sistema que sigue religiosamente todas las semanas, un ritual silencioso, para acumular valores que dejamos de lado, o que no exprimimos hasta sus últimas consecuencias. Malgastamos lo que gastamos: signo de los tiempos. Acumulamos cantidades enormes de basura al año, y estas pasan por un filtro que se dedica a recuperar el resto de valor que tienen las cosas que tiramos. El ciclo del capitalismo asume formas atroces.

Es que a veces me encontraba con que los perros hurgaban en la basura. Por eso confundí a este señor con un perro.

Este señor no es un perro. No es ni más ni menos que cualquier otro ser humano, aunque sí me gustaría vivir en un mundo donde las personas no tienen que buscar sustento en el desecho de los otros. Además, pienso esto: si este señor viniera de una condición económica mejor, probablemente estaría resolviendo problemas complejos en una empresa. Implementando sistemas para mejorar la productividad o reducir los costos a partir del aprovechamiento de los recursos. ¿Se fijan cómo funcionan las cosas?

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