Diario Liminal | Todos los pedos posibles y ninguno

Ciudad de México, 15 de abril (MaremotoM).- Probablemente fue a partir de Rabelais que existe la idea de que un pedo atorado puede llevarte a la muerte. Antes de Rabelais, los pedos eran inenarrables, comportamiento para futuros occisos. Un pudor oloroso ambientaba la historia antigua, derivado de civilizaciones que consideraban al pedo una suerte de inconsciente colectivo. Hay un pasaje en Gargantúa y Pantagruel, por ejemplo, donde Pantagruel se encuentra en una isla cuya gente no come más que puro aire y sufren de cólicos terribles, “pedorreándose mientras mueren, los hombres ruidosamente, las mujeres silenciosamente”.

Quienes conocen la obra de Gargantúa y Pantagruel, están en el entendido de que a los personajes principales les encantaba vivir de manera expansiva, comer y beber y festejar la sonrisa y la fantasía insólita de la perpetua aventura, la que en muchas ocasiones derivaba en el absurdo o posiblemente en la extinción. Islas habitadas por pájaros que una vez fueron humanos, conversaciones insólitas con personajes que sólo responden en monosílabos, el espíritu de moral humanista no necesariamente cristiana (tan vilipendiada por ese pensamiento de otra clase de flatulencia engendrado por Nietzsche), explayado en una serie interminable de viajes, que culminan con Rabelais, el narrador atrapado entre las muelas y el paladar del gigante, desde donde puede vislumbrar un poblado campesino en la región del esófago, rumbo al estómago, epicentro de la gasificación de esa cosa terriblemente humana llamada cuerpo.

Estos mismos conocedores están igualmente en el entendido de que este predicamento, su vida dedicada al goce, ponían a Gargantúa, a Pantagruel –y a Panurgo— en un perpetuo estado de alarma intestinal.

– ¿Alarma? Me pregunta el niño imaginario enseguida de mí mientras se quita sus lentes

– Efectivamente, chicuelo.

Sobre todo porque entienden que todos los pedos del mundo se reducen a uno, el estertor final de la muerte. En un pasaje del Quinto Libro, cuando Pantagruel llegó a la Isla de los Apedeftes, se encaminaron hacia un poblado llamado Odre, donde las personas estaban habituadas a desollarse para extraer la grasa de sus cuerpos porque no podían estar dentro de su piel. En una taberna cercana yacía el cuerpo del patrón, desollado hasta la revelación de sus entrañas desfondadas, que una vez reventadas expulsaron un ruido resonante que era el pedo de la muerte.

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No, querido T.S. Eliot, sí morimos de una explosión y no de un gemido. La explosión es el pedo, el último grito del cuerpo que expira.

¿A alguien le ha escupido diplomática pero agresivamente un becerro su boñiga cuando sus entrañas son abiertas? A mí sí. La vivencia no es abrumadora, es una gran lección, la gran lección rabelaisiana: la furia animal es también nuestra furia y nuestra furia es nuestro gas, alimentado de los dóciles excesos y las fiestas eternas, la poetización del dolor interno que revolotea encabronado al interior de nuestros cuerpos y que, al final de nuestros días, después de ese suspirillo vulnerable de la conciencia que deja de respirar, el cuerpo procede a expulsar sus entrañas, esto es, a expulsar el alma encabronada y contenida, a la que nunca le hiciste caso.

La historia de los pedos de nuestras vidas siempre se ha tomado a la ligera a pesar de su densidad. ¿Quién no ha dejado esos aromáticos fantasmas de nosotros mismos en las tazas de los baños o en las butacas de un cine, en los rincones de tiendas departamentales o en la fila del cajero automático, que es, de todos los espacios posibles, el mayor inductor de pedos en la vida contemporánea? Rabelais fue el único que se lo tomó en serio. Me refiero al humor escatológico, que es al mismo tiempo el humor que deriva del comportamiento de nuestras entrañas y las visiones flatulentas del fin de los tiempos. El pedo se antepone, se impone, incluso, a prácticamente todas las vicisitudes existenciales de sus personajes. Ése es su estado de permanente alarma. Ése es nuestro estado actual.

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