Chile

DIARIO LIMINAL | Vientos atrapados en las aristas de la rosa. Memoria de Santiago

Mexicali, 22 de octubre (MaremotoM).- Para Gabriel, Héctor, Gladys, Marcelo, Felipe, Pamela y Julio

Quisiera autoproclamarme en estos momentos ciudadano honorario de Santiago de Chile. Un derecho propio que nada tiene que ver con la condecoración pero sí con la experiencia. Viví dos años en esa ciudad, 2004 y 2005. La respiré, me tropecé en sus baldosas y con los rostros meditabundos de su gente. Caminé por sus calles en forma de espiral, subí las escaleras para llegar a la cima de cerros, deambulé por sus comunas, me encandilaba por las tardes de domingo en las calles de su centro, entre gitanos y estatuas vivientes, distraído, divagante, mientras componía y recomponía el sentido de mi vida, el ruido afónico detrás de su melancolía. Los días pasaban como nubes cargadas de lluvia, pesados, amenazadores, donde aprendí a transitar invisible y a borrar mi sonrisa. Las noches permitían que surgiera un yo clandestino, encabronado y en eterna fuga. Me enamoraba en silencio de la ciudad, en privado, me desenamoraba del mismo modo, para repetir el ciclo una y otra vez.  

El murmullo de mis divagaciones y afectos, la huella de mi memoria, se quedaron atrapados en aquel rincón donde solía posar para pensar en la realidad, en aquella ventana de aquel departamento en el tercer piso, en aquel edificio en una esquina, frente al Parque Bustamante, en cuya azotea se mantiene, hasta la fecha, un enorme anuncio de neón, que en las noches se enciende para mostrar la silueta de una botella, que sirve perpetuamente simulaciones neonescas de vino espumoso en una copa, con la leyenda “Y hoy… ¿por qué no?” Un mantra accidental para mi relación con la escritura. (Y con la bebida).

Santiago fue el escenario de una época de mi vida en la que aprendí a estar solo en una ciudad desconocida. Divorciado al inicio de mi trayecto, en suspenso laboral, concentrado en mis estudios de posgrado, en una vida contemplativa llena de lecturas y un tiempo de ocio suficiente como para dejarme deambular, viví un autoexilio: el autoexilio de un cuico mexicano, semi-ilustrado y de verbo inquieto, que se pone cara a cara con una ciudad, una forma de ver el mundo que me ayudó a entender cómo se vive en un pueblo politizado y en constante resistencia, una vida acompañada por la poesía y donde los narradores nos volvemos ciudadanos de segunda clase, acompañada por la carcajada que nace en el colon y el llanto que se aprieta en los pulmones, acompañado por el refunfuño hacia la historia, la sospecha hacia las instituciones, cuyos conflictos no concluyen en ironía derrotista sino en acción concreta, en el reconocimiento de que el otro somos todos, incluyendo al enemigo. En esos dos años, vi marchas y manifestaciones de estudiantes, miles de cabros uniformados, de doce y quince años, tomando las calles, con la innegable convicción de que son fuerza y nadie va a poder subyugarlos. En esas ocasiones, pude percatarme que siempre ganaban. Pero no del todo.

Vi todos los Santiagos posibles durante mi vida allá. Sitiado en su epidremis, pude entender que esta ciudad es una larga herida alojada por unas cordilleras majestuosas. Sus venas abiertas, el río Mapocho. Su avenida principal dos nombres y se extiende a lo largo de toda la ciudad: inicia como Alameda y continúa como Providencia. Yo vivía en medio, en la Plaza Baquedano, donde confluyen todos los espectros del chileno santiaguino: de aquí para allá el chileno de las comunas populares (“de población”, les dicen por allá) y de aquí para el otro allá las comunas aspiracionales, las que van ascendiendo hasta llegar a esa cúspide, al epicentro del progreso, el Santiago aparentemente cosmpolita, donde pululan las franquicias y corporaciones transnacionales, los restaurantes de lujo, las boutiques de ocasión, los tours de viñedos caros, las calles con iluminaciones especializadas, los nombres en inglés y donde “no encontrarás más que lo mismo que tú ya conoces en otras ciudades”, como me dijo el profesor que me sirvió de guía en la Universidad de Chile.

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El punto de encuentro es Baquedano, en honor al General Manuel Baquedano, en algún momento presidente de Chile y un recordatorio de que este país latinoamericano forjó en sus entrañas una casta militar poderosa que se adjudica un peldaño alto en la escala social. Este punto de encuentro, por lo tanto, no solo es el lugar donde concluyen los dos Santiagos, los dos Chiles, sino que también es su simbólico campo de batalla.  

Desde ese lugar emprendía mis caminatas, no para conocer la ciudad, sino para desconocreme en ella. Para desconocerme una noche, rodeado de cientos de chilenos en los campos de la Universidad de Santiago, mientras Álvaro Henríquez, con su banda Pettinellis, los convocaba a gritar “¡El que no salta es Pinochet!” una y otra vez, los pies cimbrando el suelo, aplastando las cajas Tetrapack de vino, arrojando el humo de un descontento que jamás desapareció. Me desconocí muchas veces y de maneras similares. A veces en una sala de cine que proyectaba Tiempos modernos  el día del trabajo, a veces en una peña rodeado de posters de algunos héroes de la izquierda histórica. A veces enfrascado en discusiones potentes sobre marxismo y religión, a veces cosiendo los trozos de nuestros corazones rotos, sentados mi hermano Gabriel y yo, en las bancas del Parque Bustamante, ignorados por el mundo, a veces sentado en el rincón de un bar, llamado Clandestino, en cuya página escribía crónicas de mis días por allá y donde germinó la idea de mi novela, En los tiempos de la ocupación, que narra la historia de un pueblo sustituido por otro, forzosa o accidentalmente, para ser la mejor versión posible, la que quiere el sistema, la que quiere el progreso. Common People de Pulp sonaba en las bocinas aquella noche, docenas de chilenos saltando encabronados y felices a la vez.

Son los mismos chilenos que hoy en día salieron a las calles, el desenlace de una ciudad, en donde el “Baquedano de allá” se encuentra cada vez más lejos, más distante, del “Baquedano de acá”, donde los mismos políticos de ambos lados del espectro ideológico (Bachelet da paso a Piñera que luego da paso a Bachelet que luego da paso a Piñera) representan el final de la narrativa política, el lugar donde se perdió el hilo del relato y donde el autor principal es, finalmente, el capital internacional, tan dispuesto a cerrar filas y desplazar pueblos, incitar al descontento y convertir la vida contemporánea en un campo de batalla. En estos momentos la historia de Chile regresa con sus humos y sus vientos, con su espectro funesto, para decirle a su pueblo, sutil y endemoniadamente, “Y hoy… ¿por qué no?”

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