Santa Evita

DIARIOS DE LA PROCRASTINACIÓN | Pierdo el tiempo y no veo Santa Evita

Otra cosa atípica de la semana: fui a donar sangre y con la cinta que me pegaron en el brazo me borraron parte del tatuaje. Cuando vi cómo había quedado me sorprendió que Maradona quedó algo extraño, la cinta le amputó la cara, pero los rulos y el cuerpo con la camiseta albiceleste siguen ahí.

Ciudad de México, 30 de julio (MaremotoM).- A la 1 AM pienso que puede ser una buena idea ver el primer capítulo de Santa Evita. Veo que dura 45 minutos, estoy despierto y mañana no tengo que levantarme muy temprano. No está mal dormirse a las 1.45 AM. Pero lo descarto, mejor dormir ahora y ganar una hora de sueño. Nunca se sabe a qué hora se puede despertar mi hija.

A la 1.34 AM sigo con el teléfono en la mano. No podría definir qué estuve viendo, las vidas de algunas personas en Instagram, las opiniones, reflexiones y desvaríos de otras tantas personas en Twitter. Esa nada de contenido que acabo de consumir transcurrió durante casi el mismo tiempo que hubiera durado el primer capítulo de Santa Evita.

Hace un par de semanas publiqué esta nota sobre unas declaraciones que una revista argentina le inventó a Paul McCartney. En la supuesta entrevista, le hacían escuchar artistas argentinos y Paul los destrozaba a casi todos “No me gusta el rock de los argentinos”. A la semana siguiente, la revista 10, que edita Perfil, insistió con el tema: era una segunda parte en donde le hacían escuchar otros ocho artistas. Paul volvía a ser crítico con casi todos (menos con el Negro Rubén Rada). La tercera nota era la respuesta de los argentinos.

Una farsa que duró tres semanas. Pero lo que quiero contar es que mientras producía la nota intenté contactar al fotógrafo que había hecho las fotos. Se llama Homer Sykes y es bastante capo, tal como se puede ver en su catálogo personal y en la entrada en Wikipedia.

Después de algunas semanas, Homer me respondió muy gentilmente. “Thanks for getting in touch”, arranca.

Me cuenta que las fotos las sacó para MPL (MCartney Productions Limited) y que ellos tienen el copyright de las fotos. Que en la sesión estaba él, Paul McCartney y George Martin. “No one else was there, as far as i recalll, certainly no journalist”.

Fui a un casamiento, me hice un tatuaje de esos que se remueven a los pocos días. Aunque no se remueven solo con el baño, creo que hay que ponerle alcohol o algo más. Me hice una foto de Maradona en el Mundial 86 en el brazo, pero no entiendo si está al derecho o al revés. Es decir, si lo veo desde mi punto de vista Maradona está cabeza abajo. Pero si se lo muestro a alguien está bien. Estuve toda la semana con esa disyuntiva, pensando en la ubicación y la disposición del tatuaje, en lo que me costaría hacerme uno definitivo. ¿Cómo alguien puede tomar semejante decisión? Yo no podría.

Otra cosa atípica de la semana: fui a donar sangre y con la cinta que me pegaron en el brazo me borraron parte del tatuaje. Cuando vi cómo había quedado me sorprendió que Maradona quedó algo extraño, la cinta le amputó la cara, pero los rulos y el cuerpo con la camiseta albiceleste siguen ahí.

A la mañana había leído la noticia de que Passarella tenía una enfermedad neurodegenerativa, que estaba como perdido, irreconocible.

Me impresionó esta sincronía entre el tatuaje y Passarella. Y además recuerdo que en la mochila tengo un libro de Guillermo Vilas que escribió Luis Vinker, porque lo vamos a entrevistar en la radio.

Hay una tanda de deportistas de los años 70 y 80 que fundió la máquina, perdió la cabeza, quemó el CPU. No dejó de impresionarme la coincidencia y pensé entonces en la sangre que dejé y en mi cuerpo que está renovando el líquido.

La leyenda de Mick Jagger: cada tanto va a una clínica en Suiza y le cambian toda la sangre. Me gustaría hacer eso: que me cambien la sangre, una metáfora de renovación.

Para la vuelta a mi casa me había hartado de los podcast que recomendé la semana pasada (aunque los sigo recomendando), me puse a leer las últimas noticias con los cambios de gabinete y se me vino una frase de Charly García: “Todo se construye y se destruye, tan rápidamente”.

Lo siguiente es poner la canción que contiene esa frase y escucharla tres o cuatro veces seguidas: en el subte, en los pasillos de la estación, mientras camino con una tanda de gente que no conozco, todos alienados con el mismo rumbo. Y salgo del subte y camino por Avenida de Mayo, por Tacuarí, y Charly hace unos juegos con la melodía y con los tonos que son increíbles. Yo no sé de música, no sé de notas, tampoco me gusta analizar la música con esos parámetros, pero en esta canción está claro que hay un cambio, va para arriba.

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De repente siento que todos los que vamos caminando por la ciudad podríamos estar escuchando esta misma canción. Me pregunto qué quiere decir la letra, qué es parte de la religión, qué quiere decir desvestirse tan lésbicamente.

La canción va para un lado y termina en otro, como si Charly hubiera salido para Mar del Plata pero en Dolores dobló para Pinamar. Parte de un plan dentro de otro plan.

No voy a decir nada nuevo, pero cerca del final de su parte creativa, Charly compuso “Chipi-Chipi” una canción en apariencia ingenua (quizás por el nombre medio inocente), pero que tiene un verso fundamental, como si hubiera llegado a entender su método al final del recorrido.

Acá viene lo obvio que quiero decir: Charly canta “yo solo tengo esta pobre antena, que me transmite lo que decir” y también dice “la canción sin fin”.

¿Qué quiere decir eso? Lo primero es obvio y definitivo, pero ¿la canción sin fin? La canción que sale para Mar del Plata quizás no termina en Pinamar.

A Vilas se le quemó la antena. A Passarella seguramente también, a los pocos días la familia primero y después él mismo saliendo a desmentir la información. Pero no confiaría en un vanidoso. Yo creo que miente. Y tiene razón.

¿Cuál es mi ruta, mi camino? A veces me pregunto qué hago escribiendo cuatro o cinco notas para cumplir con las métricas. Pienso todo el tiempo en mi amigo El Perro, lo que me gustaría poder preguntarle cómo hacer para inventar un bot que haga click en mis notas, hackear el sistema no con el talento (como para hacer una buena nota) sino con la trampa, tirarme en la cama a descansar mientras los clicks se acumulan en los informes de productividad de mis superiores.

El Perro tenía siempre la cabeza puesta en esa dirección, tenía la inteligencia para brillar pero la usaba para transgredir. No iba a Mar del Plata ni a Pinamar, él sobrevolaba toda la costa.

O el otro gran desafío, contar historias, que las historias aparezcan en google Discover, cómo mierda hacer para hackear el algoritmo, para encontrarle la vuelta. Dónde está la antena de Google, qué canción hay que escribirle. Ya estoy un poco cansado de todo eso.

En los casamientos me gusta escuchar la carta de San Pablo a los corintios, esa que en el estribillo dice “el amor no pasará jamás”.

 

  1. Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.
  2.  Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
  3.  Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada

Estos seis minutos de Charly en un programa en Chile son gloriosos. Charly está en un estado de gracia total, toca una intro hermosa, juega con sus propias canciones, se prende con los músicos de la banda estable del programa, hace una versión increíble de un tema un poco olvidado como “Say no More” (se recuerda más al concepto que a la canción), más un momento final maravilloso en el que el conductor, el periodista deportivo Pedro Carcuro, le pregunta “Le estás peleando a la droga, Charly?”. Solo vale la pena ver el video para encontrarse la cara que pone Charly. “¿A la droga?”

No sé muy bien cómo llegué hasta acá, si pensaba que no tenía nada para decir y acá estoy hablando de lo que se lee en las iglesias, yo que ni bautizado estoy, otra vez escribiendo hasta las 2 de la mañana. No sé muy bien lo que quise decir y cómo fue que algunas ideas se fueron enlazando. Pero lo hice otra vez, como si fuera un ritual semanal que me resisto a abandonar, una o dos horas semanales de escritura. O de terapia.

Dejamos acá.

Pongo las formas de colaboración con el newsletter pero más de compromiso que otra cosa. Pienso que el que llegó hasta acá después de leer todo este texto y sigue con ganas de colaborar está con serios problemas de drogadicción o alguna otra sustancia que se vende en las farmacias.

Gracias por la lectura de cada semana y por las recomendaciones que hacen en redes sociales (soy @diegogeddes en Twitter e Instagram, así es como pierdo el tiempo y no veo Santa Evita). Me ayuda mucho para que esto crezca cada semana un poquito más.

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