Diego El Cigala

Diego El Cigala consigue la nacionalidad mexicana en el Auditorio Nacional

Cuando entró La Sonora Santanera, el público ya estaba rendido, no sólo con las sorpresas de un espectáculo que pudo salvar los defectos del vivo y de tantos artistas que iban y venían por el escenario, sino también por la entrega total de Diego El Cigala a un país al que viene hace más de 20 años.

Ciudad de México, 6 de mayo (MaremotoM).- Siempre he visto a El Cigala cuando viene a México, he disfrutado su voz como un cántaro que nunca se acaba y a veces he visto su incomodidad en el escenario, su tratar de buscar otra cosa más allá del momento.

He sufrido mucho el fallecimiento de Amparo Fernández y sus posteriores abusos a su ex mujer Kina Méndez han demostrado que estar cerca de él no es nada fácil.

Siempre, de todos modos, me reconcilia su interpretación y su manera de imponer sus ideas musicales más allá de las ideas de Javier Limón y otros santos productores que andan por ahí.

Testigo y esbozo de sus sueños es Jaime Calabuch “Jumitos”, un catalán de Paseo de Gracia, que recrea las aspiraciones del cantante y que supo hacer el disco Cigala & Tango, que hoy es un clásico en Argentina.

Hace poco escribí una nota para la revista El País donde le hacía una entrevista a Diego y decía: “No canta mal las rancheras el Cigala. Ni los tangos. Ni las salsas. Ni el arroz con leche. Ni el happy birthday. El Cigala es casi como Dios: hasta la cuenta de la tienda de abarrotes puede cantar afinado.

Eso sí: cuando quiere ser Camarón y entona con humildad y perfección la Nana del Caballo Grande, de Federico García Lorca, el Cigala logra lo imposible: sentarse a la derecha del de la Isla, ahí al ladito, en la misma cima, idéntico nivel.”

Ahora bien, cantar tango es casi como cantar flamenco. No le voy a quitar ningún mérito a ese trabajo y a esa manera de llevarnos desde Gardel hasta Piazzolla como si fuera andar por su casa, pero poner la garganta en la nutrida, variada y célebre música mexicana, es otra cosa.

Diego El Cigala
Con Los Macorinos, sus invitados. Foto: Cortesía

Aquí no vale Camarón ni el flamenco ni el tango ni Carlos Gardel. Precisamente por eso, la música mexicana es tan grande, junto con la de Cuba y la de Brasil: saben vivir por sí mismas. Eso es algo que le comentaba a Niño de Elche, que los españoles se maten por ver si el flamenco es puro o no, fuera es donde se ve hasta qué altura llega el flamenco.

Por eso amamos desde Rosalía (una chica de su tiempo ¿o se va a poner a cantar con un vestido largo de lunares?) hasta el todavía vanguardista Enrique Morente (1942-2010) y claro que amamos todos los errores y aciertos que ha venido teniendo Diego El Cigala a lo largo de su carrera.

Diego es el instinto y con ese valor ha recorrido con gran humildad la música mexicana.

“Ahora no canto lo que no me gusta, las cosas me van bien, soy un cantante esencialmente flamenco y siempre que me acerco a otros géneros, como este caso, lo hago con mucho respeto”, es su voz.

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“Llevo quince años interpretando bolero y el flamenco lo traigo desde que me levanto hasta me que acuesto, pero el mariachi ha sido toda una sorpresa porque no me ha sido complicado. Todo ha salido del alma, muy natural. Además, la poesía de la que hablan estas letras me apasiona y me he sentido como pez en el agua haciendo este álbum”, dice.

El disco, bien, pero hacía falta la actuación en vivo y ver cómo Diego se acoplaba a ese gigante de la música nacional.

Con Los Macorinos, Los Panchos, La Sonora Santanera y el mariachi Gama Mil, acompañado por esos increíbles intérpretes, El Cigala se hizo dueño de un escenario tan exigente como el del Auditorio Nacional (increíblemente renovado para esta nueva etapa pospandémica).

Inició con el tema “Arrepentida”, al lado de su cuarteto, encabezado por Jumitus, con un contrabajista antológico (una pena no saber el nombre, la verdad) y un piano que evocaba a Bebo Valdés (1918-2013), su gran artífice musical, sumados a una sesión de percusión con tambores y un plato que, increíblemente, no usaba escobillas.

Todo fue percusivo en la propuesta del Cigala, vestido con un traje a rayas, con una silueta alejada de su juventud y bebiendo whisky todo el concierto, con esas joyas de oro que demuestran su poderío gitano y su carácter cultural, muy alejado de los nuevos tiempos, tanto así que todos en el escenario fueron hombres.

La interpretación de “Lágrimas Negras” (muy diferente a la original, probablemente porque la garganta ya no tenga la potencia juvenil, aunque va ganando en expresión) recreó el solo de piano de Bebo Valdés y fue, claro, muy aplaudido.

El Mariachi Gama Mil con “Soy lo prohibido”, “Somos novios”, “La gata bajo la lluvia” y Se me olvidó otra vez”, con Los Macorinos “La media vuelta” y “La llorona”, esta vez la apoteosis y la prueba certificada de que El Cigala pasó la prueba. Si pueden, si pasan el concierto por alguna plataforma, escuchen “La llorona”, donde el cantante se apoya en Chavela Vargas, en esas cosas que tienen los intérpretes de reescribir las canciones para su gola.

“Te quiero, te quiero”, “Cóncavo y convexo”, para esperar al Trío Los Panchos (qué buenos siguen siendo), con los que cantó “Si tú me dices ven” e “Historia de un amor”.

Cuando entró La Sonora Santanera, el público ya estaba rendido, no sólo con las sorpresas de un espectáculo que pudo salvar los defectos del vivo y de tantos artistas que iban y venían por el escenario, sino también por la entrega total de Diego El Cigala a un país al que viene hace más de 20 años. Con la Sonora Santanera hizo “Perfidia” y “Dos gardenias”.

“Inolvidable”, “20 años” y “Corazón loco” fueron las interpretaciones que vinieron hasta que el cierre fue con el mariachi, donde Diego El Cigala volvió con un traje de charro, negro y dorado.

“Vámonos”, “Adoro”, “La nave del olvido”, “El rey”, “Como quien pierde una estrella” fueron las piezas donde los ángeles fueron Armando Manzanero, José Alfredo Jiménez y Roberto Cantoral. Además de dominicano, ayer Diego El Cigala consiguió la nacionalidad mexicana.

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