La abuela

DIONISIO SIN MALETAS | Apesta la peste

Cuenta la abuela, rescatando el ayer, que los bailes se volvían desazón. Ver bailar, mirar pasar, disfrutar que los demás disfrutaban. El vestido escogido con gran cuidado durante la semana apenas se ensuciaba. Regresaba a casa sintiendo que, a pesar de haber estado entre un mar de gente, había pasado la noche completamente sola.

Ciudad de México, 8 de mayo (MaremotoM).- …a Saint Mercoledì Ayer hablé por teléfono con mi abuela de 91 años. Entre sueños confundidos con recuerdos, la memoria de la quimera, me contó de aquellos días en que iba al baile pero nadie la invitaba a zapatear ya que, al otro extremo del salón, “cuidándola” con la mirada, estaba un tímido general del ejército con fama de matón y de mal bailador. Consciente de su limitación, ni él mismo convidaba a la abuela a danzar y su reputación se encargaba de que nadie se hiciera el valiente. El muy canijo la poseía sin poseerla.

Cuenta la abuela, rescatando el ayer, que los bailes se volvían desazón. Ver bailar, mirar pasar, disfrutar que los demás disfrutaban. El vestido escogido con gran cuidado durante la semana apenas se ensuciaba. Regresaba a casa sintiendo que, a pesar de haber estado entre un mar de gente, había pasado la noche completamente sola.

Al colgar con ella, después de muchos besos, pensé en aquellos tiempos distantes más no distintos; vivimos días sentados en casa mirando la vida pasar, sin poder bailar con la primavera porque hay un virus matón que nos ha postrado en la solitud de la abuela.

La abuela
Ayer hablé por teléfono con mi abuela de 91 años. Foto: Alejandro Cardenas

La RAE define solitud como un lugar desierto, falto de compañía. Diferente a soledad, que es la carencia voluntaria de estar con algo o alguien.

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Vivimos días de estar sentados. Arrinconados, con miedo de lanzarnos a la pista de baile que es la vida. Estamos aprendiendo a dialogar con doña Zoom, ver a los ojos de la vecina Instagram y a hacer el amor con don YouPorn. Estamos rodeados de comunicación pero no de diálogo. La vida se ha vuelto, de repente, un monólogo llamado Covid.

Cuando todo esto termine, o por lo menos, cuando la pandemia nos deje respirar o de plano nos sea indiferente, presiento ya no sabremos danzar: las empresas habrán logrado adecuarse al teletrabajo porque así les conviene; tomarnos de la mano, abrazarnos, será un riesgo no querremos tomar ya que saludar significaría la posibilidad de contagio de un virus que, aunque desaparezca, seguirá en nuestras mentes por un largo tiempo. Los besos sabrán a cubrebocas.

Me gustaría que la filosofía Žižek encerrara razón: saldremos a una nueva era de colaboración global como un acto racional que nos salve, una época de comunidad luego de la tormenta. Pero me temo que más bien seguirán los días Byung-Chul Han, donde el capitalismo será aún más salvaje de la mano de regímenes autoritarios, aprobados por nosotros mismos en aras de mayor seguridad, al ejemplo impuso Corea del Sur: vigilancia digital, teledoctores por doquier, control policiaco con tal de sentirnos a salvo y saludables. El Big Brother en Un Mundo Feliz.

El General Covid nos aísla e individualiza. Estamos en la pista bailando con nadie.

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