DIONISIO SIN MALETAS | Mérida, 19:20 hrs.

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Yucatán, Mérida, 6 de mayo (MaremotoM).- Mayo, Yucatán, 37 grados centígrados a la sombra, el calor absorbe, se palpa, se goza, se sufre, se mete por los poros y queda dentro, como queriendo anidar, abrasando y abrazando. La única forma de sobrevivir es adentrarse en alguna cantina del Centro Histórico, pedir una cerveza que se evapore en nuestro interior, dejar que la mente siga en su letargo, no pensar sólo sentir. La primera chela sabe a agua, la segunda empieza a moldear el pensamiento y me lleva a alguna nostalgia. La música resuena, alguna bachata, alguna gente baila, algunos dormidos con ojos abiertos. Son sólo las siete de la tarde mientras Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara se consume en el tráfico de regreso a casa, pero acá no se pregunta qué hora es, porque acá el tiempo es otro: más que manecillas de reloj, el tiempo aquí es un estado de ánimo.

Cae la tarde, regreso a casa, mosaicos como puzzle adornan los pisos de estos antiguos hogares. Fumo un cigarrillo, el teclado de Manzarek y compañía resuenan en lo alto de los techos. El efecto me anima a subir a la azotea para atestiguar la caída del sol, inmenso, alcanzable, carmín que se puede tocar, las llamas alrededor, las ondas de calor acariciando las sienes. El bufar no cesa, parece querer ser eterno.

Allá, abajo, la vida sigue, el ruido que aturde, decenas de camiones, los ojos de las mujeres, la piel morena de todos nosotros, el olor a sudor, a basura aún sin recoger, a miados de perro, a mercado, a deliciosos panuchos, sopa de lima, acento yucateco, lo maya vive, florece, enaltece, sonidos sin fin, Café Tacvba se entremezcla con José José y al final, si uno pone atención, bien al fondo del caos se puede escuchar a Ricardo Palmerín cantar:

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Peregrina que dejaste tus lugares

los abetos y la nieve, y la nieve virginal

y viniste a refugiarte en mis palmares

bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical.

Ni una montaña estorba el ocaso. Si acaso, algunos edificios de mediano tamaño, pero uno puede ver la línea horizontal sobre la que cae el día y es entonces cuando me cuestiono la jornada, lo que se hizo pero sobre todo, lo que se dejó de hacer. Las oportunidades perdidas, los logros palpables, los sueños estando despierto, los seres queridos, la vida yéndose de a poco, mis primeras canas, algunas arrugas, cansancio a deshoras, hartazgo ante algunos, una panza que no se va, más quimeras que realidades, sueños guajiros, la soledad, los amores perdidos, la caída de mi sol.

En un último suspiro, una parvada que pareciera perdida sobrevuela la azotea. La sigo con la vista y entonces, del otro lado del cielo, veo el inicio de la salida de la luna llena que, al recibir los últimos rayos solares, se pone naranja naranja, como una pelotota, entonces, los gallos, confundidos, cantan el amanecer.

Fotografía: Lorenzo Hernández /  instagram.com/lorenzochp

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