Dionisio sin maletas | Nirvana

…a César.

 Cuernavaca, 6 de abril (MaremotoM).-Octubre de 1991, Monclova, Coahuila. Estaba por cumplir los 16 años. Cursaba secundaria en un colegio católico que sólo admitía varones. Los hermanos lasallistas imponían valores con mano de hierro los más de los días y con mucha esperanza los menos. El norte del país era entonces una basta región en la que uno podía explorar sin miedo alguno y en la que los amigos significaban el todo. Las montañas, ir de pesca, descubrir el alcohol, la carne asada y soñar cómo algún día nos atreveríamos a hablarle a alguna amiga de alguna hermana de alguna conocida, eran nuestras charlas. Así los días, las largas noches. Así corría el lento andar del tiempo en el semidesierto.

Con la familia, de vez en vez, viajábamos a la frontera gringa y, en una de esas, mis padres compraron un gran stereo modular, color madera, ¡con capacidad para reproducir en fila 6 discos compactos! Allí escucharían a Beatles, Los Panchos, Creedence y Leo Dan. A pesar de ‘tal avance tecnológico’ yo no imaginaba dejar atrás mi época de prestar oídos a la radio, esperar el momento adecuado para, casete virgen dentro del modular, oprimir ‘record’ y grabar lo mejor de Guns N’ Roses, Metallica y Mötley Crüe. El rock en español, en el norte, entusiasmaba menos. Soda Stereo y Caifanes nos parecían faltos de coraje, demasiado melódicos para unos morritos con tanta furia encerrada.

Elegí mi primer CD por su portada. Un bebé nadando intentando atrapar una carnada: un billete de un dólar. Me pareció, por decir lo menos, una carátula que irónicamente criticaba el sistema gabacho. Llegar a casa y poner el disco, subir el volumen y escuchar los primeros acordes de “Smell Like Teen Spirit fue electrizante.

La carrasposa voz de Kurt Cobain, de apenas 24 años, sus letras llenas de desesperanza, el poder de su música; un bajo, una batería y una guitarra que se contraponían al glamour rock, al status quo, al maquillaje, a la forma en que la industria manejaba la música hasta ese entonces, fue un cóctel que hizo eco en mi generación.

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I’m so happy because today

I’ve found my friends

They’re in my head

I’m so ugly, but that’s okay, ‘cause so are you

We’ve broken our mirrors

Sunday morning is everyday for all I care

And I’m not scared

Light my candles in a daze

‘Cause I’ve found god..”

Luego del boom Nirvana, todo cambió. La forma de vestir, de plantarse ante la autoridad familiar, escolar, policial. Los sociólogos le llaman Generación X pero nunca me convenció la etiqueta. Más que desesperanza lo que hubo fue un quiebre con los ’80 y su materialismo. Una nueva forma de ver la vida de una generación que, unida por MTV, empezó a darse cuenta que la vida no era color de rosa. “Nadie muere virgen… La vida nos jode a todos”, atinó a decir Cobain.

Ayer, viernes 5 de abril, se cumplieron 25 años del suicidio de Kurt. 1994 fue un año convulso. La tarde en que me enteré de su deceso estaba yo más preocupado por los días post-Colosio y siguiendo con ilusión al Zapatismo. No puse mucha atención a pesar de que Nirvana era mi banda favorita. Imagino que fue una especie de cerraron al sentimentalismo ante un tipo, pensaba yo, no debería ser tan importante. Sin embargo, 25 años después, le escribo que gracias por las sesiones de ojos cerrados, auriculares a todo volumen encerrado en mi cuarto escuchando Nevermind que me decía que “a veces, por muy alto que pongas la música, sólo puedes escucharte a ti mismo”.

https://www.youtube.com/watch?v=6wJYZcmxAF4

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