DIONISIO SIN MALETAS | Retrato de una familia disfuncional

…a mi güelita Zoila.

Cuernavaca, 20 de abril (MaremotoM).- Recién se cumplen cien años del asesinato de Zapata. Fieles a lo excéntrico, evocamos a nuestros caudillos en el día de su muerte, no así en su natalicio. Les recordamos por sus afrentas bélicas, menos por sus venturas. Idolatramos al General, no al campesino Emiliano Zapata.

Cuando niño me maravillaba la cubierta del Sgt. Pepper’s…, de los Beatles; podía pasar las horas intentando imaginar la historia de cada uno de los personajes que aparecen en la portada del disco. Esa misma fascinación infantil conservo al observar la postal histórica de Villa y Zapata en Palacio Nacional. Agustín Víctor Casasola capturó a un Pancho Villa relajado y quizá dicharachero, bromista como todo buen norteño, dueño del momento, señor de la casa, infantil travesura del momento. En contraparte, Zapata es reservado, algo incómodo y como deseoso de ocupar otra silla, quizá la del cuaco prieto azabache que le llevaría de regreso al terruño morelense. Cuentan los más viejos que antes de tal fotografía hubo un sutil momento de desencuentro a propósito de quién debía sentarse en La Silla, bañada en oro, con un águila real como símbolo de poder y decenas de epígrafes acordes a los que se sabían dueños del país. Zapata, dicen los que saben, se negó a ocupar tal lugar que “vuelve distinto a quien se sienta allí”, quizá es por ello que en la imagen le vemos postrando, tímidamente, su brazo en la Gran Silla.

Pancho Villa viste de militar con botas altas de montar y tiene un sombrero plano de alto rango sobre su pierna izquierda. Emiliano Zapata anda de caballerango, con sus pantalones ceñidos de charro recubiertos de botones bañados en plata. Su hosco bigote ranchero será el símbolo de la tierra para muchas generaciones de mexicanos. De piernas cruzadas, Zapata sostiene un puro entre sus dedos apoyándose en un sombrero de gran copa, símbolo del Ejército Libertador del Sur.

A un lado del General Villa, Tomás Urbina descansa sobre su rodilla un sombrero de expedicionario, cual conquistador europeo en Kenia, mientras recarga plácidamente su mano anillada sobre el lateral presidencial. De vendaje en la cabeza, producto de la guerra, Otilio Montaño tiene ojos que están en otro lugar, en otro momento, en otro espacio en otro tiempo, con otra gente. El temerario Rodolfo Fierro tiene mirada de halcón. Está a la extrema derecha de la fotografía, justo al lado de un reportero de gafas redondas. Parte del Estado Mayor del General Villa, Fierro pasó a la historia como el hombre de las mil muertes. Tiene rasgos de lince y manos como cuñas. Cuenta la abuela que murió ahogado intentando rescatar un tesoro robado. Platica también del día en que el ejército de Villa debía abandonar la zona donde recién habían luchado, entonces, un tímido lugarteniente le informó al General que la tropa “no cabía en los vagones del tren”. Pancho Villa, sin pensarlo dos veces, dio la orden de fusilar a todos aquellos que no cupieran en los furgones. Por arte de magia el tren entero partió de regreso a casa atiborrado de villistas vivitos y coleando.

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Dos niños se encuentran inmersos en un mar de gentes. Uno de ellos, en una toma posterior, cerrará los ojos ante el fulgor del flash de magnesio. Más allá no se sabe mucho. Quizá siguieron “a la bola” en la Revolución, quizá regresaron a casa, quizá hoy día uno de ellos aún vive, es un enclenque viejecillo de algo más de cien años que vive en Tepito, come frijoles sin salsa cada día y gusta de contar historias a los más pequeños del barrio, relatos que nadie cree pero que entretienen, como aquel que cuenta del día en que se tomó la fotografía posando justo detrás del General Pancho Villa. Nadie cree que fue él quien le hizo reír con sus grandes orejotas y su carilla de sonámbulo. Nadie cree que horas después de esa toma fotográfica su madre le recriminó el haber tardado tanto en traer las tortillas a casa.

La postal resguarda personajes de fábula: un gringo loco, un viejo sepulturero, un inglés sin más chiste que su cara, un fantasma en vida, un hindú, un güero como zombie, una única mujer revolucionaria justo a la mitad de los generales Villa y Zapata. Rostros morenos, negros, rubios. Sombreros anchos, pequeños, amplios con alas como zopilotes. Miradas de antaño, de ayeres y futuros soñados, de un México que creían construir y que por desgracia hoy pareciera estar aún cien años atrás, como viendo si por fin el pueblo ocupa La Silla o tenemos más de lo mismo y, entonces, habríamos que pensar de nuevo en ocupar esa condenada silla.

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