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DIONISIO SIN MALETAS | Tempo yucateco

El tiempo está de nuestro lado. El tren no pasará. Aunque el relámpago ciegue, somos el trueno que viene.

Ciudad de México, 3 de julio (MaremotoM).- Descalzo sientes el césped. Los pies respiran la tierra que te hace cosquillas. Sentado en la vieja mecedora de alguna abuela maya, tus dedos juegan con el intrincado vaivén del zacate mientras los mosquitos tienen un festín. La noche está cargada de estrellas pero tú estás enfrascado en una conversación y lo ignoras. Entonces acude un tenue viento que interrumpe la atención, resopla acariciando tu rostro y te obliga a ausentarte de las voces, a levantar la mirada y atestiguar al mundo moverse.

Admiras el cielo, allá, a lo lejos (piensas), a lo cerca (sientes).

Repleto de estrellas infinitas, puntos como lunares en la espalda de una amante añorada, las manos de mi abuelo, las pecas en el rostro de algún niño, constelaciones con nombres tan viejos como el deseo por saber qué hay allá, en ese espejo sideral nos observa…

…luego vienen los nubarrones y su lento pero envolvente andar.

Oscuras nubes que cubren al manto estelar. El viento arrecia y da paso a los primeros relámpagos, la furia contenida, el orden del caos, fijas tu mirada en un punto ciego en el que invariablemente llegará el resplandor, luego… luego el trueno. Haces una pausa y algo te lleva a la niñez, al momento exacto en el que te diste cuenta que el relámpago y el trueno no coinciden; el minuto en que aprendiste que tus sentidos absorben a la naturaleza en distintos tiempos. Primero el destello en forma de venas para que tus ojos se recreen, luego el estruendo que tu oído magnifica, que entra por tu oreja para alojarse en el pecho mientras retumba y te hace vibrar.

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Absorto en ello, de pronto escuchas el sonido de la lluvia sin agua.

Otro desfase, piensas/sientes.

Cierras los ojos para oír la tempestad acercándose. El golpeteo de las gotas sobre los techos vecinos, tambores de lámina, de palma de guano, el olor a tierra mojada, el planeta y su fiesta, la lluvia y su sonido mientras esperas el agua.

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Aquí es el temporal por lo que la gente está acostumbrada a cada tarde, religiosamente, ver llover. Foto: Alejandro Cárdenas

Las primeras gotas, tímidas, anuncian la tormenta y te dan ganas de salir del techito te protege para mojarte y recibir, de brazos abiertos, a la borrasca… pero luego piensas que ya estás viejo y no quieres enfermarte de gripe en tiempos Covid. Pinche virus chingado.

Aterrizas. Regresas a la conversación que no fue interrumpida ni por las estrellas en el firmamento, ni por el galopante viento anunció el inicio de la lluvia. Aquí es el temporal por lo que la gente está acostumbrada a cada tarde, religiosamente, ver llover. No se habla del aguacero, se habla del Tren mal llamado Maya, se planea, se organiza, se escucha… y alguien dice; lo que tenemos, es Tiempo…y está de nuestro lado, como siempre ha estado.

Amaina el sirimiri, sólo queda una tenue llovizna, algunos pájaros nocturnos, perdidos en la arboleda, dan cuenta de ello y se comunican. ¿Qué dirán?

El tiempo está de nuestro lado. El tren no pasará. Aunque el relámpago ciegue, somos el trueno que viene.

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