DIONISIO SIN MALETAS | Tierras sonámbulas

Cuernavaca, 18 de mayo (MaremotoM).-

Cada um descobre o seu anjo

 tendo um caso com o demônio

(Cada uno encuentra su ángel

teniendo una aventura con el demonio)

Mia Couto

..a Rodrigo y Sebastián.

Leí que hace tan sólo 60 días el ciclón Idai devastó a Mozambique causando 600 muertes, más de mil heridos y dejando a cien mil familias en el limbo. Esto en un país que ya tenía suficientes problemas: ocupan el lugar 181 del Índice de Desarrollo Humano de la ONU, de un universo de 187.

Fue entonces que recordé mis días en aquel hermoso país, a donde llegué gracias a un trabajo caído del cielo (o del infierno). A pesar del tiempo, aún puedo oler el aire sabor a mar de Maputo, la tierra color carmín, la nostalgia en los ojos de las mujeres, los días sin saber si habría un mañana. Al cerrar los ojos puedo recordar sus calles estrechas, percibiendo el aroma de una parte del África negra que nos llama, que nos atrapa las tripas y que por alguna mágica razón, nos hace sentir pertenencia.

Mi viaje en aquellos días era claro: una ONG portuguesa/española me contrató para escribir pequeñas crónicas y fotografiar algunos de los rincones más que jodidos en aquel país olvidado. La intención era agregar dicho material a los requerimientos presupuestarios. La propuesta, simple, era esa. La realidad fue que en un país donde la expectativa de vida es menor a 50 años, las crónicas que uno puede intentar escribir tienen que ver más con los espejismos que con la dura realidad que se palpa, a cada paso, en cada pueblo. Fue en aquellos días cuando descubrí a un compañero de viaje que me contaba su tierra mientras imaginaba la mía: Mia Couto y su libro Terra sonâmbulos.

Changos que narran, leones que comen ilusiones, flamencos que al volar se llevan los sueños de los que están abajo. “África está llena de Macondos”, dijo alguna vez el autor, y tiene razón, sólo que el realismo allá nos es mágico, es real, se puede palpar.

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Autor de raíces blancas, inmerso en un mundo negro que lo acepta y lo rechaza, que lo hace suyo para después olvidarlo, transformando así su escritura en ironía pura, densa, justo momentos después de haber sido poética, un puente entre Occidente y la tierra de nadie: Mozambique, sur de África, tierra indómita.

“¿Conoce la diferencia entre un sabio blanco y uno negro? La sabiduría del blanco se mide por la prisa con que responde. Entre nosotros es más sabio quien más se demora. Algunos son tan sabios que no responden nunca”, escribe, entre otras muchas anécdotas, Mia Couto y es ello lo que me ayudó a comprender los largos silencios, los mitos locales, lo humano y lo sobrenatural, lo ancestral, la guerra que devastó al país y que sigue en las venas, la memoria, la superstición, las tradiciones y la política, muertos que atormentan a los vivos tal y como pasa en un Veracruz que bien podría ser Massaca, en un Inhambame que no está lejano a nuestro Celaya; Maputo huele a DF, Tepito es el Barrio de los artistas donde uno entra sin saber la salida, Xilunguini, el lugar donde viven los blancos, es Santa Fe, la corrupción del FRELIMO es la del PRI, o la del PAN, o la del PRD, o la que sigue.

Los mozambiqueños creían que su Guerra Civil se debía al descontento de los difuntos con sus descendientes. Nuestra guerra tiene que ver con los desaparecidos. Así se conecta el mundo, bajo pequeñas redes invisibles que nos vuelven ni distintos ni distantes.

Es entonces, en ese afán de comunicar a los sures, cuando habríamos de encontrar a nuestro Mia Couto, ese escritor que nos cuente el cómo somos, de dónde venimos y en qué soñamos, desde una perspectiva que aún no haya sido contada. Uno que platique con nosotros mientras caminamos (¿deambulamos?) en un país que no puede seguir hacia delante sin mirar atrás.

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