Novak Djokovic

Djokovic, Espartaco, Kirk Douglas y la libertad

A Espartaco y a Djokovic los distancia no sólo una colección de siglos. También la concepción sobre qué es la libertad.

Ciudad de México, 17 de enero (MaremotoM).- Hay una cosa que une a Kirk Douglas con Novak Djokovic: los dos descubrieron que el tenis es hermoso. Hay otra que los diferencia: Kirk Douglas es, para siempre, Espartaco; Novak Djokovic, no.

El extraordinario tenista serbio no está vacunado contra el coronavirus, las autoridades nacionales de Australia -como buena parte del planeta- sostienen que vacunarse es imprescindible, los procedimientos administrativos y las políticas migratorias multiplican claroscuros, el tenis es un deporte y es un negocio y todo eso desató un conflicto del que la Tierra es testigo. Srdjan Djokovic, el papá del campeón, lo defendió con ardor. Tanto que afirmó que su hijo constituye un nuevo líder del mundo libre. O sea -textual de Srdjan Djokovic-, un Espartaco de este tiempo.

Dijo eso: Djokovic es Espartaco.

Espartaco fue el líder de la más resonante rebelión contra el Imperio Romano, un señor que se le plantó a los poderosos de la época y les sacudió el piso hasta que lo asesinaron en el 71 antes de Cristo después de años de luchas que conmueven hasta ahora, un esclavizado oriundo de Tracia que peleó para que ninguna persona y ningún pueblo fueron víctimas del sometimiento y que entendió que esa y muchas peleas son y deben ser colectivas.

A Espartaco y a Srdjan Djokovic (y, por extensión, a Novak Djokovic) los distancia, entonces, no sólo una colección de siglos. También la concepción sobre qué es la libertad.

Por eso Espartaco no es Djokovic. Y sí lo es el personaje que encarnó Kirk Douglas.

Kirk Douglas despabiló emociones en los públicos del cine de 1960 y quedó abrazado a la palabra libertad de una forma bien contrastante con la de Djokovic cuando, como una furia y como un éxito, la película “Espartaco” llegó a las pantallas del mundo y se erigió en un clásico sin fecha de vencimiento. Dos años antes, cuando ya sobresalía en Hollywood, su rostro recortaba una foto en la cancha central de Roland Garros, el torneo gigante de París al que asistió unas cuantas veces a despuntar la inquietud por los raquetazos con brillo. Faltaban muchos peloteos para que Djokovic desembarcara en ese polvo de ladrillo y levantara la copa en 2016 y 2021.

Por fuera de la cinematografía y de las comparaciones de papá Djokovic, la figura de Espartaco promovió identidades y textos a montones. En un tramo de su intensa correspondencia con Federico Engels, Carlos Marx lo definió como “el mejor compañero que la antigüedad podía ofrecer”.  Y, sin azares, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht denominaron Liga Espartaquista al núcleo militante de izquierda que forjaron en la Alemania del último segmento de la Segunda Guerra Mundial.

Novak Djokovic
Nole y su equipo. Foto: Cortesía Facebook

Motivado por Espartaco, Arthur Koestler, el célebre escritor húngaro-británico, publicó “Los gladiadores” apenas antes de que los nazis lo apresaran en un campo de concentración que -otra vez el tenis- quedaba debajo de las tribunas del estadio de Roland Garros. En “Oscuridad al mediodía”, el ensayo que dedicó a ese espanto, retrató así su cautiverio junto con 600 prisioneros: “Dormíamos sobre paja mojada porque había goteras y estábamos tan apretujados que nos sentíamos como sardinas”. El sentido del término libertad tampoco retumba en esas páginas idéntico a las frases del Djokovic padre o a las reivindicaciones del Djokovic tenista.

Los archivos guardan un libro “Espartaco” de 1901, pleno de épica, firmado por el escritor y periodista italiano Raffaello Giovagnoli, que operó como estímulo para que los muchachos del Spartak de Moscú (el club del estadio donde Argentina se citó con Islandia en el Mundial de 2018) rebautizaran con ese nombre en 1935 al equipo que habían fundado en abril de 1922. Sin embargo, la película de Kirk Douglas tomó como sustento a la novela “Espartaco” del estadounidense Howard Fast, aparecida en 1951. Generaciones enteras latieron al ritmo de esas hojas en las que, aun con las licencias de la ficción, Espartaco confrontaba contra la médula de la injusticia. Eso sucedía, un poco, porque Espartaco continuaba siendo Espartaco y, otro poco, porque su autor compartía el compromiso de hallar caminos para trastocar una realidad desigual y brutal.

Fast tuvo años de afiliación al Partido Comunista, rozó el deporte al ironizar desde su antifascismo sobre la devoción boxística de Benito Mussolini en “La pasión de Sacco y Vanzetti” y padeció con el macartismo, el ciclo persecutorio que emblematizó el senador Joseph McCarthy en los Estados Unidos. Tanto padeció que la edición original la rechazó una editorial atrás de la otra (y eso que los textos de Fast ya acumulaban cantidades de lectores) y la llevó adelante el propio escritor. En “Mis gloriosos hermanos”, otro de sus volúmenes referenciales, Fast ofrenda una señal hacia el porvenir: hay una epidemia, bravísima por cierto, frente a la que la historia presenta a un líder que posterga cualquier interés individualista y privilegia cuidar a quienes están enfermos. Ocurre que, en materia de símbolos deportivos, Fast desembocó en otro con perfiles que no fotocopian a Djokovic y, probablemente, tampoco a la noción de libertad que soltó al viento el progenitor de Nole. Su “Freedom Road” (o “Camino de libertad”, de 1944) se transformó en una miniserie estrenada en 1979 en la que el papel protagónico lo ejercía Muhammad Alí como un ex esclavo que llega a ser senador.

La novela de Fast viró a película bajo los dedos sabios de Dalton Trumbo, uno de los más enormes guionistas de cualquier época. Difícil localizarle huellas de tenis (sí de boxeo cuando edificó la historia de “De aquí a la eternidad”, sobre la novela de James Jones), pero sencillo ubicarlo entre los perseguidos de la historia humana junto con Espartaco y entre los castigados por el macartismo junto con Fast. Tanto que “Espartaco” implicó la primera oportunidad en muchos años en los que su nombre pudo leerse en los créditos después de un itinerario con variados sinónimos para gambetear a la censura. De paso: el macartismo ejecutó -con Trumbo y con mucha gente más- lo que desde hace mucho se rotula como una “caza de brujas”. Esa expresión posee raíces múltiples, entre las que sobresale una de 1692 cuando el poder de turno en ciertas regiones de Inglaterra culpó, sin elementos, de los males de la época -para variar, alguna epidemia, por ejemplo- a un grupo de mujeres. Sobre esa base, el dramaturgo Arthur Miller enhebró la obra “Las brujas de Salem”, que en los sesenta llevó al teatro el actor y director inglés Laurence Olivier. Otra convergencia: Olivier es la contrafigura de Kirk Douglas en “Espartaco”. Claro que en esa tarea carece de vínculos con el tenis, un deporte que se le cruza en la versión cinematográfica de Enrique V, que William Shakespeare parió en 1559, donde el bolonqui se arma cuando ese rey de Inglaterra recibe de su contraparte francesa unas pelotitas de tenis que anticipan que habrá más guerras.

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Hipótesis 1: por ahí el papá de Nole habló de Espartaco no por el tema de la libertad y sí por la suma curiosa de nexos que arriman a los hacedores de la película con el tenis. Van las pruebas.

1) El español Manuel Orantes, fuerte adversario de Guillermo Vilas, se tornó campeón del Abierto de los Estados Unidos en 1975, el mismo torneo que Djokovic se llevó en 2011, 2015 y 2018. Hay una imagen, de 1976, en Houston, en la que se lo detecta acariciando su raqueta, como pidiéndole ayuda para dar vuelta una final que tenía extraviada frente al polaco Wotjek Fibak. A su espalda, Douglas le da una entrevista a un periodista y acepta que el desenlace de ese duelo está escrito. Sin embargo, Anne Buydens -la pareja del hombre que sigue siendo Espartaco- avizora que las cosas pueden revertirse y se lo augura al micrófono del cronista. Orantes la oye, se persuade de ese mensaje y termina venciendo. Cuando Douglas murió a los 103 años, en 2020, el español asumió que se le había ido un amigo. Y reveló que ese crack de los filmes le susurró alguna vez que hubiera preferido ser crack del tenis. De grande, efectuó el intento, ya que tomó clases con Alex Olmedo, peruano nacionalizado estadounidense, un talento de las canchas. Paradojas de la existencia, del tenis o de las asociaciones con Espartaco: en 1959, Olmedo salió campeón del torneo de Australia, donde Djokovic apila nueve consagraciones y, también, donde Djokovic, el covid, las batallas judiciales, las confrontaciones australiano-serbias y la obligatoriedad de las vacunas quedaron en el centro de las polémicas.

2) El director que hizo de “Espartaco” una película mítica fue el maestro Stanley Kubrick. Verdad que su juego favorito no necesitaba de una red en el medio y sí de reyes y de reinas. Suficientes evidencias son su documental “El día de la lucha” y la partida real que coteja a un ser humano con una computadora en “2001: Odisea en el espacio”. Pero el lazo con el tenis lo devela Douglas en su libro “Yo soy Espartaco” cuando detalla que, avanzada la filmación, a pesar de los millones que ya habían sido invertidos, Kubrick sueña una escena especial y enuncia que hacen falta más fondos. Mientras se proponía eso, “empezó a hacer rebotar una pelotita de tenis contra un lado de la pared de la pantalla”. Desviación no tenística: alguno de todos estos nombres o la suma de varios de ellos situó en un flash del guion de “Espartaco” la frase tan de eco argentino “Volveré y seré millones”.

3) Peter Ustinov, que ganó el Oscar al mejor actor de reparto por su participación en “Espartaco”, jugó sistemáticamente al tenis en unas cuantas de sus más de ocho décadas de vida sin tener la suerte de dar medio golpe como Djokovic. Alguna fotografía en sus jornadas veteranas demuestra tanto su empeño como su abismo respecto del juego del serbio.

Hipótesis 2: por ahí el papá de Djokovic no consideró estas coincidencias y lo que vociferó fue su concepción de lo que es la libertad.

En ese caso, una recomendación.

Es posible que, al ver “Espartaco”, alguien no haya reparado en “Volveré y seré millones”, pero seguro se grabó la frase más estremecedora de toda la cinta. Es esa que le da título al libro de Kirk Douglas. En la circunstancia cumbre de la película, a los combatientes contra el imperio se les ofrece zafar de la muerte si señalan quién es Espartaco. Y lo que sigue no suena con la misma música que el concepto de libertad que ocupó el aire de Melbourne en el asunto Djokovic. Cada tipo que vibra ahí, agotado y en la frontera de que lo asesinen, despliega la libertad de ser parte de algo más grande que su ser individual y pronuncia, entona, grita tres palabras que desde ese instante se cuelgan de la historia del cine y de la historia humana: “Yo soy Espartaco”.

Puede que las gentes que nacieron bastante después de los impactos del “Espartaco” de Douglas, Olivier, Kubrick, Ustinov, Trumbo y Fast, con todo derecho, no sean expertas en estos muchachos. En cambio, sin dudas que esas gentes reconocen al neozelandés Russell Crowe, protagonista de “Gladiador”, lo más próximo a Espartaco en los tiempos recientes de la pantalla. Allí no interpreta a Espartaco sino a Máximo, otro sojuzgado por el yugo tiránico que apuesta por organizar la resistencia conjunta. No compite en el tenis sino en el bestial Coliseo y preserva su lealtad al emperador Marco Aurelio, que en el film muere como el film necesita que muera, pero, según los investigadores, acabó arrasado por una de las pestes que enchastraron a las sociedades más o menos como el coronavirus de la modernidad. A diferencia de Djokovic, a Crowe se lo registró haciendo filas para darse la vacuna anticovid y tomó parte en campañas para instar a poner el brazo.

Se dirá que eso sucede porque hay famosos y famosos. O conceptos de la libertad y conceptos de la libertad. Porque de eso se trata, en esencia, todo este episodio: qué es la libertad.

Y también se dirá que las controversias en torno de la presencia de Novak Djokovic en Australia ameritan un capítulo flamante de la saga que liga al tenis con las películas. Con las disculpas de papá Djokovic: si esa película surge, no será o no debería ser una reversión de “Espartaco”.

Abundan opciones. Y, en una de esas, la pista conduce rumbo a la misma cara. Más de una década antes de convertirse en Espartaco, Kirk Douglas también estampó su sello en una película de perfil deportivo. No ofrece tenis y sí boxeo y, además, anda lejos de erizar la piel como ese cine que testimonia la larga experiencia humana por enfrentar en conjunto a la opresión y a la desigualdad, pero su título concede la posibilidad de debatir lo que acontece arriba del suelo de Australia. El futuro explicará si tiene o no tiene que ver con Djokovic. Se llama “El ídolo de barro”.

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