Drive my car

Drive my car: todo está en los rusos

Ryusuke Hamaguchi adapta en Drive my car un relato de Haruki Murakami y lo enriquece, además, con la esencia del clásico de Anton Chéjov, Tío Vania. El resultado, conmovedor, ha sido saludado por la crítica como una obra maestra.

Ciudad de México, 9 de abril (MaremotoM).- Ryûsuke Hamaguchi ha fusionado en Drive my car dos textos y dos espíritus. Por un lado, el cuento de Haruki Murakami Hombres sin mujeres y por otro el tono y la profundidad de Tío Vania, de Anton Chéjov. El resultado es una película de tres horas tan densa como apasionante. Narra la historia de un actor que se queda viudo inesperadamente. Su esposa, guionista, le engañaba con un actor de televisión, una infidelidad que él aceptaba en silencio. Años después, los dos hombres vuelven a reunirse alrededor de un montaje teatral, la citada obra de Chéjov, que el primero dirige y el segundo interpreta. Pero todo esto es sólo el armazón argumental de una historia de amor, existencialismo, soledad, melancolía, resignación y sanación. Entre muchas otras cosas. Exactamente como ocurre en las obras de Chéjov. En ellas, como en Drive my car, se suceden escenas aparentemente cotidianas bajo las cuales está ocurriendo la verdadera acción. Esto, que parece tan fácil de explicar, es increíblemente difícil de hacer. De hacer bien, se entiende.

Si los personajes de Chéjov se sientan alrededor del samovar y se presentan al público a través de sus historias, Hamaguchi hace lo mismo en la barra de un bar o en torno a una cena. Y en la superficie todo transcurre triste pero plácidamente, aunque haya dolorosos conflictos interiores desgarrando a los protagonistas. Si a eso se le suman unos inesperados giros en la trama, tan típicos de Murakami y del propio Hamaguchi (es muy recomendable, al respecto, ver La ruleta de la fortuna y la fantasía, en la que cuenta tres historias emocionalmente arrolladoras) tenemos lo que muchos críticos han calificado como «una obra maestra». Drive my car se alzó con el premio al mejor guión en el pasado festival de Cannes; ganó igualmente el Globo de Oro (premio prácticamente clandestino tras los escándalos que lo han rodeado) a la mejor película internacional y se llevó el Oscar.

Siempre los rusos…

Tras la tormentosa relación entre Fiódor Karamázov y su hijo Dmitri no hay sólo una historia de deudas no pagadas y una disputa por el amor de Grushenka. Eso no es más que el punto de partida para un descomunal ensayo filosófico, un implacable estudio de la religión y una radiografía brutal de las relaciones familiares. Porque, como escribió otro monstruo en uno de los principios más recordados de la historia de la literatura, “todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera”. Porque todo, en definitiva, está en los rusos. Tan embriagador es el placer de leerlos como inconcebible, para un aspirante a escritor, imitarlos.

¿Por qué seguimos representando a Chéjov?, se preguntan los protagonistas en un momento de la película. Respuesta: “Porque sus textos consiguen conectar con nuestra verdadera esencia”. Por eso seguimos leyendo a los rusos, adaptándolos, reinterpretándolos y seguiremos haciéndolo mientras haya humanos en el planeta.

Drive my car
Ganó el Oscar como Mejor película extranjera. Foto: Cortesía

Yûsuke, el protagonista de Drive my car, encarnado por Hidetoshi Nishijima, es, de alguna manera, una versión de Vania, el personaje que él mismo ha interpretado como actor y que luego se encarga de llevar a la escena como director. Se trata de un papel que le persigue desde la época en la que aún vivía su esposa, que le grababa los diálogos de la obra en una cinta para que él fuera memorizándolos. Varios años después de su muerte, su voz sigue acompañándolo en el casete de su coche, un precioso Saab, rojo y vintage, que actúa como ancla simbólica al pasado. Los sentimientos de actor y personaje, de Yûsuke y Vania, confluyen. Y haciendo suyas las palabras de Chéjov, recita*: «¡Tengo cuarenta y siete años, y, suponiendo que viva hasta los sesenta, son todavía trece los que me quedan! ¡Es mucho! ¿Cómo vivir estos trece años? ¿Qué hacer? ¿Cómo llenarlos? ¡Oh! ¿Comprendes? ¡Oh, si pudiera vivir el resto de mi vida de una manera nueva…!».

Te puede interesar:  Qatar: antes, ahora y antes

Así va componiendo Hamaguchi su obra maestra, intercalando niveles de lectura, tomando fragmentos de la obra de Chéjov y vertiéndolos en la historia de Murakami y en las vidas de sus personajes, tratando de componer con estos textos, como haría un alquimista con sus matraces y sus probetas, un tratado sobre la condición humana. Hay muy pocos directores capaces de embarcarse en un trabajo de esta naturaleza. Uno de ellos podría ser también el turco Nuri Bilge Ceylan, que hizo algo similar en su monumental Sueño de invierno (2014).

El papel sanador del arte

Y luego está el teatro, claro. El teatro que, como ocurre con la novela, también fue transformado por los rusos. La influencia del método Stanislavski (colaborador asiduo del propio Chéjov) llega hasta nuestros días a través de la reinterpretación que hicieron de él los profesores del Actors Studio. Y no es casual que los personajes de Hamaguchi encuentren su sanación tras entrar en contacto con el teatro. No se trata de que lo utilicen como una terapia de psicodrama, una técnica, por otra parte, hiperviolenta pero muy estimulante para verla desde fuera, como espectador. Suena morboso pero es así. ¿Qué son ¿Quién teme a Virginia Woolf? u Opening night sino sesiones salvajes de psicodrama de pareja? Pero no. El temperamento japonés se presta mal a ese tipo de explosiones emocionales.

En Drive my car, cada personaje que se encuentra con Chéjov consigue hallar, por recónditos y tranquilos caminos, una respuesta a su exploración vital. Lo hace incluso Misaki (Tôko Miura), la conductora que le ponen por contrato a Yûsuke y que se convierte en involuntaria oyente de las cintas de su mujer. Y si Yûsuke es una réplica de Vania, Misaki lo es de Sonia, la sobrina, el personaje de Chéjov herido por un amor no correspondido (en su caso, el de su madre ausente).

Y así, las piezas rotas de la realidad, tan parecidas a las del drama, acaban encajando, sosteniéndose unas a otras, en un equilibrio quizás imperfecto pero más o menos estable. De esta manera es como el arte nos enseña, nos conmueve y nos cura. «¡Qué se le va a hacer!», dice Sonia en el estremecedor monólogo final de la pieza de Chéjov. «¡Hay que vivir! ¡Viviremos, tío Vania!».

Fuente: La Marea / Original aquí.

 

Comments are closed.