Carlos Moreira

Editorial Planeta presenta La maestra, de Carlos Moreira

“La maestra Gordillo se ha hecho fama de estar en todos los sitios y en cualquier discusión; algunos la ubican como la mente siniestra de todo lo que ocurre en el país —señalaba Marián—. Su fuerza y su debilidad radican en que quiere abarcar más de lo meramente sindical. Habla con todos los políticos, no importan los colores ni las aspiraciones. Se comunica con quien se le antoje y busca llegar a acuerdos que no siempre puede cumplir. Termina construyendo amistades, pero también potentes enemigos”.

Ciudad de México, 13 de septiembre (MaremotoM).- El último vuelo en jet privado San Diego, California —donde poseía dos fastuosas propiedades, valuadas en unos 9 millones de dólares, una con vista a la isla de Coronado— hasta Toluca, donde fue detenida el 26 de febrero de 2013 por la Procuraduría General de la República bajo el cargo de operaciones con recurso de procedencia ilícita por más de 2 mil millones de dólares en agravio del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), organización que presidió en estrecho vínculo con el PRI, partido que le entregó crecientes cargos e influencia, sirve como hilo conductor de La Maestra, novela de Carlos Moreira que describe en detalle el ascenso y la caída de Elba Esther Gordillo, personaje esencial de la historia política mexicana de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Solo un insider, alguien que ha conocido desde adentro los hechos y a los actores involucrados, podría haber escrito con tanto detalle esta saga, que arranca en los convulsos años finales de la década de 1980, cuando Carlos Salinas de Gortari buscaba afianzar su poder luego de haber llegado a la presidencia en una elección muy cuestionada en México, y para ello asestó golpes demoledores a los sindicatos más poderosos del país, cuyos dirigentes empezaban a apartarse del régimen: Joaquín Hernández Galicia, la Quina, líder de los trabajadores petroleros, y Carlos Jonguitud Barrios, proclamado «líder vitalicio» de los maestros afiliados al SNTE. Sin saberlo entonces, y a pesar de lo que traerían los años siguientes, la historia de Gordillo terminaría, con su propia ruta, en el mismo destino…

Fábula de oscura moraleja, retrato de familia de la clase política nacional y repaso necesario de acontecimientos cruciales de los últimos 30 años, La Maestra es un perfil indispensable para entender a una de las figuras más notorias de la llamada «etapa neoliberal», a la vez elusiva y, en general, comprendida cabalmente solo por unos cuantos.

«Es más fácil construir el apoyo con la necesidad que con la lealtad».

«Pertenecemos al Partido Revolucionario Institucional, pero supongo que a todos nos queda más que claro que nuestro partido ya no es invencible. Más aún, no es una garantía para la supervivencia del sindicato… Aunque no lo crean, pronto tendremos que ceder la presidencia de la República a otro partido».

«La maestra Gordillo se ha hecho fama de estar en todos los sitios y en cualquier discusión; algunos la ubican como la mente siniestra de todo lo que ocurre en el país —señalaba Marián—. Su fuerza y su debilidad radican en que quiere abarcar más de lo meramente sindical. Habla con todos los políticos, no importan los colores ni las aspiraciones. Se comunica con quien se le antoje y busca llegar a acuerdos que no siempre puede cumplir. Termina construyendo amistades, pero también potentes enemigos».

«Elba Esther comprendió todo lo que iba a suceder, pero también lo que se había fraguado en Los Pinos y, quizá, hasta en el seno de la organización sindical. Entendió que las reuniones programadas para el día siguiente eran una farsa. Tanto Osorio como Videgaray le habían puesto un cuatro. Nunca pensaron reunirse con ella: querían atraparla, destruirla. Estaba a minutos de ser detenida… Sus peores pesadillas estaban a punto de volverse realidad».

«Entendía que tal vez pasaría el resto de su vida detenida; tenía claro que eso era más que probable que el hecho de salir en unas horas en libertad. Sabía la fuerza del poder presidencial y la debilidad de cualquier grupo opositor. No confiaba en ver a los maestros en la calle, eran demasiado “institucionales”; dicho de otra forma: muy tibios. Habían sido formados para no protestar, y en eso ella tenía parte de la culpa».Su última enseñanza: no confíes en nadie.

UNA HISTORIA SINGULAR Y CONOCIDA

Una historia singular y a la vez ya conocida: los nombres cambian, pero las situaciones se repiten. Elba Esther Gordillo Morales, profesora chiapaneca, conocida como la Maestra, quien militaba en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación –SNTE– y en el Partido Revolucionario Institucional –PRI– desde 1970, se convirtió en 1989 en la principal dirigente de su organización sindical, a la caída en desgracia de Carlos Joguitud Barrios, proclamado “líder vitalicio” y quien ocupaba tal posición desde 1972.

Esta es una obra de ficción, no obstante, las muertes de periodistas y políticos, la desigualdad social, las mafias, el narcotráfico, la impunidad y la corrupción son tristemente reales. Carlos Moreira describe en La maestra (Espasa), el ascenso y la caída de Elba Esther, personaje esencial de la historia política mexicana de fines del siglo XX y comienzos del XXI. Solo un insider, alguien que ha conocido desde adentro los hechos y a los actores involucrados, podría haber escrito con tanto detalle esta saga, que arranca en los convulsos años finales de la década de 1980, cuando Carlos Salinas de Gortari buscaba afianzar su poder luego de haber llegado a la presidencia en una elección muy cuestionada en México, y para ello asestó golpes demoledores a los sindicatos más poderosos del país, cuyos dirigentes empezaban a apartarse del régimen. Sin saberlo entonces, y a pesar de lo que traerían los años siguientes, la historia de Gordillo terminaría, con su propia ruta, en el mismo destino…

Una historia singular y a la vez ya conocida: los nombres cambian, pero las situaciones se repiten. Elba Esther Gordillo Morales, profesora chiapaneca, conocida como la Maestra, quien militaba en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación —SNTE— y en el Partido Revolucionario Institucional —PRI— desde 1970, se convirtió en 1989 en la principal dirigente de su organización sindical, a la caída en desgracia de Carlos Jonguitud Barrios, proclamado «líder vitalicio» y quien ocupaba tal posición desde 1972.

Hacía pocos meses que había comenzado el sexenio presidencial de Carlos Salinas de Gortari: proclamado ganador de unas elecciones de dudosa legitimidad en las que el sistema de cómputo interrumpió abruptamente su funcionamiento para reanudarlo con un resultado que favorecía al priista, desde los primeros días de su mandato emprendió la tarea de calmar la agitación social derivada del proceso electoral, y para ello no dudó en descabezar a las principales organizaciones laborales, de sectores esenciales como el petróleo, los teléfonos y la educación, que enfrentaban conflictos internos a causa de la escasa democratización y que agrupaban a miles de trabajadores capaces de paralizar el país si a ello eran convocados.

La imposición de nuevos líderes, alineados al proyecto salinista de modernización, significó detener a los anteriores, como Joaquín Hernández Galicia, la Quina, del sindicato petrolero, o amenazarlos con ello, como ocurrió con Jonguitud Barrios, quien prefirió solicitar licencia indefinida y permitir que Gordillo Morales fuera designada en su lugar. Para entonces la Maestra ya había ocupado puestos importantes en el sindicato magisterial y en la política nacional como senadora suplente, diputada y delegada en la Ciudad de México, lo que además de conferirle experiencia la había llevado a establecer alianzas estratégicas y amistades con los principales representantes del nuevo grupo en el poder.

Con todo, aquello era apenas el comienzo: a lo largo de los siguientes 23 años, durante los mandatos de Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y los primeros meses del régimen de Enrique Peña Nieto, la Maestra consolidaría su predominio no solo en el gremio al que también pertenecía, sino que intentaría influir en el organigrama priista, en las decisiones electorales, mediante acuerdos con gobernadores y dirigentes de otros institutos políticos, e incluso llegaría a fundar su propio partido, Nueva Alianza, aprovechando el poder y los recursos de la organización sindical que controlaba de manera casi total.

Contado en forma de planos cruzados, La Maestra es el relato novelado de la ascensión y ruina de la más poderosa dirigente sindical que ha visto México, desde la óptica y los recuerdos de alguien que la conoció personalmente por pertenecer a la misma organización y haber charlado y discutido con ella como dirigente gremial de algunas secciones, así como con otros actores relevantes para esta narración, que lo mismo abarca los pormenores, secretos y miserias de la vida interior de la unión magisterial, que el contexto histórico de las tres últimas décadas.

El ominoso viaje hecho por Gordillo de regreso a México a comienzos de 2013, cuando, ya fuera del PRI y convertida en su propia operadora política, intentaba conciliar con el gobierno entrante de Peña Nieto, para verse engañada y atraída a una trampa que le valió cinco años de prisión, es el leitmotiv de la trama. Las horas previas al arresto, la llegada a una realidad aterradora y su lucha desesperada contra el castigo del aparato al que osó desafiar como mujer, líder gremial y política, constituyen el principio y el final, dando pie a un repaso que con palabras y acciones de personajes reales y otros literarios cuenta cómo se dio el arribo de la Maestra al máximo cargo en el SNTE, la principal asociación magisterial de América Latina por su número de agremiados, y de qué manera la convirtió en su instrumento de negociación y su arma en el juego del poder.

A lo largo de cinco periodos presidenciales vemos a Elba Esther pasar de hábil negociadora con un mandatario ambicioso como Salinas de Gortari a crítica del que veía como una figura gris, sin talento político: Ernesto Zedillo. Amiga personal de Fox, alcanza con él la cumbre de su confianza con el poder máximo, mientras que empieza a desmarcarse del PRI, al que ve como una sombra del pasado desde que ha dejado de ser la única vía para alcanzar un cargo público, y entiende que debe tratar con nuevos participantes sin importar el signo partidista. Mente maestra detrás del llamado Grupo San Ángel, conjunto de notables de afiliación diversa, mostró con ello su disposición a adaptarse a lo que veía como una transformación del establishment mexicano, que dejaría atrás al partido único que otrora arrasara en cada elección…

La continuidad del PAN en la presidencia la puso en el camino de la ruptura con el PRI, pero también en una ruta de confrontación con el PRD, y más precisamente con Andrés Manuel López Obrador, quien no cejaría hasta ocupar «la Silla del Águila», como la han llamado escritores y periodistas. Con el sindicato en sus manos como su principal baza, Gordillo ofreció a quien aceptara sus condiciones más de un millón de votos, vigilantes electorales y sondeos que aseguraban la victoria, y que le permitieron llevar a la administración federal a sus allegados y familiares, los únicos en los que acabó confiando luego de toparse con traidores a sus designios, inconformes y enemigos declarados.

Con lo que quizá no contó fue con el regreso del PRI, al que consideraba acabado: una conjunción de factores propició que el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, encontrara su momento para encumbrarse a Los Pinos, y con ello que los enemigos de la Maestra le cobraran lo que consideraban traiciones. Con todo y su poderoso sindicato convertido en partido político, aunque debilitado por la larga lucha interna y la falta de liderazgos nuevos, de lo cual ella fue responsable, nada pudo hacer para evitar seguir la senda de sus predecesores: la destitución fulminante y, por tratarse de ella, un ajusticiamiento legal que la apartó de la vida pública por cinco años, y tal vez por el resto de su vida. Personajes ficticios y reales dan una perspectiva particular de esos años y sus acontecimientos primordiales: reporteros que gozan y sufren su pertenencia a la diversidad sexual, una millonaria metida a justiciera armada, guerrilleros, sindicalistas, exsindicalistas metidos a guerrilleros y convertidos en jefes criminales, sobrevivientes de la violencia…

El caso de Elba Esther Gordillo es singular: pocas mujeres han detentado tanto poder en México y ella destaca de manera única entre todas, pues ninguna presidenta del PRI o de cualquier otro partido, diputada, senadora, incluso gobernadora o candidata a la presidencia, ha tenido tal influencia sobre tantas personas: el SNTE agrupa a más de 1.5 millones de afiliados, y por su estructura e historia fue una de las organizaciones más fieles al partido oficial y a sus propios dirigentes, quienes ejercieron con mano de hierro el control de sus miembros como fuerza electoral, grupo de presión para negociar beneficios laborales y fuente de recursos mediante cuotas salariales…

Esta sería por sí sola una historia de éxito en un país machista, donde la participación femenina en la política y la administración pública es algo más bien reciente. No obstante, fue la Maestra quien, con su estilo personal de amenazar, desafiar y negociar con sus subordinados, su manera de tejer vínculos y hacer amistades sin importar la filiación política, la posición o los ideales, siempre y cuando obtuviera ventajas de ello, definió su manera de conducir al sindicato y a la larga su propio destino: sus rivales reconocieron a tiempo lo que podría lograr, sus debilidades, y urdieron traiciones, cortapisas y argucias para evitar que consolidara sus intenciones.

EL AUTOR: Carlos Ariel Moreira Valdés estudió en la Universidad Pedagógica Nacional y en la Normal Superior de Coahuila de 1986 a 1990, con un máster en Educación por la Universidad de Salamanca, España; miembro de la familia Moreira, de arraigo coahuilense, sus hermanos Humberto y Rubén fueron gobernadores del estado, y él ocupó los cargos de secretario general de las secciones 5 y 38, y de coordinador del colegiado Nacional de Organización del SNTE entre 2004 y 2018.

Carlos Moreira
Editó Planeta. Foto: Cortesía

Fragmento de La maestra, de Carlos Moreira, con autorización de Planeta 

Capítulo I

La llamada, febrero de 2013

 —En un rato salgo para México. Te confieso: no tengo ganas de viajar. Acá el clima seduce. Si pudieras ver el cielo, la ausencia de nubes… esta tranquilidad me hace sentir en casa. Sin embargo, tengo muy malos presentimientos. Anoche soñé a mi madre, decía que me quería; estaba preocupada por mí. Lloraba y lloré con ella… No quiero subir al avión que me prestó Kahwagi, pero no me puedo rajar —respiró hondo, hizo una ligera pausa, y continuó hablándole a Juan Díaz, el segundo al mando del sindicato más importante no solo de México, sino de América Latina—. Pienso llegar primero a Toluca como te lo dije hace rato; mañana desayunaré con Luis Videgaray, después veré a Osorio en su oficina, o quizá en Palacio Nacional. La verdad no estoy segura de avanzar mucho con estos camiones —tenía la costumbre de usar esa palabra en lugar de cabrones—, creo que nada más me van a quitar el tiempo. Ninguno es de confiar, nomás que no tengo de otra; debo acudir, quizá hasta sonreír un poco. Coincidentemente ayer me llamaron los dos, insistieron mucho en que nos reuniéramos. Eso también es extraño, pero lo sabemos, ya nada es normal con este gobierno de ladinos y principiantes —dijo recargando la cabeza en el asiento de una Suburban en movimiento, mirando los escasos y grises cabellos en la nuca de un chofer cuyo nombre no alcanzaba a recordar.

—Pues qué le puedo decir, maestra, tengamos confianza en que todo se resolverá a nuestro favor. Estoy seguro de que será un gran día. El gobierno tiene en claro que con usted no van a poder, solo basta una instrucción de su parte para que todo el magisterio radicalice la lucha, tomen calles, suspendan labores escolares.

—Sabes que eso no es cierto —afirmó Elba Esther—, las cosas no son tan sencillas ni tan simples; y deja de estar adulán- dome que ni te queda ni me gusta, ¡no me hagas enojar, por favor! —últimamente alzaba la voz con más frecuencia—. El gobierno es el gobierno, por más pendejo que sea quien lo encabece, sigue siendo el gobierno; y nosotros un simple sindicato; el más poderoso del país, pero sin la fuerza para enfrentar a una administración que inicia con el apoyo de legisladores, empresarios y medios de comunicación.

—Está bien, maestra. No se moleste. ¿Tiene alguna indicación para los concejales?, ¿desea que se redacte un pronunciamiento en apoyo a las demandas que ha estado presentando?—bien sabía Juan que nada se redactaría hasta que no llegara ella, pero precisaba verse servicial a sus oídos.

—Nada de eso. Reúnete con Paco, Carlos, Moisés, Soraya… junta al resto de los muchachos, evalúen cómo vienen los delegados. Inicien los trabajos, luego manden a la gente a comer, cuida que no se malpasen. Que, a la vez, Carlos se dedique a coordinar el tema de la credencialización y reanuden a eso de las siete de la tarde. Mañana estaré con ustedes.

—Una pregunta: ¿aceptaremos las condiciones del gobierno?, para saber e ir sensibilizando a los compañeros —Juan Díaz, nervioso, cuidaba cada palabra.

—Claro que no. Quizá en algunas cosas tengamos que ceder, pero en lo fundamental nos tenemos que amarrar. Hay líneas que no se pueden cruzar. Una evaluación punitiva es inaceptable. Las acciones del presidente están equivocadas; no resuelven nada, nos van a perjudicar a todos, y cuando digo a todos, lo incluyo a él. No lo entiende; es muy bruto y además vive como dictador de una república bananera, dentro de su burbuja de amor adolescente. Pobrecito, ya está viejo para esas cosas.

—Bueno, tiene relativamente poco de haberse casado…

—No chifles, ¿también tú, Juan? Como si le diera amor a su Gaviota, trae a tres o cuatro niñas encandiladas. De ahí el por- qué de su energía y actuar tan distraído, tan irresponsable.

—Okey, maestra —respondió Díaz de la Torre entre risas—. Entonces, ¿es un hecho que viaja hoy a Toluca y de ahí se mueve a la Ciudad de México? Si desea, mando gente para que estén al pendiente de su llegada.

—¿De cuándo acá tan amable? —respondió irónica. Y con un tono semejante a la resignación o al fastidio, agregó:— No es necesario, no te preocupes. Allá debe estar Héctor; es un buen hombre, siempre leal, de una pieza… no como otros.

—Tiene razón, maestra —respondió incómodo—. Le deseo buen viaje. Si gusta, más tarde me comunico con usted y le in- formo cómo iniciaron los trabajos para que me haga saber sus indicaciones.

—Te encargo, cuídate mucho. Mañana será un día importante. Sabes que te quiero. Besos.

—Aquí la veo, maestra. Gracias.

Al finalizar la llamada, mientras caminaba por unos pasillos del hotel, a Díaz le resonaba el mensaje: «Héctor es un hombre leal, otros no». ¿Por qué se lo dijo? ¿Acaso le estaba adelantando algo? Supuso que era una más de las indirectas de la maestra. Ella, por su parte, se quedó en silencio, respiró largamente mientras abría y cerraba los ojos recargada en el asiento, estiró su cuerpo, agradeció no traer la ropa de lino que por un momento se probó. Le dolía el cuello y la espalda. Ansiaba llegar lo antes posible al aeropuerto privado cercano a la frontera con México; recorrer el piso brillante, mover las piernas, quitarse de encima tanta tensión. Deseaba que los minutos se convirtieran en horas, pero a la vez que los días transcurrieran velozmente. Ansiaba que el presidente Peña entendiera.

Carlos Moreira
La historia de Elba Esther Gordillo. Foto: Cortesía

Soñaba con resolver ese asunto maloliente sin afectar a los trabajadores. Sabía que todo estaba en riesgo, empezando por su propia vida. Tenía la intención de hacer un par de llamadas, cuando el chofer le indicó que habían llegado a las instalaciones del aeropuerto. Ya contaban con el permiso para despegar. Bajó sin ánimo. No era necesario correr, pero tampoco perder tiempo. Aún tenía unos quince minutos antes del vuelo, por eso se dirigió a la sala del hangar privado como tantas otras veces. Saludó al personal de tierra. Todos la conocían, no solo por ser viajera frecuente, sino por ser ella. A poca distancia, a escasos metros, observó la presencia de tres hombres en la sala de la izquierda, la de los grandes sillones color café; uno le sonrió, los otros se mantuvieron ajenos a su presencia, absortos en sus celulares. Lo que veía le parecía extraño. Ahora, en su conjunto, los hombres se mostraban indiferentes a su presencia. No era usual. De pronto, el sujeto de la sonrisa se acercó a pedirle una fotografía. Otra mala señal. No era normal que eso ocurriera en San Diego. Los dos extremos no eran comunes: ni que la ignoraran ni que se tomaran fotografías estando en un hangar estadounidense. Ella aceptó tratando de no mostrar que lo hacía de mala gana —no le gustaba aparecer en fotografías con ropa casual—, tenía tiempo sin sonreír. Después de la foto, se despidió con un «de nada» y avanzó hacia el avión. Caminó un poco y volvió la mirada hacia los hombres: con el celular en la oreja hablaban entre sí, no le quitaban la vista de encima. Por un momento pensó en regresar sus pasos; las cosas no estaban bien. Sin embargo, no eran tiempos para correr. Había que seguir, tenía que caminar hacia su destino.

En Guadalajara, en un restaurante cercano al Fiesta Americana —en un área apartada—, un grupo de concejales charlaban y convivían alegremente, no tenían claro si luego habría un receso para comer. Así que uno de ellos levantó una de las manos y, al tener cerca al mesero, pidió taquitos de barbacoa; lo secundaron los otros, ordenaron además sopes y tostadas. Algunos ya tomaban bebidas alcohólicas, sobre todo cerveza y tequila. Gran parte de la jornada implicaba que únicamente unos cuantos tendrían participación en el evento. Así eran los consejos sindicales, unos hacían uso de la palabra y el resto levantaba la mano para aprobar todo, absolutamente todo. Ese resto tenía derecho a embriagarse un poco.

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Juan Díaz regresó a su habitación en el Fiesta Americana, una confortable y elegante suite. No estaba tranquilo, sabía que los próximos días serían decisivos para todos. El rumor de ser removido por la maestra era fuerte, tenía que estar preparado para cualquier cosa. Volvió a pensar en las palabras que ella dijo sobre la lealtad de Héctor. Cerró los ojos y maldijo a Héctor. La ruta estaba trazada; las indicaciones eran muy claras, no había vuelta atrás. Minutos antes, había concluido su comunicación telefónica con ella; ahora tocaba hacer la llamada, la importante, la trascendental. Marcó los números en el celular, una voz conocida se escuchaba al otro lado de la línea. Díaz, sin mediar saludo, habló: —Listo, señor. Va para Toluca. Mañana se reúne con ustedes, y de ahí se traslada para acá.

La salida, febrero de 1989

Esa tarde, Elba Esther sabía que no iba a encabezar el sindicato de maestros; al menos no en estos momentos, no producto de ese Congreso Nacional.

Había ocupado buenos espacios en la dirigencia nacional. Primero en el área laboral; después, en la poderosa Secretaría de Finanzas. Durante esos años tuvo que «tragar sapos», so- portar desplantes y ejecutar tareas alejadas de sus sueños e intereses. Como «rescatar» a un viejo dirigente atado en su habitación. Recordó el suceso: todos lo esperaban en el lobby del hotel, debían continuar con la agenda de entrevistas con sindicalistas europeos, ella exigió a la administración que abrieran la habitación del huésped: ahí estaba, amarrado por unas putas que le quitaron dinero y pertenencias.

En el 86 se decía que ocuparía la Secretaría General del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (sNTE). La veían con capacidad, y, sobre todo, con una inusual cercanía sindical y afectiva con don Carlos Jonguitud Barrios; el gran líder, el eterno cacique, quien decidía todo al interior del sindicato. En lugar de la secretaría general, obtuvo una diputación federal y la presidencia del Comité Nacional de Vigilancia, cargo importante, mas no el que buscaba.

Habían pasado tres años, estaba consciente de que los afec- tos y las confianzas de don Carlos Jonguitud se hallaban en otros sitios; por lo mismo, ella ideaba regresar al área laboral o a la organización. Otra vez se le mencionaba para ocupar la secretaría general, sobre todo en fuentes cercanas al gobierno priista y, quizá, ese era motivo suficiente para agravar su distanciamiento con el gran dirigente nacional. No quedaría al frente del sindicato, eso estaba más que claro, don Carlos pensaba en un perfil distinto: alguien dócil y gris; un tipo sin ambiciones, un dirigente que no le disputara ni el poder ni los reflectores. Los tiempos políticos y sindicales eran complica- dos, el líder vitalicio requería un secretario general incondicional. Don Carlos Jonguitud encabezaba la expresión sindical que dirigía los destinos del sindicato, la llamada «Vanguardia Revolucionaria». Con diecisiete años como líder moral, en él radicaba el poder real e indiscutible del sNTE. Además, por si fuera poco, ocupaba una senaduría por el estado de San Luis Potosí. Junto a él, en la cámara alta, estaba el profesor Antonio Jaimes Aguilar, secretario general saliente del sNTE, hombre muy cercano a Jonguitud Barrios y lejano a los intereses y afectos de Elba Esther Gordillo.

Cavilaba todo eso cuando lo vio aproximarse. Entre tanta gente, apenas se veía su regordeta figura, destilaba energía, poder y, más que todo, prepotencia. Daba la mano a unos, sonreía a varias, empujaba a otros en su andar —los empujados resplandecían de júbilo, habían sido tocados por el líder—. Le gustó notar que se desplazaba un poco hacia su izquierda para acercarse a ella: la saludaría. Recordó mejores tiempos: cuando recibía aprecio y reconocimiento. Frente a frente, le sonrió a don Carlos Jonguitud. Sintió su beso en la mejilla, el exceso de perfume, saliva y sudor; escuchó con claridad sus palabras al oído.

—Mira, cabrona, no solo no vas a quedar, sino que te vas a largar a la chingada, por traidora y pendeja.

Desapareció la sonrisa de su rostro; mantuvo la voz en tono bajo, pero con la energía suficiente para dejar de manifiesto cuál era su carácter y su sentir.

—Ya veremos a dónde me largo, maestro —respondió con una evidente tensión en el rostro.

—A la chingada, puta zorra ambiciosa, a la chingada te vas a ir, y contigo cualquier pendejo que se le ocurra siquiera darte un saludo o una puta sonrisa.

Quienes estaban cerca escucharon parte de los insultos, y vieron cómo —en medio de sonoras carcajadas— don Carlos siguió su camino. Atrás quedaba ella con el semblante des- compuesto, con un par de maestros de la sección del Estado de México que evitaron que fuera empujada por los miembros de la comitiva de Jonguitud. Atrás los tiempos donde la gente la buscaba, donde se morían por una mirada suya y, de ser posible, por el honor de saludarla. Atrás la esperanza de verse llegar más arriba en el escalafón sindical. Se alejaba el maestro, sudo- roso, de guayabera celeste, arropado por la gente; lo hacía entre vítores y aplausos, luego de ser designado nuevamente líder vitalicio del sNTE. Él era «la luz que ilumina nuestro destino», según había dicho uno de los dirigentes del norte del país, quizá deseando resultar agradable a los oídos del poderoso o, simple- mente, para cumplir una de esas encomiendas institucionales. Elba, en cambio, era blanco del desprecio de los delegados. Decidió marcharse rápido, caminó hacia la salida del auditorio. No quería volver la mirada, sabía que habría rostros burlones. En su apresurado andar escuchó groseros y acosadores silbidos. No tenía ganas de saludar a nadie y pocos intentaban hacerlo. No deseaba discutir, quería tranquilidad, enfocarse en los siguientes pasos: su incorporación al gobierno o en la disidencia. No tenía claro qué hacer. La lucha no había terminado.

A su lado iba Diego Martínez, uno de sus leales —aguerrido, temerario, recién treintañero, bien parecido—; le ayudaría a conducir de Chetumal a Cancún, para de ahí tomar un vuelo a la Ciudad de México. En el auto tendría oportunidad de llorar, desahogarse, insultar a varios. De maldecirse por ser tan confiada, por querer tanto, por encontrarse con la traición sin estar preparada. «Traición, traición, traición», la palabra re- tumbaba en su mente. Se volvía urgente el hecho de salir del recinto, lo que no sería tan sencillo; quien pretendía hacerlo se topaba con mal encarados guardias, quienes hablaban constantemente en aparatosos radios y repetían la misma frase:

«No estés jodiendo, no contamos con autorización para dejar salir a ninguna persona». Lo cual era entendible: en unos minutos habrían de leer la planilla para integrar el próximo Comité Ejecutivo Nacional y, por ello, la lógica indicaba que nadie debía abandonar los trabajos. Podían ser minutos u horas los que faltaban para conocer la decisión de don Carlos, el dedazo sindical de Jonguitud. Durara el tiempo que durara, la gente debía aguantar en sus asientos.

—Sácame de aquí, Diego, sácame. No aguanto —demandó Elba. Se sentía presa, rodeada y humillada por un grupo de temibles enemigos.

—Venga por acá, tengo un amigo de la prensa, por aquella puerta ellos entran y salen.

—No chingues, camión; no quiero que me entrevisten, no quiero hablar con nadie, menos dar declaraciones.

Era un día de pesadilla. Ella, casi en el abandono; don Carlos Jonguitud, aclamado por todos. El desprecio del que era objeto no le dolía tanto como escuchar los gritos de apoyo a Antonio Jaimes Aguilar —el dirigente saliente—, y las aclamaciones a Refugio Araujo del Ángel, quien se había filtrado como la carta fuerte de Jonguitud para convertirse en el secretario general del sindicato. Nadie la mencionaba a ella, ningún grito de apoyo. Tampoco se escuchaba a Rubén Castro, pero sí lo había visto contento, era parte del grupo en el poder.

Eit, ven —se dirigió Diego a Raúl, su primo hermano que en ese momento lo apoyaba como uno más de sus auxiliares—, corre al fondo y dime cómo está aquella puerta; checa si se encuentra libre. Habla con Fernando Sánchez, dile que necesito su apoyo. Y no te vayas a equivocar porque te parto tu madre. Mientras sus pocos auxiliares buscaban sacarla del auditorio, la maestra era arropada por un pequeño grupo de delegados; todos afines, todos molestos con lo que venía ocurriendo en el congreso sindical.

No tuvo que esperar mucho; en la puerta de salida, a escasos metros, un joven delgado y fornido le hacía señas.

—Maestra, ese es mi amigo Fernando. Es un periodista, no es del gremio pero es de los nuestros. Por aquella puerta vamos a salir, me dicen que no hay gente que nos impida el tránsito; al parecer el grueso de la prensa está aglutinada en un anexo; ahí se encuentran los periodistas recibiendo el tradicional sobre con dinero, eso indica que el Congreso Nacional está por finalizar.

Avanzaron. Efectivamente, el lugar estaba desierto; solo se encontraban Fernando y Sonia Rubio, otra de las periodistas afines al auxiliar de Elba Esther. Ambos esperaban indicaciones.

—Salgan por aquí, por esta puerta. Nada de qué preocuparse, no hay nadie cerca; pero tampoco tarden mucho —les señaló Fernando.

—Si gusta, maestra —comentó Diego—, espere un momento aquí, voy corriendo por nuestro auto —dijo al notar que no había acceso desde ahí al estacionamiento principal.

—Está el mío —intervino Fernando—, es un vehículo sencillo, lo renté hace unos días. Si aceptan, alguien podría alcanzar- nos más adelante. Salvo que la maestra no esté de acuerdo.

—Claro que estoy de acuerdo, ya me quiero largar, pero…¿tú no vas por el sobre?

—No, maestra; para mí es prioridad ayudarla a usted y apoyar a Diego. Quizá Sonia pueda recoger los sobres de nosotros dos.

—Ten las llaves, ve por el auto y te esperamos en la gasolinera que se encuentra a la salida de la ciudad rumbo a Cancún —fueron las indicaciones de Diego a Raúl, quien se alejó junto con otro de los auxiliares.

La maestra y los muchachos se acercaron al pequeño Datsun blanco modelo 86, tocados por la tensión y la tristeza.

—Quiero irme atrás, en ese asiento me sentiré más cómoda, alejada de todo —les dijo Elba Esther, y enseguida le abrieron la puerta.

Así, los dos jóvenes y la maestra abordaron el auto. Luego se hizo el silencio. Se percibía pesadez en el ambiente. Ella, con los ojos cerrados; ellos, sin cruzar palabra, nerviosos, atentos a lo que se veía en las calles. Había poca gente del pueblo, y los que caminaban por ahí difícilmente estaban inmiscuidos en la lucha magisterial. Los profesores institucionales estaban dentro del congreso, los maestros disidentes no se habían dignado a presentarse en Chetumal. La mayoría se enteró tarde de la sede del congreso; ninguno quiso hacer el viaje hasta uno de los lugares más lejanos del centro del país, discutieron un poco las posibilidades y prefirieron mantener las protestas en el Distrito Federal. No se veía en las calles a alguien que representara una amenaza. Aun así, los muchachos consideraron que era importante mantener los ojos bien abiertos. En la gasolinera ya los esperaba Raúl con el auto de la maestra Elba Esther. Fernando le dio un abrazo muy fuerte a Diego, y cuando quiso despedirse de la maestra, escuchó de sus labios la frase que tanto ansiaba.

—Te agradezco mucho lo que hiciste hoy por nosotros. Te la rifaste, Fernando. Espero poder un día corresponder a tu cariño. Me gustaría mucho que nos acompañaras hasta Cancún, pero entiendo que debes cubrir el evento sindical.

Antes de decir que aceptaba, alcanzó a ver el rostro de Diego, y no pudo evitar que se le iluminaran los ojos.

—Claro que voy, puedo servir para alternarme con Diego en la manejada, además, para cuidarla en el camino.

La maestra sonrió y pidió que se apuraran, quería llegar a algún hotel cercano al aeropuerto de Cancún para dormir. Su vuelo salía al día siguiente, a mediodía. Diego le dio a Raúl las llaves del Datsun, lo debía entregar en la agencia donde fue alquilado. En el camino, Fernando fue contando cómo conoció a Diego y las razones por las cuales entró al periodismo. Estaba en un medio de comunicación muy sencillo: El Independiente de Tlalnepantla, pagaban el mínimo, pero le permitían aprender y acudir a una universidad privada para dar clases en la Escuela de Comunicación. Lograba cubrir sus gastos gracias al apoyo que tenía de su novio Diego. De ahí pasó a comentar cosas más personales. Confesó que lo único que no le agradaba de su pa- reja era que cada día se volvía más exigente y celoso.

—Los celos no necesariamente son malos, siempre y cuan- do vayan acompañados de mucho respeto —dijo la maestra en uno de los pocos momentos en los que habló, mientras los iluminaban las luces de un tráiler enorme.

—Es que Fernando es demasiado guapo, si supiera, lo tengo que cuidar hasta de mi primo Raúl —respondió Diego, mientras Fernando y la maestra rieron.

Llegaron a las dos de la madrugada a un hotel de cuatro estrellas de una cadena internacional. A pesar de la hora y del cansancio acumulado, la maestra Gordillo Morales se comunicó desde la habitación con el particular del regente de la Ciudad de México.

—Buenas noches, licenciado Jacinto Ortega, disculpe la hora, espero no importunar.

—Buenas noches, maestra. No se preocupe; aún tengo cosas por hacer, falta un rato para irme a descansar.

—Solo me reporto para informar que ya no estoy en el Comité Nacional del Sindicato.

—Nos enteramos hace un rato. Le aseguro que el licenciado Camacho Solís no está muy contento con la actitud y las deci- siones del senador Carlos Jonguitud.

—Es muy generoso el licenciado Camacho.

—Me dijo mi jefe que, si se comunicaba usted, le transmitiera una indicación: la espera el próximo lunes en su des- pacho.

Eso le daba a la maestra un margen de tres días; por lo mismo, luego de agradecer al licenciado Jacinto, acomodó sus ideas, pensó qué acciones debía llevar a cabo, enseguida realizó otra llamada.

—Hola, soy Elba. ¿Cómo estás? —del otro lado de la línea estaba un joven y aguerrido maestro de Michoacán, adherido a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, el sector disidente del sindicato.

—Bien, amiga. ¿A qué se debe el honor de su llamada? No me diga que ya se va a sumar a nuestras filas.

—Ganas no me faltan, pero creo que podemos avanzar me- jor si estamos en ambos frentes. Tú sabes que siempre los he respetado, y hoy más que nunca les tengo admiración. ¿Cómo andas para vernos el domingo? Me gustaría que pudiéramos platicar en persona.

—Con toda la disposición para reunirnos y tomar un café.

¿Gusta que me lleve a algún camarada?

—Te veo en Mercaderes a las nueve de la mañana. Supongo que sabes dónde se encuentra. Cita ese mismo día, pero más tarde, a dos o tres de tus compañeros de lucha; de los más bra- vos, inteligentes y leales. Así comentas con ellos las ideas que antes vamos a discutir tú y yo.

—Muy bien, Voy a contactar a varios compas para verlos el domingo por la tarde. Cuidaré que sean de secciones distintas.

—Muy bien, amigo. Sé que sabes operar, hasta entonces.

El profesor Luis Molina poseía gran liderazgo en el movimiento magisterial disidente en Michoacán. Era catalogado como un tipo medianamente honesto y bastante bravo para discutir con sólidos argumentos por sus derechos y en aras de alcanzar sus aspiraciones. Tal vez, a última hora, la maestra se disculparía por no poder acudir a verlo, pero de ser así, lo haría por ella alguno de los más cercanos. Tenía claro que Luis lo entendería. Luego se comunicó a la habitación de Diego para darle indicaciones.

—Cita mañana viernes por la tarde a Rafael Ochoa, Moisés Armenta y Jesús Ixta Serna. Necesito discutir con ellos lo que está ocurriendo, y saber si aún puedo encargarles algunas tareas.

El domingo a las cuatro de la tarde se encontraron reunidos en un sencillo restaurante, cercano a la alameda de la Ciudad de México, cuatro jóvenes dirigentes de la disidencia magisterial: Luis Molina, de la Sección 18 de Michoacán, Ubaldo Gutiérrez, de la Sección 14 de Guerrero, Omar Juárez, y Patricia Verástegui, de la 9 y la 10, ambas del Distrito Federal.

—Pues bien, amigos, les tengo que contar que en la mañana me reuní con un par de charros. Iban de parte de la profesora Elba Esther, que a última hora no pudo acudir a la reunión. Dizque se sentía mal, pero lo cierto es que ya saben cómo es esto; seguramente se asustó de verme en público.

Se quejaba Luis con sus amigos, quienes lo miraban entre risitas, haciendo muecas de hastío al tener que establecer con- tacto con sus adversarios sindicales, a los que llamaban charros, en honor al apodo que con el que se conocía a un corrupto líder obrero del México de mitad de siglo.

—Eso te pasa por tener comunicación y hasta amistad con esa señora. Insisto en que no podemos ser sus pinches marionetas, nuestra lucha no tiene que ver con las aspiraciones de nadie —comentó Patricia, maestra de 27 años, guapa, inteligente, valiente; quien no veía con buenos ojos a Elba Esther y que nunca callaba sus comentarios—, aunque sea tu amiga.

—No soy su marioneta, sabes que coincido en muchas cosas contigo; sirve tener información y apoyos por parte de ellos. Además, si podemos colaborar para que se destruyan, pues eso termina beneficiándonos, ¿o me equivoco?

—Bueno, y a todo esto, ¿con quién te reuniste, cabrón? —intervino Omar—. ¿Qué querían? ¿Para qué te desmañanaron?

—Me junté con dos auxiliares de Rafael Ochoa; un güey que se llama Ismael, y la hace de su particular, y una chava que estaba muy pero muy buena. Ah, también estuvo un cuate de nombre Raúl Martínez; se la pasó muy calladito, es primo de Diego, un tipo que es buen pedo. La que más hablaba era la chica esa que me quitaba el aliento con tanta curva.

—Ay, qué pendejo estás. Hasta los charros saben que un par de tetas te vuelven loco. Por eso los cabrones te mandaron a esa jovencita. En el movimiento ninguna de las mujeres te hacemos caso, ya te conocemos —volvió a intervenir Patricia, para agregar con una sonrisa burlona—: serías mi ídolo si así como eres de coqueto fueras para tirar vergazos en las protestas.

—No soy coqueto, amiga —le dijo acercándose a ella—. Es más, no recuerdo haberte invitado ni una pinche chela; y eso que estás más linda que la chica esa. Y no digas babosadas, nunca de los nuncas me rajo en las protestas —agregó acomodándose de nuevo en su respaldo—. Pero a la chingada, estos no son los puntos de la agenda, no nos distraigamos: los charros quieren que no aflojemos el paso. Están divididos, y los elbistas quieren que calentemos más el ambiente con un chingo de manifestaciones y una fuerte presión al gobierno que encabeza el pinche pelón de Salinas.

—Así han sido siempre —intervino por primera ocasión Ubaldo—, son unos ojetes. Si entre ellos se destruyen, imaginen lo que piensan hacer con nosotros. No obstante, coincido con Luis, hay que aprovechar sus desavenencias para fortalecer nuestra lucha. Nosotros tenemos ideales, y ellos, simples intereses y ambiciones.

—Miren, la lucha tiene que continuar, se debe fortalecer

—volvió a tomar la palabra Luis para centrar y dar un rumbo serio a la reunión—. Los problemas son reales: el salario del magisterio está por los suelos, los compañeros viven en la mi- seria, no alcanza el dinero para nada. Entre López Portillo y Miguel de la Madrid llevaron la economía del país a la mierda. Antes, con Díaz Ordaz y Echeverría, se fue la libertad al escu- sado. Ahora, lo mismito con el pinche pelón de Salinas, pero en función de la democracia; así que no tenemos libertad ni sala- rio ni democracia. El país está jodido, pero lo único que debe interesarnos es lo nuestro: el magisterio mexicano. Y ahí hay mucho para discutir. El sueldo de los profesores equivale a 1.4 salarios mínimos. Nadie nos da crédito, casi ningún profe tiene vehículo reciente, menos una casa en buen estado. Y, por si fuera poco, no contamos con democracia en la organización sindical.

—Pero en concreto, ¿qué es lo que quiere tu querida amiga la profesora Gordillo? —señaló Patricia con una mirada entre burlona y pícara.

—Algo muy sencillo: que sigamos peleando el aumento salarial y que exijamos con firmeza elecciones democráticas para la Sección 9.

—En eso coincidimos. Nos interesa el tema salarial, creo que a todos, pero a mí en lo particular, me mueve el asunto de mi sección sindical, la 9, la más estratégica. La histórica sec- ción heredera de la lucha del maestro Othón Salazar —agregó Omar.

Como respuesta hubo carcajadas y expresiones como «ya bájale», «te volaste la barda», «te la mamaste». Patricia aprove- chó para extenderse en ese comentario.

—A ver, todas las secciones son importantes. Escúchame, nunca lo olvides: de la 9 no solo salió el maestro Othón; de ahí también es Carlos Jonguitud. Si mal no estoy, fue dirigente de tu sección antes de tomar el poder del sindicato, literalmente, a balazos.

—Todas son importantes, pero no necesariamente resultan ser estratégicas para el devenir del resto del sindicato. Mi sec- ción sí lo es, por los maestros que aglutina y por localizarse en el Distrito Federal. Pero okey, no discutamos por discutir. Soy de la idea de que le entremos a eso que dice Elba Esther; y que quede claro, aunque no lo hubiera dicho ella, igual íbamos a participar. Pero a todo esto, ¿qué ofrece?, ¿cómo colabora la, cada vez menos, poderosa señora Gordillo? —apuntó Omar mirando a Luis Molina.

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