El amor en los tiempos del #metoo

Ciudad de México, 26 de marzo (MaremotoM/Literal).- A los poetas nos corresponde, se supone, el tema amoroso. Nunca ha sido un ejercicio plácido. De hecho, durante muchas épocas se ha definido como una especie de teatro de guerra, plagado de violencia. Por cada gran historia de amor, hay otra de desamor y sería difícil establecer con certidumbre cuál va ganando en el tablero: el pecho o el despecho. Lo que me parece claro es que uno de las labores de la poesía sentimental —lo cual incluye, desde luego, la canción popular— consiste en reinventar para cada generación el concepto del amor, o cuando menos, de reformular la pregunta, ¿qué es el amor?

Existen aspectos universales gracias a los cuales versos eróticos escritos hace más de veinte siglos por poetas como Safo nos siguen hablando al oído y seduciendo. Pero a la vez, sabemos que la abierta sexualidad de las tradiciones antiguas se va a convertir en ardientes (y frustrados) deseos epistolares durante el medioevo. O que la idea de una media naranja perfecta que nos atrae como imán, planteada jocosamente por Aristófanes en el Simposio, va a desembocar entre los decimonónicos en el amor como algo “platónico”, es decir, en el que esas dos mitades jamás podrán unirse sin destruirse mutuamente. Si el amor es un juego las reglas, por ende, éstas cambian.

Ahora que ha estallado (algunos diríamos que inevitablemente) la ola de denuncias dentro del gremio literario mexicano bajo la consigna de #MeToo en redes sociales, la coyuntura me ha llevado a preguntarme si un debate que parece a primera vista agregar otro capítulo más a la guerra entre los sexos que describe Rosario Castellanos en Mujer que sabe latín puede atribuirse también a un cambio sociológico con respecto al cual la cultura se ha quedado rezagada. El machismo dentro de nuestro gremio literario es un hecho innegable, y todos sabemos que los casos graves son legión. Hay un consenso en ese sentido —incluso entre los que sostienen que nada debe denunciarse por el escaparate de Twitter, sino en las cortes de justicia, o entre los que creemos que, aunque rechazamos la censura, las denuncias anónimas son injustas en sí.

Me parece, de hecho, que detrás de este movimiento hay un cisma, o mejor dicho un desfase tremendo entre la trayectoria de mujeres que nacimos listas para participar en la literatura como autoras y la de hombres que en cuanto a letras toca, siguen buscando en nosotras más inspiración que participación. Desde mi experiencia personal, a grandes rasgos diría que mi generación de mujeres autoras buscábamos participar hombro con hombro en un gremio en el que todavía en pleno siglo XXI, desde la perspectiva de muchos de los autores y editores con quienes nos ha tocado crecer, cada mujer cabe en solo una de varias categorías preestablecidas, como si nos correspondieran bandejas distintas en una gran barra de ensaladas: la esposa a la que se engaña, la musa a la que se adora, la amante que habita la casa chica, las lectoras admiradoras anónimas con quienes acostarse en el camino. Las mujeres de cada bandeja se sienten inevitablemente perjudicadas y predispuestas a culpar a las habitantes de las demás bandejas por los agravios sufridos. Estas categorías debían mantenerse separadas e incomunicadas, como nichos. Pero una combinación de insatisfacción profunda con el status quo desde ambas partes y el funcionamiento anti-jerárquico de las redes sociales han mezclado todos los ingredientes, todos los casos, lo cual es abrumador e, insisto, corre el riesgo de acabar siendo injusto desde cualquier perspectiva, aunque sin duda, cumple con la muy necesaria función de romper un silencio colectivo fundado en el miedo. Otros lugares comunes, como el hecho milenario de que los poetas somos locos y borrachos por antonomasia, se vuelven particularmente tóxicos dentro de este campo en vías de transformación (aprovecho para señalar que, aunque no soy puritana y no me considero ni cuerda ni abstemia, siempre tendrá mi apoyo cualquier persona que busca ayuda para sus problemas psicológicos o sus adicciones.)

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No tengo una bola de cristal. Tampoco creo que todos debemos estar previamente de acuerdo sobre cómo funcionarán todas las relaciones dentro de este amor que nos toca, el de 2019. Pero quizás los poetas logremos avanzar en ese sentido en cuanto podamos dar un paso adelante, desde las denuncias hacia el diálogo. Y a partir de allí, podemos volver a plantear la pregunta: ¿qué es el amor?

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