Anuar Zúñiga

El amor es una postura política: Anuar Zúñiga Jaime

El metabolismo de los reptiles es el poemario de Ánuar Zúñiga Naime, quien en sus versos desentraña el detalle de nuestras etapas adultas.

Ciudad de México, 14 de diciembre (MaremotoM).- Al cierre del encuentro Tiempo de Literatura 2018 en Mexicali, platicaba con Ana Fuente sobre los autores que habían participado, libros, música. Hicimos buen click para conversar y atacarnos de la risa como si nos conociéramos desde hacía años. Quienes han platicado con Ana sabrán que su carácter es así: llevadera, desmadrosa y amable.

Supongo que el carácter de Ana y no el mío fue por lo que Ánuar Zúñiga Naime se acercó a la mesa para platicar con nosotros.

Charlamos de poesía, del encuentro, de su participación al lado de la poeta Martha Mega, de cervezas y de enfermedades. Ánuar nos dijo que comenzaría a someterse a quimioterapias apenas regresara a la Ciudad de México.

Apenas escanciábamos las primeras cervezas cuando Elma Correa nos llamó a Ánuar, Martha Mega, Ana Nicholson —que también participó en Tiempo de Literatura— y a mí para decirnos que tendríamos que salir muy temprano de Mexicali hacia Tijuana. Sin problema, coincidimos todos. ¿A qué hora es “temprano”? A las 4 de la mañana, así que van a tener muy poco tiempo para fiestar porque no quiero que ninguno de ustedes pierda el avión.

Emprendimos el camino a la hora acordada y dos horas y media después nos bajamos en el aeropuerto de Mexicali. Nos despedimos ahí pues el avión de Ánuar, Martha y Ana saldría más tarde y tendrían tiempo suficiente para dar la vuelta por la Revu. El vuelo que me llevaría de regreso a Puebla saldría en un par de horas. Me quedé a buscar poemas de Ánuar en el internet y me encontré con los poemas de Pretty hate caffeine; tiempo después leería otro poemario suyo, El metabolismo de los reptiles: soy el ciudadano promedio/ y me siento sospechoso en los bancos/ y los aeropuertos/ la casa en la que crecí ahora es una sucursal de starbucks/ corro al cruzar las calles/ obtengo placer de imaginar a mis padres/ llorando mi muerte.

–Antes de hablar sobre tu libro, platícanos de tu proyecto KFGC.

–Llevamos 11 años con él. Empezó como taller literario, después empezamos a coincidir en lecturas y recitales. Nos invitaban por separado, pero terminábamos por coincidir ahí. Entonces buscamos maneras de hacerlas menos aburridas para nosotros: usar música, poner algún video, que fuera más performático. Al inicio usábamos música de artistas que nos gustaban, luego creamos nuestra propia música –o a intentar hacer cosas con instrumentos y con la computadora– y montamos una especie de espectáculo, en parte visual y con música en vivo. Vendría así la publicación de libros en colectivo, tratamos de eliminar un poco la noción de autor.

En 2017 grabamos un disco, Emails a Nigeria. En 2018 terminamos y estrenamos la miniserie Los fotocopiadores, escrita y producida con Monera; consta de 6 capítulos de ficción sobre cómo es ser poeta o por lo menos de cómo son las cosas cuando empezamos a meternos al medio de la literatura y a conocer a la gente que admiramos.

Ahora, con el encierro, tratamos de hacer cosas multimedia. Colaboramos con un montón de artistas visuales para hacer videos. Grabamos sencillos que ya subimos a Spotify y a todas las plataformas de música. Mientras tanto, realizamos más tracks para subirlos conforme los terminamos.

El proyecto más reciente es un canal de videoclips de poesía en streaming, la idea es que sea 24/7. Estamos pidiéndole material y colaboración a gente de varios lados de Hispanoamérica, aunque también tenemos tres videoclips de poesía de la India.

–Desde que leí Pretty Hate Caffeine me dio la sensación de que tus poemas se referían a un mundo próximo a la destrucción, pero con posibilidades de renacer justo en ese instante destructivo. Renacer de sus cenizas inmediatamente. ¿Cómo ha sido tu forma de percibir el mundo respecto a esta pandemia y tu trabajo poético?

–De alguna manera siempre nos ponemos de excusa el tiempo para hacer las cosas: “No tengo tiempo”, “tengo muchas cosas que hacer” y pospones lo deseado por ti mismo. La pandemia benefició al colectivo. A mí, en particular, para ya no tener esas excusas, un poco para combatir la ansiedad de no ver a la gente que quieres —eso que todos y todas estamos pasando. De alguna manera no me he hecho más creativo, pero sí más disciplinado en la dinámica de sentarme a hacer cosas: dejo algo para después volver a ello, no una bitácora sino una especie de registro de los sucesos actuales, aunque no escriba de eso directamente. Intuyo que todo lo escrito en este momento tendrá cierta rúbrica. Es una vivencia a nivel mundial, lo vamos a ver en películas los próximos meses —o en 15 años— estará reflejado en las obras literarias y en todas las disciplinas artísticas. Impactará de una manera sin precedentes. No va a ser una cuestión cultural de una ciudad o de un lugar o un país.

–En tu poemario aparece este verso: “envejeces el día que aceptas/ que nunca serás tú/ quien desarme al asaltante”. En este momento, ¿qué es para ti ser un superhéroe?

–Soy un gran fan de los cómics desde niño, la cultura de los súper poderes y las identidades secretas siempre permea en todo mi quehacer literario. Es un buen momento para decirlo: a mí me caen mejor los súper villanos. No por sus actos, no porque sean malos o quieran destruir y conquistar el mundo, sino porque se me hacen más realistas: si yo de repente tuviera súper poderes, trataría de ayudar a quien pudiera en el camino, pero principalmente estaría robando bancos. Me cuesta mucho trabajo comprender la onda del auto sacrificio. Por ejemplo, Spiderman llega tarde a la cita con la chica que le gusta por impedir un robo, deja que el bully de la escuela lo encierre en un casillero y permite que su jefe en la redacción del periódico lo trate como un pedazo de basura. Esa es la parte que no entiendo. No creo en tanto desprendimiento por el mundo. En mi opinión, ser superhéroe es hacer lo que nadie pidió que hicieras, que nadie paga por hacer y, no obstante, es lo más importante de hacer para ti. Va en contra de todo instinto de supervivencia. Posiblemente la vida de quienes escriben y/o hacen una disciplina artística —de las raramente remuneradas—, se parece al acto de salir y combatir el crimen, aun cuando nadie lo haya pedido. Por otro lado, el metabolismo también trata de volverse adulto, como en esa transición de dejar de ser el hijo de alguien y empezar a ser el papá de alguien. Dejar de ser una persona sin responsabilidades de alto impacto. Para mí, darme cuenta de esas cosas —el hecho de nunca ser yo quien enfrente al asaltante— hace que el poema cobre algo de visión, como lo del asaltante de la combi de hace unas semanas. Pero eso es para mí de superhéroes: hacer lo que nadie me pidió que hiciera.

–La cuestión del auto sacrificio va muy de la mano con la cultura católica. ¿Qué sucede con estas imágenes completamente desacralizadas en tu libro?

–Llegar a ser adultos es empezar a desaprender un montón de cosas enseñadas.

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Soy un gran fan de los cómics desde niño, la cultura de los súper poderes y las identidades secretas siempre permea en todo mi quehacer literario. Foto: Cortesía Facebook

Por ejemplo, a mi mamá le reclamo constantemente que nunca me enseñó a cobrar. Si alguien no me paga, debo sobreponerme a ello, plantear la posibilidad de olvidarlo a través de ser mejor persona. Idealmente, es una manera de integridad humana o de valores, funciona bastante bien. La bronca es cuando te ves en la necesidad y no tienes el carácter para pedir un trato más justo. Entonces, tenemos todos estos valores inservibles en la vida adulta, o con funcionamiento perjudicial en la práctica. Lo veo con gente de mi generación. Nos dijeron “si vas a la escuela y estudias una carrera, formas una familia y te haces de un patrimonio, todo va a salir bien, esa es la fórmula”. Nada de eso es cierto y debe ser muy frustrante seguir todas las instrucciones y al final no encontrar nada. Abrazar la idea de quedarme en la pobreza por dedicarme a las letras, en mi caso, me ayudó a sobreponerme a ese ideal. Todos estos valores de educación católica, como la culpa, a mí en lo personal continúan haciéndome más mal que bien. Desarraigarte de todo ello no es tan fácil, están mucho más enraizados de lo que imaginamos. En El metabolismo… hay mucho de eso, se trata de esa metamorfosis en la edad adulta, de ese empezar a conocer cómo es el mundo y no como en teoría te dijeron que sería.

–Me agrada la figura paterna en El metabolismo de los reptiles, incluyes ahí el significado de tener un hijo. Con todas las preguntas surgidas alrededor de los movimientos feministas, es una oportunidad para replantearse, ¿qué significa para ti la paternidad?

–La paternidad es elegir cómo vas a arruinar a alguien. Apuestas, haces tu mejor intento y luego ves cómo se abre la caja en frente de ti: sale algo completamente distinto, nada de lo que habías planeado. Pero también ves cómo se permea algo que querías transmitir y cómo hay cosas fuera de tu control. Es complicado. Piensas no cometer los mismos errores cometidos contigo cuando te educaron y terminas por cometer otros. Cuando lo notas, decides ir al camino ya conocido —el de cómo te educaron a ti— y comienzas a cometer los mismos errores. Básicamente, la paternidad es una cosa de ensayo y error, hasta el final.

–¿Hay cabida para la esperanza en un mundo entrópico como el actual y el retratado en tu libro?

–Es muy importante tener esperanza, pero es más importante tener humor. Hay mucha más capacidad de acción cuando se pierde la esperanza.

Anuar Zúñiga
El poeta Anuar Zúñiga. Foto: Cortesía Facebook

Sí debemos tener esperanza y no deberíamos todos y todas estar buscando el mejor escenario ni el mejor resultado en todo lo hecho. Deberíamos buscar hacer comunidad, de adentro hacia afuera. Pero, sobre todo, se debe tener humor, la capacidad de reírse de uno mismo o de las tragedias personales. Si tuviera que elegir entre tener esperanza o tener humor, preferiría tener humor.

–Prueba de ello es la carga de ironía y sarcasmo de tus poemas. Sin embargo, también encontramos el elemento del juego. ¿Qué significa para ti el juego?

–Todo lo resuelvo mediante juegos en mi cabeza. La única manera de lograr convertirme en un adulto medianamente funcional fue imaginándome como un juego todo lo que odio y todas mis obligaciones de vida adulta. Me eduqué mientras jugaba Atari, Nintendo, PlayStation —1, 2, 3, 4— y no dejaré de jugar hasta el día de mi muerte. De alguna manera, me impuse ese modelo en mi vida para poder hacer las cosas: misiones, escenarios, checks. Los KFGC hemos logrado mantenernos juntos durante 11 años porque nos divertimos cada sábado —este año ha sido por Zoom, pero nos vemos— como quienes juegan para los equipos de futbol de su colonia. Nadie va a vivir de eso, pero aun así estás a la hora acordada. Te comprometes, juegas, le pones de tu tiempo, de tus recursos para que funcione. Los juegos funcionan cuando los tomas en serio, por eso los niños son los mejores al jugar, ellos ponen reglas y luego las siguen. Cuando sigues las reglas de un juego y te comprometes con él, entonces se vuelve divertido. La pulsión de juego y la pulsión de arte son los estabilizadores para mantener la cordura, para dotar de diversión alguna actividad y, al final, hacer algo sin ninguna utilidad práctica. A quienes no les gusta jugar hacen las cosas como con si provinieran de un manual: esperan una gran recompensa y terminan con esta sensación de que la vida les debe. Hicieron todo como debían hacerlo y aun así no pasaron. De ahí vienen muchos rencores, muchas amarguras: de esperar un premio.

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–En tu libro, en el poema titulado Dios te ama, donde prácticamente Dios nos tiene alejados de él para poder vivir tranquilo, ¿para qué sirve un concepto como Dios en esta época?

–Hay mucha gente a quien sí le sirve. Al final, todos estamos en la búsqueda de paz mental. La noción de Dios le da eso a mucha gente. Es invaluable. El problema es la institucionalización de Dios, llámese Islam, Catolicismo, Judaísmo, etc. Ahora es una función mucho más espiritual pero, en su momento, tenía utilidades vitales y prácticas. Intuimos que si defecábamos en el mismo lugar donde dormíamos, de alguna manera a Dios no le gustaba. Y cuando lo hacíamos, Dios nos mandaba enfermedades y las cosas salían mal. En ese sentido, usar a Dios para explicar lo incomprendido —pero con un sentido práctico en nuestras vidas— era vital en ese momento. Ahora las ciencias hacen esa chamba —por suerte— y la función de Dios es más espiritual y comunitaria, en teoría. El problema es ese: nuestra interpretación de Dios; no Dios per se, sino las organizaciones alrededor. El carácter omnipotente de Dios le es dado a partir de nuestra impotencia. Esa, para mí, es la versión más cercana a Dios en los tiempos modernos. Yo no soy religioso, no creo en deidades, pero entiendo la utilidad espiritual y la utilidad de paz mental. Pero, para quien encuentra eso yendo a la Iglesia o a la sinagoga o la meditación, es válido y es valioso.

–Tu libro se publica recientemente en la editorial Pinosalados, de Mexicali, ¿qué significa para ti publicar o realizar este tipo de publicaciones en editoriales independientes?

–Al menos así lo planeé. Nunca empecé a escribir pensando “Bueno, un día voy a publicar en Anagrama o en Visor” –ojalá, sería muy oportuno– pero nunca ha sido mi tirada. Mi tirada es “Ojalá que unos estudiantes fotocopien mi libro y se lo pasen”, “Ojalá un día me encuentre un verso mío rayado en un vagón del metro”, “Ojalá un día alguien escanee mi libro y lo role en PDF en algún grupo de Facebook”.

Anuar Zúñiga
Para mí, es mucho más valioso tener una plaqueta firmada por el autor que tener un libro en edición bilingüe. Foto: Cortesía Facebook

Para mí, publicar en una editorial independiente tiene mucho más sentido. Para las y los poetas en general tiene mucho más sentido el dicho “De boca en boca y de mano en mano”. Alguna vez leí una entrevista con Antonio Ortuño, hablaba de cuando él viaja a una ciudad, a una Feria del Libro, y cuando lo hace, va con su hermano Ángel. Su hermano en su maleta lleva los libros, llega a casa de otro poeta en otra ciudad y duerme en el sillón con la maleta a su lado. Es decir, no sólo escribir libros, sino encargarse de hacer una especie de labor de venta. De alguna manera los lectores obtienen la fuente original de los autores o de una editorial muy pequeñita o independiente. Yo no preferiría estar en una editorial grande, a costa de la cercanía y el contacto de cómo funcionan las cosas en la comunidad, con la gente que escribe poesía. Es muy distinto con otras disciplinas literarias. A mí me gusta ese contacto, esa cercanía, que normalmente el público de la poesía sea gente que escribe poesía. Uno pensaría en ello como algo muy académico, pero no es así. Justo hay células muy académicas dentro de todas las disciplinas, pero la gran mayoría se basa en un espíritu de comunidad y el espíritu de compartir. Yo lo veo en mi propio librero, el lugar más especial para mí son los libros firmados por sus autores porque los conocí en un encuentro o coincidimos en una lectura o en un festival. Para mí, es mucho más valioso tener una plaqueta firmada por el autor que tener un libro en edición bilingüe, pasta dura, de alto costo.

–Pienso en Roberto Bolaño, él mencionaba que literatura más enfermedad siempre nos va a dar como resultado la enfermedad. Desafortunadamente estuviste enfermo, te encuentras en vías de recuperación, ¿qué piensas de la enfermedad como un medio para la creación? ¿O definitivamente no entra ahí?

–La base de contar una historia —aunque sea en poemas— para escribir y para crear, es que te pasen cosas. Puedes estar en todos los talleres literarios, leer a todos los clásicos, saber escribir en verso endecasílabo pero, finalmente, sin vivencias no vas a cambiar tu manera de escribir. Uno sólo cambia su manera de escribir en función de cómo cambia su manera de percibir la vida. El hecho de que te pasen cosas siempre va a nutrir la escritura. Para escribir no es necesario contraer una enfermedad terminal o perder tu casa. Pero, ciertamente, vivir cosas reales —por decirlo así—, sí impactará en tus actividades, en lo que dices y cómo lo dices, en cómo percibes las cosas y los temas que te inquietan. No es como si de repente bajen de volumen para comenzar a inquietarte otros, pero vas a tener un nuevo cristal a través del cual verlos. Para mí el cáncer fue un poco así. Cuando digo esto me siento muy egoísta pero a pesar de ser el 2019 el año de mi tratamiento un año terrible para quienes me quieren, yo lo recuerdo con mucho cariño, fue un año donde escribí mucho. Tuve todo este nuevo cúmulo de experiencias para revisitar y para crear. A partir de ahí pasaron muchas cosas: se publicó El metabolismo de los reptiles, primero en España; casi a la par se firmó el contrato con Pinosalados para su publicación aquí en México. Tuve el chance de ir al Festival Caracol en Tijuana hace poco más de un año, en septiembre –justo al final del tratamiento. Probablemente sólo a mí me funciona así. Pueden pasarme muchas cosas terribles en el día, pero si llego a casa y escribo un texto agradable según mi percepción, entonces fue un gran día. Para mí el 2019, en ese sentido, fue un gran año a pesar de estar enfermo. En realidad me tocó la parte más fácil, estuve rodeado de mucha gente dándome amor. Aprendí a darle más importancia a lo espiritual. Muchas de las muestras de cariño en ese momento fueron elementos místicos, pero cariño al fin y al cabo, tenían la fe de todos ellos. Mi primer cristal para ver las cosas cambió, pasó a ser la ternura en lugar de la impaciencia. Son importantes los sucesos, no necesariamente malos, para tener qué contar.

–En estos tiempos tan convulsos y politizados, ¿qué lugar ocupa la poesía?

–Justo para jugar. Es decir, si nos ponemos a buscar una utilidad práctica, no tiene ninguna. Incluso mucha gente podría esgrimir el argumento de que, con todos los recortes presupuestales a la cultura, es más importante comer o tener los servicios de salud básicos. Pero, una vez dotados de lenguaje, es inevitable empezar a jugar con él. No hay manera de darle la vuelta, no perdemos el tiempo al hacer poesía o arte en cualquiera de sus disciplinas porque no tiene una utilidad práctica. Justamente esta otra cosa sin una utilidad visible, cumple la misma función que Dios en el contexto mencionado hace rato: te da algo, una emoción, paz, te hace sentir empatía, no como artista sino como persona. Cuando te identificas con algo leído o te hace eco, tienes esta sensación de “Órale, yo pensaba que nada más yo sentía eso” o “Yo pensaba que nada más a mí me pasaba eso” o “Que sólo yo pensaba en esas cosas”. Encontrar de repente la existencia de alguien que sintió o que siente lo mismo, te hace sentir menos solo. Nada más por eso es invaluable. También está la otra parte donde todos los días puedes salir a la calle y decepcionarte profundamente de la humanidad. Puedes entrar 5 minutos a un trending topic en Twitter o ver CNN y salir deprimido, pero luego escuchar una canción o ver una pintura. Por lo menos a mí, esas dos sensaciones contrapunteadas me hacen darme cuenta de qué lado de la humanidad quiero estar, entre quienes construyen bombas y tanques y quienes escriben sinfonías o filman películas. Fuera de eso, no debe tener ninguna utilidad. Sí, totalmente, se podría emplear mucho mejor el dinero de las becas del FONCA, en más respiradores para los hospitales o en la agricultura, en fin. El arte no va a dejar de suceder por eso y sería un error pensarlo como indispensable. Al inicio de la pandemia, en un video o audio de un servidor público —era de Gatell, creo— se invitaba a los artistas a no detenerse o a no dejar de crear porque iba a ser importante. Independientemente de quién lo haya dicho, independientemente de partidos o ideas o representaciones políticas, yo estoy de acuerdo, sí es necesario para quienes estamos encerrados en nuestras casas combatiendo la ansiedad todos los días. No sólo es así para mí. Sí sirve, en ese sentido no tiene una utilidad visible, pero sí tiene una utilidad práctica —que es no perder tu cordura y no morirte por dentro.

–¿Qué es el amor?

–Cuando alguien o algo externo a ti te importa. Lo veo más como una postura ante la vida. Puedes salir a la calle y enfrentar al mundo con todos los escudos arriba y con todas las armas desenfundadas y estar listo para el maltrato de la gente. O puedo salir pensando “Bueno, voy a ver cómo puedo ser mejor esto para mí”, “Cómo puedo hacer mejor el mundo”, “Cómo puedo hacer que mi trayecto sea mejor o cómo puedo hacer que mi estancia sea mejor”. Es una postura política incluso. “Me voy a tomar unos minutos extra para ayudarle a esta persona que no conozco, a levantar las cosas que se le desenfundaron de la bolsa del supermercado” o “Me voy a detener a ayudarle a esta persona a cambiar la llanta”. No se trata de salir y ser almas de la caridad con todo el mundo, pero sí salir y tratar de ver afuera de uno y no sólo lo que le está pasando a uno. Para mí, eso sería el amor, visto desde una perspectiva universal, no tanto como el amor que le tienes a tu pareja, o a tus hijos o tu mamá, sino el amor como una postura en la vida.

Fuente: Neotraba / Original aquí.

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