El barrilete cósmico ya no está sujeto a esta tierra

Porque cuando eres la bisagra entre el fútbol lúdico y el fútbol de la era digital y mercantil la cosa no va a terminar bien. Antes todos queríamos jugar como Diego. Hoy todos quieren hacerse un avatar de Messi o Ronaldo y romperla en la PlayStation  o el Xbox.

Ciudad de México, 27 de noviembre (MaremotoM).- Yo nací en una familia mexicana tan disfuncional que en casa todos odiaban el futbol (así, con sílaba aguda). Tal vez por eso a mí me gusta el fútbol (con la silaba grave, como se dice en Argentina).

Desconozco cómo surgió mi amor por este deporte. No consigo recordarlo. Lo que sí no olvido es quién fue mi primer ídolo. Contrario a todos los niños de mi generación en México, Hugo Sánchez no era un referente para mí. Yo estaba enamorado del Pelusa, de Diego, de Maradona. Fue a partir de los seis años cuando lo vi por primera vez, en un televisor en blanco y negro, durante los partidos que trasmitió Televisa del mundial en 1986. Porque a Diego nunca lo vi jugar en vivo. Sólo lo recuerdo de la televisión. Alzando la copa en 1986. Llorando por la copa robada en Italia 90 y “ajusticiado” por la FIFA en 1994. También lo recuerdo como el gran jugador del Nápoles. Como el único de Boca Juniors. De los seis a los catorce años, es decir, durante toda mi infancia, en el mundo del fútbol sólo existía Maradona. Tal vez por eso, años después, viviría tantas veces en Buenos Aires y Rosario.

Contrario a la mayoría de los jóvenes de mi generación, yo no busqué lo que me hacía falta en Europa o Estados Unidos. Quizá entendí que Maradona encarnaba muy bien lo que todo niño de los barrios obreros latinoamericanos desea: salir de ahí, de la villa, de la población, de la favela, escapar, encontrar la manera de irse y regresar, volver como un Dios. Y Diego Armando lo hizo. Para el resto de nosotros, para los millones, es duro aceptar no tener un talento excepcional. Y es mucho peor comprender que no se tiene siquiera lo mínimo para jugar al fútbol profesionalmente.

Por eso, este mediodía, cuando me enteré que Diego ya no está con nosotros, no pude evitar llorar. No sólo era Diego. Es que con él también están los amores que viví en Buenos Aires. Las noches de vagancia por todo el conurbano. Es Lanus, Morón, Quilmes, La paternal, Boca, Barracas, Boedo, Once, Caballito. Es todas las canchas de fútbol en las que juegue y a las que asistí. Es tomarte una birra con los pibes a los que saludas de beso y está bien.

Porque que de donde yo venía a los hombres ni se les mira. Es el rock argentino y usar el cabello largo hasta los omoplatos en el trabajo y no ser considerado homosexual. Es comer pizza sin kétchup. Es tomar Fernet con coca cola. Es mi investigación de doctorado sobre la revista Babel y la literatura argentina. Es todo eso que empezó en aquel verano de 1986 cuando de niño, mientras en casa todo mundo se ocupaba de lo suyo, yo veía en una vieja televisión a Diego Armando Maradona construir su mundial de fútbol, ese en el que ajustó las cuentas con Margaret Thatcher y el imperialismo occidental. Al menos de manera simbólica. Que es la más estúpida pero también la única que vale. Fue en aquel mundial donde, excluyendo a Uruguay y Corea del sur, Argentina venció a todos los equipos europeos que enfrentó.

Ya lo he dicho antes. Lo digo siempre que es posible: mi hijo David es autista. Una de las cosas que el autismo trajo consigo es que frustró la única cosa que deseaba imponerle a David: el amor y la pasión por el fútbol. Debido a su hipersensibilidad auditiva llevarlo a la cancha sería mortificante para él. Sin embargo la vida tiene milagros, como el juego del que hablamos.

A David gusta de sentarse conmigo a ver los partidos en la televisión. Se recarga en mi barriga y me escucha putear y alentar. Al mismo tiempo yo le cuento todo lo que sé sobre fútbol. Y sé que me entiende. Por eso ayer, mientras esperaba que dieran las diez de la noche para aplaudir y despedir al Diez, le conté quién fue Diego.

Le dije que era un muchacho que nació en un lugar llamado Villa Fiorito y al que la industria del espectáculo, el mercado del fútbol y la especulación humana convirtieron en Dios y después le cortaron las piernas. Le dije a David que yo también fui drogadicto y que Diego, según confesó en una entrevista, a los 23 años tomó por primera vez falopa.

Le dije a David que todos los que nacemos en barrios proletarios nos sentimos duros e invencibles. Que en esos lugares se viven en un solo día más cosas de las que pasan en un semestre en nuestro actual barrio clase mediero en Santiago de Chile. Que por eso Diego no pudo con el éxito y todas las pelotudeces que eso implica. Porque cuando eres de una villa o de un barrio chacal nadie te enseña a triunfar y si eso sucede crees que es un mandato divino y por lo tanto es posible hacer cualquier cosa: tener amigos mafiosos, ir con putas menores de edad, inhalar cocaína hasta la demencia, abandonar a tus hijos, agredir a las mujeres, insultar reporteros, llorar y pedir perdón con la misma sinceridad con la amas a toda esa gente que lastimaste.

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Porque cuando eres la bisagra entre el fútbol lúdico y el fútbol de la era digital y mercantil la cosa no va a terminar bien. Antes todos queríamos jugar como Diego. Hoy todos quieren hacerse un avatar de Messi o Ronaldo y romperla en la PlayStation  o el Xbox.

También le dije a David que Diego después de ganar todo lo que su tiempo y época la permitieron tuvo 23 años para aburrirse. Se retiró… O tal vez sea mejor decir que lo retiraron. A los 37 años.

Entonces ¿Qué se supone que tenía que hacer Maradona? ¿Ser un pecho frío como Pelé? ¿Ir por ahí como guiñapo de la FIFA y obedecer todas las órdenes como cachorro amaestrado? Porque ese es otro problema, le dije a David. Cuando eres tan, pero tan proleta, una vez que terminaron de explotarte ya no te quieren cerca. Te mandan a tu casa con la encomienda de que te portes bien y trates de ser discreto en tus quilombos.

El asunto es que los dueños de la pelota y de la plata no conocen el orgullo de ser pobre. Mejor dicho: la soberbia de ser pobre. Porque, una vez que lo tuviste todo, no lo vas a dejar ir ¿Quién carajos en su sano juicio puede dejar la peor de todas las drogas? La fama, la admiración, la zalamería, los halagos, las canciones en tu honor, las películas con tu nombre, las cenas con Nestor y Cristina, con Castro, Chávez, Evo, El Papa. Por eso el tatuaje de otro argentino igual de icónico y deglutido por la mercadotecnia: Ernesto Guevara.

Y entonces, le dije a David, esos 23 años se convirtieron en una eternidad infernal. Una aporía hija de puta porque estás condenado a vivir de las repeticiones de lo que hiciste pero no vas a poder hacerlo nunca más y sabes que todavía puedes lograrlo. Poco a poco, te vas a convertir en un despojo. En un mal recuerdo. En un técnico que le pide a todos, pero se disculpa con las damas, que la chupen. En una anécdota que alguien narró mal. En un anciano prematuro y trabado que sólo puede pronunciar la vocal e hasta lo imposible. Hasta que llegue el día de lo inevitable. Y entonces, tal vez, volverás a ser libre y hacer de la cancha, una vez más, el mejor lugar del mundo.

Diego Maradona
“Anda con el certificado de defunción en el bolsillo” le escuché decir a un cardiólogo hace como veinte años. Foto: Cortesía

Todo eso le dije a David. Cuando dieron las diez aplaudimos y a lo lejos vi que TC se reía. Ella no lo va a entender. No la juzgo. Pobre. De lo que se pierde. Eso me hizo recordar a los cientos de miles de detractores que exigen se borré la memoria del Pelusa porque no era un ejemplo ¿Ejemplo de qué me pregunto yo? Esta gente que siempre está ahí para decirnos a todos cómo se tiene que vivir. Para dirigir a quién tenemos que admirar. Qué música escuchar. Qué películas mirar. Cuáles libros leer. Cómo comportarnos. De qué manera expresarnos. Y yo creo que por eso les caga Maradona. Hizo lo que se le re cantó y nadie lo pudo evitar. Mucho menos ahora, que ya está muerto. La primera vez que estuve en Buenos Aires tenía 21 años. Nunca olvidaré que en las pantallas del subte repetían una y otra y otra vez los goles que les hizo a los ingleses. Los vi hasta que me dolió el cuello. Nadie me juzgó. A nadie estorbé. Al parecer era algo normal. Sin embargo, hay quién califica esto como fanatismo y etcétera, etcétera ¿Para qué discutir con ellos? Ya está. Ya fue. No era todavía su tiempo de Maradona para partir. Pero ¿cuándo es ese tiempo que no debería existir? Lo voy a extrañar. Lo vamos a extrañar. Es una lástima. Maradona es alguien, fue alguien a quien no se le puede repetir.

Tampoco alcanza solamente con recordarlo. A Maradona hay que revivirlo. Hay que recrearlo. Porque sí, era un monstruo. El primer engendro de la globalización. Un ortodoxo griego no sabe quién es la máxima autoridad de los musulmanes y viceversa. En cambio, musulmanes y ortodoxos, saben quién fue Maradona. Diego no sabía de feminismos pero hoy todas las feministas apuntan contra él. Es imposible negar sus abusos. Su misoginia. Pero un pibe desheredado por el sistema, que no terminó el colegio por jugar a la pelota y al que los dirigentes y capitalistas del fútbol exprimieron (y seguirán explotando su memoria), es también una víctima de las grotescas deformaciones del patriarcado. Hoy sabemos que Cristiano Ronaldo tiene acusaciones de violencia sexual hechas por varias mujeres y el escándalo no trasciende. Lo cuidan. Los clubs vigilan a sus jugadores. A Maradona la policía italiana lo comenzó a perseguir después de que Argentina eliminó a Italia en penales porque antes de eso le permitían todo. A Maradona la FIFA lo inmortalizó por las ganancias que dejará otros cien años pero a nadie le importó sentir empatía con él. A Maradona lo patearon adentro y fuera de la cancha. Pero a él no importaba. Los gambeteó a todos. Nunca pudieron detenerlo. Incluso burló a la muerte en más de una ocasión. Por eso ayer enfiló otra vez su último pique. Estaba cansado. Harto. Enfermo. Diego ya no le encontraba sentido a seguir vivo. Así que se desprendió de todas las marcas, de todas las miradas y se largó. Un barrilete cósmico que ya no está sujeto a esta tierra. Que quiere probar suerte en otras canchas, en otras eternidades.

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