Natalia Alejandrina Blanco

El beso que incendió una ciudad

La artista gráfica Natalia Alejandrina Blanco hizo su versión de Secreto en la Montaña, pero ahora el escenario era el desierto y en lugar de caballos, dos maricas montaban a pelo un dinosaurio. Ya abajo, bailaron de cartoncito y la causa por la que Saltillo pegó el grito en el cielo fue cuando esos dos pelaos bragados ataviados con botas, sombrero y cinto piteao’, juntaron sus bigotes y se dieron un beso

Ciudad de México, 25 de agosto (MaremotoM).- Natalia creció en un barrio bravo de Saltillo, uno al que llegaron sus abuelos procedentes de Bella Unión. La Centenario era “puro monte” y muy pronto se convirtió en territorio Malandro. Pero a Natalia Alejandrina Blanco jamás la intimidaron los cholos. Ella los vio crecer, eran sus amigos, luego los vio casarse, tener hijos y domesticarse, como muchos, a punta de látigo, en la maquila.

Fuera de casa, el territorio se peleaba a riscazos. Pero Natalia jamás agarró piedras para defenderse. Su mamá tenía una imprenta y los colores y las hojas en blanco se convirtieron en sus mejores aliados.

Dibujaba flores, jarrones, al Principito y su mamá moría de ternura. Todo iba bien hasta que los hongos que parecían salidos de Alicia en el País de las Maravillas tomaron de pronto formas fálicas. Natalia estaba creciendo y además de explorar su cuerpo, pidió que la metieran a un curso de pintura. Estaba entrando en secundaria, y lo que parecía una cosa pasajera, le duró hasta la preparatoria: “En el curso aprendí las herramientas para pintar. Así que cuando me tocó elegir carrera, decidí mejor estudiar diseño Gráfico. No estudié Artes Plásticas porque era una carrera técnica y el enfoque era que te convirtieras en maestra. Yo creo que influyó que mi mamá tenía la imprenta y siempre me gustó el arte gráfico. La carrera de Diseño me gustó por ser más interdisciplinaria, porque no sólo me iban a dar las bases para pintar un pinche cuadro”.

A partir de los hongos, que eran más bien penes que se alzaban en todas direcciones, la mamá de Natalia dejó de colgarlos en la casa, incluso la amenazó con dejar de comprarle material, pero la maestra de pintura le recomendó que la dejara ser y así lo hizo.

Pero Natalia revira y alza la voz, no quiere dar una mala imagen de su mamacita, la matriarca, la jefa de jefas: “Alto ahí. Hay que aclarar que mi mamá ama al colectivo gay, está a favor del aborto, de los derechos humanos y antes me decía bromeando ‘ya mija, acepta que eres lesbiana’. No era el caso, pero me hubiera aceptado feliz de la vida”.Natalia Alejandrina Blanco

La universidad fue un despertar para la chica de cabello alborotado y ojos que hablan por sí mismos, de la morra que era atrabancada y nada se le tupía. Hizo amigos de la escuela de Música, de Artes Plásticas y en la hoja en blanco relegó un poco el periodo de exploración sexual y erótico. Dice, como alguien que de pronto descubrió que no estaba sola en el mundo, que todo va conectado: “Plasmaba todo lo que estaba sintiendo, lo que estaba pensando. El arte fue mi desahogo. Del microcosmos, me fui al macrocosmos. Primero me clavé con la mitología, con todo lo que nos conecta como seres humano en el mundo, el inconsciente colectivo, las cosas que nos dan identidad, además los temas religiosos, místicos y símbolos culturales”.

En esa etapa (en 2014) desarrolló un proyecto que tituló Arcanos, intervención urbana que era una especie de Totems donde mezclaba deidades de las diferentes culturas. Una sola estaba dedicada a los dioses que tenían semejanza con Jesucristo. Las pegó en las calles y supo, de pronto, a pesar de que trabajaba en una galería de arte, que ese era su territorio, un museo inagotable con espectadores menos desprejuiciados, más honestos, sin poses, gente de la calle que no le andaba “haciendo a la mamada”, ni “al crítico de arte”.

Natalia Alejandrina Blanco
De pronto a la chica rebelde de la Centenario, la invitaron a exponer a Italia. Foto: Cortesía Facebook

De pronto a la chica rebelde de la Centenario, la invitaron a exponer a Italia. Al regreso y con los ojos más avispados, empezó a hacer ilustración, dibujo, grabado y hasta murales callejeros con temática ecológica para preservar la sierra de Zapalinamé: “Entré en un conflicto con la pintura, con hacer cuadros. De pronto dije ‘que hueva’, porque pintaba diez y vendía uno. Trabajando en la galería de arte, me di cuenta también que era una cosa muy elitista, muy mierda. Por otro lado, al intervenir la calle y hacer murales, le agarré el gusto a un arte más subversivo, a la transgresión del espacio, a denunciar cosas. Y es que podrás tener la técnica más mamalona del mundo, pero si no tienes nada que decir te convierte en un pendejo. A mí me vale madre la técnica, a mí lo que me importa es dar un mensaje”.

Natalia se emociona, se recoge el cabello, voltea a ver la pared y parece que está viendo su vida pasar en una pantalla y sonríe, sonríe como una niña que se ha salido con la suya. Asegura que exponer en la calle, de donde ella venía, la cambió totalmente y la hizo enfocarse en un trabajo de identidad social, de abrir los ojos y ver de otra manera eso que nos hace norteños, eso que nos da identidad, pero aclara que lo bueno y lo malo, pues no es una cenicienta que va aventando suspiros, sino deja pequeñas bombas que explotan ante la mirada de los transeúntes que van al jale, de los que esperan la combi, de los que van abrazados con su morrita.

Natalia Alejandrina Blanco
Empecé a escarbar en nuestras raíces, nuestra cultura, la música, la forma de ser del saltillense, dice Natalia. Foto: Cortesía Facebook

Y es que a partir de que empezó a viajar al viejo continente, luego a la Ciudad de México y después a Oaxaca y Chiapas. El arte urbano en estos lugares la dejó sin aliento y con la sensación de que somos un rancho. Sin embargo había que darle voz a este ranchote que tiene mucho que decir, mucho que aportar : “Empecé a escarbar en nuestras raíces, nuestra cultura, la música, la forma de ser del saltillense, la doble moral que está tan arraigado en el noreste. Viajar te abre mucho el panorama, ver algo tan sencillo como dos hombres besándose en público y que nadie diga nada. Por qué en Saltillo no podemos hacer eso, por qué ponen el grito en el cielo si todos conocemos a alguien o tiene un tío casado que trae de amante a un hombre, a un chacal, a un mayate, pero nadie dice nada porque pobre de su esposa y cómo crees que se va a divorciar y luego el qué dirán”.

Y entonces a Natalia le cagaba el palo que la gente no supiera dónde estaba Saltillo, que dijeran Colima en lugar de Coahuila y que la única referencia del norte fuera Monterrey y entonces manotea, alza la voz, se encabrona: “Nosotros no somos como ellos, el norte son muchos nortes y no a todos nos mama creernos gringos e ir de compras a Mc Allen”.

Y entonces cuando le preguntaban por su tierra ella la describía casi gritando, con muchos huevos, como poniendo una bandera que lleva como escudo: “Desierto, gente mamalona, carne asada, cerveza y aunque no tengamos pirámides, tenemos dinosaurios”, dice cagada de risa, orgullosa de la tierra que pisa: “Yo empecé a darme cuenta que con mi trabajo tenía que mostrar lo que tenemos y quienes somos. Porque la gente no sabe que tenemos un desierto precioso”.

Natalia Alejandrina Blanco
Y entonces cuando le preguntaban por su tierra ella la describía casi gritando, con muchos huevos, como poniendo una bandera que lleva como escudo. Foto: Cortesía Facebook

Pero tampoco se ciega y también sabe de qué pata cojeamos: “A toda mi familia le gusta la carne asada, la ropa vaquera, la música de los Fara Fara, pero también acá todos los weyes son bien pinches machos. Mostrar todo eso en mi trabajo es aceptar lo que somos y no negar la cruz de nuestra parroquia. Me gusta Björk, pero también Lalo Mora y también ir al rancho, subirme a un caballo, usar botas y me vale verga lo que digan. Yo crecí con eso, y también renegué porque solo escuchaba Reggae. Pero después caí en cuenta que no tenemos que ser prefabricados o inventadas, comprando Louis Vuitton en el gabacho y aquí regateándole a la doñita del mercado. Tenemos que darnos cuenta que lo que tenemos, de nuestra identidad, nuestro color, nuestros olores y la forma de ser que es algo súper fuerte, valioso, con mucho poder y además hermoso: La cultura popular, los matlachines, el pan de pulque, todo esos somos, todo eso nos rodea y es precioso”.

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Alejandrina aclara que eso la llevó a realizar repeticiones, fanzines, stickers y como si fuera una Banksy de nixtamal, tropicalizada, salir por las noches y llenar de colores las antiguas casas del centro, esas que por fuera están maquilladas de colores ocres, pero por dentro están hechas de adobe, de la tierra que aquí mismo recogieron nuestros antiguos pobladores: “Yo lo que quería era la gente de la calle te voltee a ver y se diera cuenta de cómo está plasmada su propia identidad: El desierto, los cactus, manos saliendo de la tierra como si fueran fosas comunes del narco, es triste pero esa es nuestra historia. Mostrar cómo se vive aquí y que cuando lo vean sepan como algo tan horrible como los feminicidios que pasan en todo el mundo, como es que los vivimos nosotros y como protestamos ante ellos. Aquí nos matan así. Aquí hay machismo, aquí no te tienen con el metate porque no se usa, pero las mujeres están en chinga haciendo tortillas de harina con el palote”.

Pero todo ese trabajo no se hubiera hecho visible si la artista no se le hubiera ocurrido hacer una serie que hablara del amor, del amor que es amor y punto. Una frase simple que rápido se hospeda en la memoria y que la repetía su entrañable amigo Javier Zamora, un cubano con el que trabajó en centro américa, que creía en eso: En el amor a secas, sin etiquetas. Y de pronto puso a una familia con todo y perritos, a una muchacha y un muchacho y todos “ja ja já” y “ji ji jí” y “qué bonito”, hasta que el amanecer del 14 de febrero de 2018, las calles de la ciudad se incendiaron con la imagen de dos hombre bragados, con sombrero vaquero, cinto piteao’, bigote poblado y ‘oh, sacrilegio’: Bailando de cartoncito nuestra  música norteña y peor aún: juntando sus labios, revolcándose el bigote.

Ni cuando amanecieron unos hombres colgados de uno de los puentes que inauguró orgulloso Humberto Moreira, hubo tanto debate, opiniones encontradas y mentada de madre en redes sociales. Los pocos que aplaudieron al municipio porque creyeron que era su iniciativa, pronto se dieron cuenta que no, porque de la nada los imágenes fueron arrancadas a pedazos, aunque solo las que mostraban a gays y lesbianas y los rumores eran que había sido el propio municipio que pensó que era una burla a su campaña: “Bésame en esta esquina”.

Alejandrina, que nunca le temió a la calle, a los malandros, a los barrios bravos, de pronto recibió amenazas de muerte, tuvo que esconderse y hacerse ojo de hormiga. Pero pronto se hartó de andar de puntitas por la vida y como su obra ya se había viralizado y además se la atribuían a un hombre, porque “cómo creen que una mujer va a tener imaginación y ovarios”, salió a dar la cara y a colocar mas pegantinas, ahora sí con su firma: “Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo”.

Natalia Alejandrina Blanco
Y allá van los pelaos sin camisa, abrazados arriba de un Coahuilceratops y un Velafrons Cohuilensis. Foto: Cortesía

Pero no sólo eso, esos jotos y lesbianas que hicieron que se le pararan los pelos de punta a casi todo Saltillo, los hizo en serie, pero ahora en otras poses y claro, la mejor ocurrencia, arriba de unos dinosaurios, el emblema de la ciudad y del estado. Y allá van los pelaos sin camisa, abrazados arriba de un Coahuilceratops y un Velafrons Cohuilensis.  De pronto fue como un secreto, pero no en la montaña, sino en Rincón Colorado, el pueblo mágico con el que se le llena la boca a la Secretaría de Turismo. Y los vatos sonriendo, abrazados y entre más picuda la bota, más pasiva la jota y qué, a mucho orgullo, porque acá no solo somos mata jotos y machistas, los maricones también somos heteronormados y odiamos la pluma y el amaneramiento y los colores que son para viejas, esos que usó Natalia en este arcoíris de amor, desierto, botas de víbora de cascabel y dinosaurios que batean pal otro lado, que caminan de ladito.

Saltillo estaba que ardía y Natalia oronda, como pavorreal, en boca de todos, logrando lo que ella considera que jamás hubiera logrado en una galería de arte llena de gente exquisita y progre. Fue tanta la “tinta” derramada en redes sociales, que Natalia hizo un compendio de insultos que le servirán para un trabajo futuro. Pero la mala leche salió de redes sociales y la prensa escrita y la televisión local se sumó al clamor general y los conductores “repudiaron” publicamente esa obra “asquerosa”, además el grupo Cristo Vive inició una campaña en las calles, donde además de vender burritos para pagarse la rehabilitación, este grupo cristiano hablaba de cómo en su centro podían enmendar a los mañosos, a los desviados y sin terapias de conversión, sino con el poder de la palabra de Cristo. “Soy lesbiana culeros”, les gritaba bromeando Natalia cuando le ofrecían burritos en la calle.

Y es que el mejor amigo de Natalia es Frido, quien primero salió del clóset como gay, luego tuvo que emigrar para poder a hacer Drag sin darles dolores de cabeza a su familia y ahora está en transición para convertirse en una chica trans. Este es solo un ejemplo que la artista vivió en su círculo cercano, el cual está compuesto por un grupo variopinto del colectivo LGBT+, y el drama y la discriminación hacia ellos en una tierra de “mata putos” la llevó a realizar una obra en la que el mensaje era sencillo y claro: El amor no hace distinciones ni le importa la orientación sexual y finalmente el título de la intervención no podía ser más certero: “El amor es amor y punto”. Esa fue la bomba que hizo explotar a Saltillo: Dos hombres y dos mujeres que no secuestraron, que no mataron, que no son miembros del crimen organizado, que no son políticos, ni han dejado el estado en la ruina, ellos simplemente juntaron sus labios. Y pum! El escándalo y las vestiduras rasgadas y la gente santiguándose y Natalia Alejandria Blanco, la chica que aprendió a dibujar en un barrio bravo, feliz de que su nombre se repita, aunque sea acompañado de mentadas de madre, pero su obra está en boca de todos, viajando por el mundo y lo más importante: “Ganó la diversidad, les di visibilidad a mis amigos, ganó el amor, porque qué bonito es besarse y más si estas arriba de un dinosaurio con los colores del arcoiris”.

Fuente: Pero sigo siendo el gay / Original aquí.

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