Jordi Soler

El camino amarillo de los navajos: una reflexión de Jordi Soler en La orilla celeste del agua

La orilla celeste del agua es, en fin, un valiente alegato contra un devastador modus vivendi anclado en exceso en las nuevas tecnologías y en la hipervelocidad del siglo XXI; una lúcida reivindicación de la realidad que está fuera de los mapas.

Ciudad de México, 18 de mayo (MaremotoM).- En las cuatro breves piezas que componen el volumen La orilla celeste del agua (Siruela), entramos en el universo más personal del escritor mexicano Jordi Soler.

A través de sus páginas, escritas desde la orilla celeste del agua, reflexiona sobre la música y el silencio; traza una cartografía del enamoramiento y sus vasos comunicantes; critica la era tecnológica y la pérdida progresiva de los espacios para la introspección y el pensamiento; reivindica el aquí y el ahora; defiende la mirada activa, el diálogo; evoca lecturas, discos, películas, poemas, piezas de la memoria: historias en el mar de historias.

La orilla celeste del agua es, en fin, un valiente alegato contra un devastador modus vivendi anclado en exceso en las nuevas tecnologías y en la hipervelocidad del siglo XXI; una lúcida reivindicación de la realidad que está fuera de los mapas.

Jordi Soler
La orilla celeste del agua, edición de Siruela. Foto: Cortesía

Fragmento de La orilla celeste del agua, con autorización de Siruela

Sucede así: el misterio no se abre sino al que ya lo habita. (Eloy Sánchez Rosillo)

LA MIRADA ACTIVA

Los personajes de la mitología de los indios navajos son los elementos del entorno con los que han con-vivido a lo largo de su vida: la serpiente, el coyote, el puma, un desfiladero, el águila y el cuervo, las nubes, un ojo de agua. A partir de estos personajes omnipresentes, que les salen al paso todo el tiempo, se articula su espacio sagrado; un coyote o una nube son fundamento suficiente para que el navajo se sienta arropado por esa esfera milenaria de protección, no importa que esté fuera de su territorio, en un país distinto o en otro continente.

La de los indios navajos es una mitología portátil, se desplaza con ellos y sacraliza cualquier espacio donde haya uno de estos elementos.

A esta mitología pertenece el polen, ese polvo que tortura a los habitantes de las ciudades occidentales, que es el “camino amarillo” que los navajos esperan cada temporada con ilusión, porque produce y multiplica la vida y lleva a quien lo sigue hasta el origen del mundo, que es donde el polen se asienta y se extiende como un manto mágico, para resucitar a la naturaleza. Los habitantes de las ciudades vemos una plaga donde el navajo ve el origen de la vida: confundimos a los aliados con los enemigos. Estamos más interesados en los índices de agresividad del polen y en la protección que ofrece una cápsula antihistamínica que en el camino amarillo que esperan los navajos con ilusión. Hemos dejado de observar lo que pasa a nuestro alrededor; solo tenemos ojos para la realidad filtrada, sesgada, acomodaticia que discurre sin interrupción, como la vida misma, en la pantalla. El cuervo, las nubes, el ojo de agua, que tanto significan para el navajo, solo tienen sentido para el ciudadano occidental si aparecen en la pantalla; la realidad ya no es lo que hay afuera, sino lo que se reconcentra en el iPhone: así se interpreta y se controla con más facilidad.

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Vale la pena hurgar en el concepto, en ese espacio sagrado que otros perciben con toda claridad porque es una vía de escape, una forma de liberación y lo único que hay que hacer para constituirlo es redirigir la mirada.

“El centro del mundo está en todas partes”, escribió el poeta John G. Neihardt, en su libro Alce Negro habla. Alce Negro era siux, era el chamán y el guardián de la pipa sagrada de su pueblo. La pipa es importante porque genera, con el humo que produce, ese espacio; quien la fuma queda en el centro del mundo que delimita el humo.

Gaston Bachelard también abordó el concepto. Reveló otro espacio sagrado que cada uno lleva desde el día de su nacimiento. Dice el filósofo que nuestra vida queda anclada a ciertos elementos del entorno en que venimos al mundo, a la orientación con la que salimos del cuerpo de mamá y a la altitud sobre el nivel del mar que tenía ese punto geográfico. Cada vez que, a lo largo de nuestra vida, nos encontramos, en cualquier lugar del planeta, a esa altitud y con esa orientación, se activa el espacio sagrado.

También Carlos Castaneda nos cuenta, en el primer tomo de su deslumbrante aventura, su experiencia con el concepto; el brujo yaqui Juan Matus, antes de empezar a instruirlo, lo invita a que encuentre su lugar, su espacio sagrado dentro de una humilde casucha de tablas. El brujo lo deja solo y Castaneda se pone a explorar diversas zonas, rueda de un lado a otro por el suelo, se estira y se acurruca durante horas hasta que, en un momento determinado que recordará el resto de su vida, sabe, sin ninguna duda, que ha encontrado su espacio sagrado.

Las vías de Bachelard y de Juan Matus son geográficas, están atadas a unas coordenadas específicas, hay que salir a buscar el espacio. En cambio, la de Alce Negro es más práctica: el humo de su pipa establece un espacio portátil pariente de los elementos de la mitología de los navajos.

A los habitantes de la sociedad industrializada de nuestro siglo, criaturas desvalidas que buscan su lugar en el entramado cósmico, nos vendría muy bien adoptar un espacio sagrado, que no sea desde luego ni un templo ni ninguna de las instituciones de la espiritualidad New Age, que son el placebo que matiza el vacío que hay detrás de la pantalla.

En el siglo XXI, en la era del individualismo rampante, no puede haber más espacio sagrado que el que funda uno mismo. Hay que inventar un lugar en el que podamos refugiarnos cada día, cinco minutos o varias horas, un sitio al que siempre regresemos (no tiene por qué ser un espacio físico), un deslindamiento en donde sea posible abstraernos del ruido cotidiano y del abismo insondable de la pantalla, una esquina, un recodo, un estado de ánimo sostenido, construido a mansalva, que nos sirva de refugio y de trinchera.

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