Lionel Messi

El campeón de la infancia

Esa es la gran diferencia entre Messi y Ronaldo. El primero ama al juego, el segundo se ama a sí mismo. Para Ronaldo el fútbol es el vehículo para afianzar la vanidad. Para Messi la vanidad es el vehículo para llegar al fútbol.

Ciudad de México, 13 de septiembre (MaremotoM).- Había una vez un chico que quería jugar al fútbol.

Lo diré de nuevo con mayor precisión: había una vez un chico que amaba jugar.

En todo juego se esconde un vértigo. Ese vértigo nos hace inmortales por unos minutos. El gran jugador, la gran jugadora, son adictos a este vértigo y muy en el fondo han percibido que en él se esconde un sentido que supera la emoción de la victoria.

Claro que hay personas que utilizan al juego como un camino al reconocimiento y no han reparado en aquella magia más profunda y duradera. Algunos son talentosos, pero al alcanzar el podio, quizás, han descubierto que portan un vacío que ningún trofeo ha podido llenar.

Esa es la gran diferencia entre Messi y Ronaldo. El primero ama al juego, el segundo se ama a sí mismo. Para Ronaldo el fútbol es el vehículo para afianzar la vanidad. Para Messi la vanidad es el vehículo para llegar al fútbol.

Lionel Messi
Lionel Messi, ahora en el PSG. Foto: Cortesía

Este chico que solo quería jugar, a pesar de vivir muy lejos del lugar donde nació, escogió mantener su vínculo. Siguió perteneciendo a la Argentina, una cultura hiperreligiosa que idolatra el juego de la pelota. Pero que también ha sepultado el origen lúdico de esa idolatría en toneladas de frustración acumuladas durante generaciones.

Comparto la hipótesis de que Messi no quería ser una celebrity, un capitán histriónico o un embajador de nada. No digo que no le guste algo de todo eso, pero es notorio cuánto lo incomoda. Se vio forzado a abandonar su introversión. Desde Maradona quejándose de que no era “un líder” hasta tanto imbécil que por querer vestirlo de caudillo se perdió lo que Messi le regalaba al mundo cada cuatro días. Su amor al juego lo hizo un ente público, su talento lo obligó a convertirse en leyenda. No en la leyenda que todo individuo le debe al propio milagro de su existencia; sino a la leyenda pública que exige el exitismo, suplantando un valor más importante: la búsqueda de la belleza.

Cuando Messi en la final del mundial 2014 tiró de zurda entrando al área alemana, la pelota pasó a 10 cm del palo izquierdo de Neuer. Diez centímetros “más pacá” y hubiera sido San Martín. La mitad de un país lo juzgó por diez centímetros, borró de tajo todo el arte que nos había regalado hasta entonces y lo expulsó del “nosotros” desde la estulticia de quienes quieren ponerle un escudo patrio a la belleza. Una sociedad llena de ombligos enormes y corazones pequeños.

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Celebro que ahora Messi porte un título que lo acerque a la Historia con mayúsculas. El mundo entero lo quería ver campeón con esa selección a la que siempre le fue fiel y de la que tantos argentinos le pidieron que se fuera. A ellos les pregunto: ahora que salió campeón, ¿cambió en realidad algo? Cuando lo vi llorar este pasado jueves, después de tres golazos de antología que batieron el récord de Pelé, en la reconciliación final con su país, pienso: ¿qué ha hecho esa sociedad perversa, capaz de generar tipos como Videla o ciudadanos que hoy extrañan a Videla, con aquél niño que amaba jugar?

Al salir campeón Messi, al fin, me doy cuenta que mi mayor regocijo no tiene que ver con ese objeto de metal, al que se conoce como “copa”, sino con los millones de bocotas calladas. Tapadas por el hecho fortuito de que hoy ese objeto reposa en las vitrinas de la AFA. Curioso: hoy el hechizo del nacionalismo ha comprado la impunidad de los delirantes que lo atacaron. Pero al final Messi le ganó a todos en los dos juegos: el que realmente importa, el del vértigo, y ese otro sonso y efímero de los trofeos.

Sólo una vez vi a Messi desde la tribuna: fue en el Estadio del Cruz Azul, donde lo acompañaban monstruos como Romario. Algo maravilloso pasó en aquel partido donde no se jugaba nada: dos fanáticos de lo lúdico nos permitieron ser testigos de su pasión: Messi y Jorge Campos. El segundo atajándole todo. Arlequín indomable, eterno niño, Campos volaba de nuevo sobre el césped de una cancha de fútbol cagándose en el paso del tiempo. Lo que más me asombró de Messi fueron sus gestos casi adolescentes ante las oportunidades perdidas. ¿Pero cómo?, pensaba yo. Si se están “jugando nada”. Ahí me di cuenta de que el niño Messi aun se le rebela al adulto que vive bajo el yugo de la responsabilidad. Que solo podemos derrotar al destino prolongando la infancia.

No idealizo aquí a los jeques cataríes o a los jets privados o niego la naturaleza competitiva de Messi. Pero tampoco me sumo a estos fiscales de lo puro que vienen a ensuciar impunemente la celebración del juego. Siempre detrás de un purista hay un ego frustrado. Siempre detrás de un vivo que arroja juicios morales desde el mismo corazón del sistema que critica, hay una amargura que se renueva: “al juego se lo comió el negocio”. No, la maravilla resiste a pesar de nosotros mismos. Hay un punto donde, por fortuna, la infancia y el negocio nunca se tocarán.

La pelota no se mancha.

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