Alejandro Puccio

El Clan Puccio, el rugby y lo inimaginable en Argentina

El 23 de agosto de 1985 la policía detuvo al grupo criminal que secuestraba y asesinaba personas. La siguiente nota toma al deporte que practicaba Alejandro Puccio y al rol de los medios para imponer determinadas palabras por sobre otras a la hora de contar la noticia.

Ciudad de México, 23 de agosto (MaremotoM).- El intelectual y político italiano Antonio Gramsci marcaba que la sociedad civil es el espacio donde se produce la dirección hegemónica que materializa la ideología, la visión de mundo que se manifiesta en todo. Los medios de comunicación en la sociedad civil, son una de las organizaciones privadas que direccionan ideológicamente al resto de la sociedad en función de sus intereses de clase y conforman una mirada de los hechos.

Muchas veces nos quedamos en el trazo grueso de cómo son contadas las noticias, en la opinión tajante sobre un suceso. Pero dejamos de lado palabras que tenemos incorporadas y naturalizadas que tienen su carga histórica e ideológica. Detrás de la elección de cómo identificar un suceso noticioso hay una postura que elige cómo va a ser presentado lo ocurrido, tratando de dejar a salvo determinadas costumbres y creencias hegemónicas. La excepción a la regla sirve para este ejercicio. Vamos a tomar el caso del Clan Puccio como ejemplo para analizar todas estas cosas. El rugby, los intereses de clase y un mensaje que continúa en el tiempo sino se lo decodifica.

Los Puccio eran una familia de San Isidro que al momento de concretar los secuestros tenía cerca de su casa una rotisería que cumplía la función de despistar. El hecho de pertenecer a un ámbito geográfico determinado traía aparejado insertarse en un círculo social prestigioso, para eso tener un hijo jugador de rugby del CASI y de Los Pumas los terminaba de meter dentro de la clase alta. Ser o aparentar están separados por quién tiene el capital económico y quién no. La posición económica se tiene y se demuestra, pero la primera forma parte del ámbito privado y la segundo de lo público.

Por eso el rol del ex rugbier Alejandro Puccio fue clave en el entramado organizativo de los crímenes cometidos. Sin él, la familia no hubiera tenido información acerca de conocidos empresarios y jugadores de rugby, que en su mayoría fueron los secuestrados y posteriormente asesinados. Tampoco se podrían haber concretado las maniobras para llevar a cabo los delitos sin el escudo protector de ser una familia “normal” de zona norte. Nadie puede desconfiar de la normalidad, aunque lo “normal” sea lo más ideológico de todo porque representa las características de la sociedad donde determinada cuestión está naturalizada, aunque en realidad esté culturalizada, ya que proviene de la cultura y no de la naturaleza.

Volviendo a Gramsci, decía que “para conquistar el poder político, primero se debe conquistar el poder cultural”. Así la moralidad y normalidad representa los intereses de las clases dominantes. Para esto el lenguaje es vital porque las palabras van sufriendo transformaciones que están guiadas por las corrientes de pensamiento dominantes de la época.

Alejandro Puccio
Un rugbier y la expresión de clase. Foto: Cortesía

Vayamos hacia atrás en el tiempo y veamos el conflicto que se dio en el lenguaje utilizado en el caso Puccio. Inicialmente en los recortes de diarios de la época estaba repartida la cuestión sobre cómo denominar la noticia. La palabra “clan” aparecía entre las utilizadas junto con “familia”, “banda” o simplemente “los Puccio”. Ninguna de por sí con connotación negativa antes de pasar a contar las atrocidades que hacían. De esta manera se presentaba casi como un caso mediático que representaba la excepción a la regla.

En la lucha por la hegemonía hubo un actor decisivo para que se termine imponiendo “el clan” por sobre las otras opciones. En el video sobre el caso de Historias Innecesarias de Damián Kuc se ven informes televisivos donde los noteros que cubren un escrache en la casa de los Puccio utilizan la palabra “clan” para preguntar, lo que genera orgánicamente que las personas que responden también la usen.

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También se puede apreciar en un informe de Telefé como un compañero de rugby de Alejandro lo define como “un tipo buenísimo, uno de los tipos más buenos del plantel, lo queremos todos”. Recurre a su rol de deportista para justificar su postura de no entender por qué acusan a su amigo. La cámara del canal en plena nota se ocupaba de mostrar imágenes de una camiseta de rugby secándose en el tender de la casa de los Puccio.

En enero del 2020, con el asesinato de Fernando Báez Sosa por una patota en Villa Gesell, también se definía a los agresores como “los rugbiers”. Algo que no ocurre cuando un chico de barrios carenciados delinque, no se busca en sus actividades para definirlo. Alguna gente quizás recuerde la frase “no es un chico, es un delincuente” del periodista Antonio Laje en el canal América en 2007, cuando en pleno intento de asalto a una farmacia con toma de rehenes, como conductor del programa Entrelíneas, corrigió a la cronista del móvil que hacía referencia a que la persona que estaba realizando el delito era “un chico”.

La cuestión de clase y también la geografía aparece como un condicionante a la hora de definir un hecho, que luego pasa a ser transformado en noticia. Algunas revistas y diarios ante semejante suceso aberrante se limitaban a nombrar al caso por el nombre del apellido de la familia: Puccio. Nunca se los asoció con el barrio, como sí pasa cuando la organización delictiva es de otros barrios que ya están etiquetados por los mismos medios como peligrosos.

De hecho lo novedoso, en cuanto a evento noticioso en ese momento de la detención, partía del asombro de que en un lugar como el centro de San Isidro, sucedieran tales crímenes. En el material de archivo, al momento de sucedido el hecho, se observan vecinos asombrados por lo que ocurría. Está presente allí una idea moralizadora, y quizás hasta negadora de que no es el lugar para que se cometan esos delitos.

La aparición de la palabra “Clan” para definir a los Puccio no fue inocente. Una de las definiciones más populares en los buscadores es la siguiente: “Un clan es un grupo de personas unidas por lazos de parentesco y ascendencia, vinculado por la percepción de ser descendientes de un ancestro común. La denominación proviene del gaélico clann, que significa «hijo» o «descendiente»”.

Este hecho ocurrió en la década del 80, donde todavía estaba en el imaginario colectivo El Club del Clan, un programa icónico de los 60 que presentaba jóvenes promesas de la música local que hacían sus números musicales y también participaban de sketch cómicos.

Más en estos tiempos se hicieron libros, películas y series sobre los Puccio y todas usaron la palabra “Clan”, como un concepto ya naturalizado e incorporado. En ninguno de esos trabajos se analiza ese punto fundacional del hecho comunicacional. “Clan” es una palabra que de por sí no tiene connotación negativa, como puede ser “mafia”, y por eso realiza una especie de protección de clase inicial para contar los hechos. Pero lo que queda protegido no son los Puccio, que serían la excepción a la regla. Lo que queda a salvo es el concepto de familia normal de clase alta, esa que no podemos imaginar que secuestre personas y las asesine.

La ideología hegemónica nos impone tanto los límites de pensamiento que el compañero de equipo de rugby de Alejandro Puccio, en la nota en Telefé, al ser consultado por la notero de si ponía las manos en el fuego por su amigo dijo: “me tiro adentro de la hoguera”.

Fuente: Lástima a nadie, maestro / Original aquí.

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