La ira de Dios

El crimen como un cálculo del destino en La ira de Dios

Un hombre que juega a Dios donde la venganza es la principal motivación hacen de este thriller algo atractivo, pero al mismo tiempo funciona como un alka seltzer fugitivo, donde la visión no mella la vida cotidiana, donde el crimen es inesperado y no hace esos cálculos para que lo comprendamos.

Ciudad de México, 27 de junio (MaremotoM).- La ira de Dios, una de las películas más vistas este fin de semana en Netflix, está basada en el libro premiado La muerte de Luciana B, de Guillermo Martínez.

En él se ve una gran actuación de Diego Peretti (un hacedor de bestsellers) y Juan Minujin (el escritor frustrado y el periodista que se venga de la envidia que le despierta el escritor), con la hermosa (aunque poco talentosa como actriz) de Macarena Achaga (la chica copista que trabaja con el escritor), en un juego matemático que desafía al destino y lo hace suyo, aunque hay que decir que todo este trazado de números y cálculos se ve mucho mejor en el trabajo literario que en la cinta.

Diez años después, nada queda en Luciana de la muchacha alegre a la que el famoso escritor Kloster dictaba sus novelas. Tras las trágicas muertes de su novio, primero, y después, uno a uno, de sus seres más queridos, Luciana vive aterrorizada, vigilando a cada persona que se cruza con ella, con la sospecha de que esas muertes no pueden ser casuales, sino parte de una venganza metódica contra ella, un círculo a su alrededor que sólo se cerrará con el número siete. En la desesperación, recurre a la única persona capaz de adentrarse en el universo de Kloster. Los cuadernos de notas de Henry James y una Biblia de Scofield serán claves en un pasaje sin retorno a la región más primitiva del mal.

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En la película no muere el novio, sino el hermano en un accidente marino y poco a poco toda su familia irá pereciendo con la presencia de Peretti como testigo y torturándola en cada momento.

El escritor es frío, intenta cobrarse su mal por medio de un desafío matemático, como si la razón tapara los dramas cotidianos y ese “ojo por ojo” vengativo supiera verse como un hecho que da sentido a la vida.

La ira de Dios
Los actores hacen cálculos. Foto: Cortesía

El mal como otro engranaje más de la existencia, como si fuera una criatura persistente en esta tarea de sobrevivir.

La película, dirigida por Sebastián Schindel, con guión en el que participa el propio escritor de la novela, tiene la mente de Guillermo Martínez: un drama que sucede en la cabeza y que explicado así parece ser una ciencia inevitable.

A algunos les gustará esa manera de ver el mundo, como si fuera una raíz de Borges sin emoción ni ternura, en el que todos no somos más que marionetas en términos de un plan infalible.

Un hombre que juega a Dios donde la venganza es la principal motivación hacen de este thriller algo atractivo, pero al mismo tiempo funciona como un alka seltzer fugitivo, donde la visión no mella la vida cotidiana, donde el crimen es inesperado y no hace esos cálculos para que lo comprendamos.

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