Gabriel García Márquez

El día en que se murió Gabriel García Márquez

Hoy se cumple otro año de la muerte del Premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Esta es una crónica de su funeral en Bellas Artes. Flores amarillas, silencio y mucha tristeza.

Ciudad de México, 17 de abril (MaremotoM).- “Hay que tener ganas de pararse con este sol en la banqueta”, dice un taxista con complejo de Lewis Hamilton y que tiene ganas de llevarse puestos unos cuantos vehículos que le obstaculizan el paso.

“Si ellos no me dejan, tendrá que ser a la fuerza, ¿no, señorita?”, pregunta en forma retórica. La respuesta está en la calle: hay sombreros y pañoletas, gafas de sol, gente de todas las edades que se tapa la testa con un periódico doblado… personas que tienen ganas de pararse en la banqueta y esperar a que lleguen sus cenizas.

Así fue. A las cuatro de la tarde en punto, los miles y miles de mexicanos que se habían parado en el sol a pleno frente al magnífico e imponente Palacio de Bellas Artes, pudieron acomodarse para aplaudir en silencio la llegada de los restos del escritor colombiano Gabriel García Márquez, fallecido el pasado 17 de abril en esta ciudad, a los 87 años.

La guardia de honor, presidida por los hijos del escritor, el cineasta Rodrigo García y el fotógrafo y pintor Gonzalo García, junto a la doliente viuda del autor de Cien años de soledad, Mercedes Barcha, a la que se sumó el titular del CONACULTA, Rafael Tovar y de Teresa, no fue solemne, fue hondamente triste.

La emoción explotaba en una primavera amarilla producida por los cientos de rosas de ese color, las preferidas del Gabo, que vistieron las paredes del Palacio.

Hasta los periodistas tuvieron a bien olvidarse de los perros de rastreo y las prepotencias de los enviados de Presidencia que tuvieron a bien y a su antojo manejar las acreditaciones; todos tragaron saliva, escondiendo el nudo en la garganta espontáneo y oportuno.

El libro que ha vendido 50 millones de ejemplares será llevado al cine. Foto: Especial

Mientras sonaban los acordes de “Macondo”, la famosa canción de Óscar Chávez, a más de uno se le cayó una lágrima. No pocos susurraron casi a gritos “lo devastada que está Mercedes” y la pesadumbre se adueñó del ambiente.

Afuera arreciaba el sol. Adentro, la lluvia del alma. Mercedes Barcha, con el pelo recogido, vestida íntegramente de negro, soportó estoicamente la música y ese silencio que parecía una mole rodeando las cenizas, los llantos, las nubes póstumas en un funeral multitudinario y respetuoso para alguien que fue tan querido.

“Lo quería mucho”, dijo una adolescente a un reportero en la puerta del Palacio de Bellas Artes. Y se quedó –la muchacha- mirando el horizonte. Una forma tal vez más que digna para despedir a un hombre que amaba a todas las mujeres y al que también le gustaba el número 13, que a su juicio no tenía nada de fatídico.

“Le hizo mala fama alguno que se benefició con la fortuna y no quiere compartirla”, explicaba el autor de El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, Los funerales de la mamá grande, Noticias de un secuestro… tantos libros (50 dice su hoja de vida) fundamentales para el desarrollo de la literatura latinoamericana, de las letras españolas, de las historias en el mundo.

Una segunda guardia de honor con los escritores Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta y la viuda del también colombiano Álvaro Mutis, fallecido en 2013, a los 90 años, Carmen Miracle, acrecentó el mutismo y la congoja.

Luego los nietos y las nueras. Después, su equipo de trabajo, desde el chofer hasta sus asistentes personales, Genovevo Quiroz y Mónica Alonso; muy dolidos, soportaron estoicamente una despedida a la que aparentaban querer resistirse desde lo más profundo de su corazón.

En los alrededores, Rodrigo García, el hijo mayor de Gabo, cineasta más que reconocido en Hollywood, tomaba su teléfono inteligente y sacaba fotos de los murales de Diego Rivera. Luego, se hacía a un lado, giraba el torso y se quedaba con una postal de los asistentes de su padre.

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En tanto Gonzalo, vestido con una elegancia proverbial, portando un impecable traje en tono gris cortado con corbata y pañuelo morados, no dejaba pasar detalle de un funeral que fue largo, respetuoso y el cual, sin embargo, cuando ya habían transcurrido más o menos dos horas de saludos ceremoniosos, se “tropicalizó” o “macondonizó” irremediablemente.

Gabriel García Márquez
Foto: Cortesía

LLUVIA CON SOL

Tal vez la música, elegida por los hijos de García Márquez entre una selección de piezas clásicas y populares de las que su padre era devoto, de Beethoven a Piazzolla, del vallenato a Dvorak y, por supuesto, Bela Bartok, o tal vez la lluvia con sol que parecía avecinarse, pero todo de pronto despertó.

Y apareció la poeta Myriam Moscona, haciendo guardia con un atuendo que parecía sacado de las tiendas de ropa vieja del Greenwich Village y que le daba un aspecto juvenil, vital y colorido que Gabo hubiera adorado.

Y casi sin avisar, de pronto se vio la magra figura de Silvia Lemus, la periodista viuda de Carlos Fuentes y gran amiga de la familia, como pudo notarse cuando el inmenso Rodrigo García, un poco desgarbado y solo en su traje color petróleo, la tomó de la mano como si fuera una muñeca de delicado papel y la llevó a su asiento para que esperara cómoda los discursos oficiales.

Mateo García, el nieto mayor de Gabo, no escondía su aburrimiento o su molestia por algunas mañas del protocolo, que fue rígido y no contempló la presencia de actores, cineastas o gente ligada a la cultura que no fuera la estrictamente literaria y, por supuesto, los funcionarios de rango menor, directores de museo, etcétera, que no quisieron estar ausentes en el funeral.

Mercedes Barcha
Mercedes Barcha, la esposa de Gabriel García Márquez. Foto: Cortesía

En la puerta pasaba de todo, pasaban todos y se acercaban con respeto a la urna que guardaba los restos del Nobel colombiano, cuyo cuerpo fue cremado en una ceremonia estrictamente privada por decisión de su familia y cuyas cenizas, al parecer, se repartirán entre Colombia y México.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda”, rezaba un enorme cartel en el Palacio de Bellas Artes. El rostro sonriente de Gabo parecía autorizar la romería en que se había convertido su funeral, con Ángeles Mastretta y Silvia Lemus parloteando animadamente junto a Mercedes Barcha.

Y personas que se cruzaban por el frente del proscenio donde estaban las cenizas y hasta un trío que portaba los típicos sombreros colombianos y  se puso a cantar vallenato y entonces todos, hasta Mercedes, comenzaron a aplaudir. Qué vaina, Gabo, al final: fue fiesta, no funeral.

Por lo menos una fiesta casi íntima, hasta que llegaron los presidentes de Colombia y México y discursearon de lo lindo. Rompió el hielo el presidente de CONACULTA, Rafael Tovar y de Teresa, que le quitó una “ca” a Aracataca y se refirió a Gabo como el hacedor de una obra sin límites, que valió y vale tanto para el aula erudita como para el saber popular.

Mateo García Elizondo
Mateo García Elizondo con Gabriel García Márquez. Foto: Internet

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, habló en nombre de 47 millones de compatriotas (aunque habría que sacar de esa cifra al menos a la senadora uribista que en Twitter le deseó una buena estada en el infierno), que sienten “al más colombiano de los colombianos” como alguien que “sigue vivo”.

“Gloria eterna a quien más gloria nos ha dado”, clamó el mandatario sudamericano, para dar paso al presidente de México, Enrique Peña Nieto, quien leyó un breve discurso que giró sobre todo alrededor de la experiencia mexicana del escritor, toda vez que vivió más de cinco décadas en nuestro país.

“Los mexicanos lo quisimos y lo habremos de querer siempre”, afirmó la primera autoridad nacional.

Sobre las 21 horas se dio por concluida la ceremonia oficial, siguieron las guardias de honor y, por primera vez en cinco horas, Mercedes lloró casi desconsoladamente.

Adiós, Gabo.

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